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Libro Los Miserables De Victor Hugo

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Enviado por:  Antonio  11 febrero 2011
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Palabras: 153878   |   Páginas: 616
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...

¿Quién es ese buen hombre que me mira?

Majestad -dijo el señor Myriel-, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira. Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D.

Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo.

La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel. La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.

A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo.

Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

II

El señor Myriel se convierte

en monseñor Bienvenido

El palacio episcopal de D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio construido en piedra a principios del último siglo. Todo en él respiraba cierto aire de grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de honor muy amplio con galerías de arcos según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.

El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeño jardín atrás. Tres días después de su llegada, el obispo visitó el hospital. Terminada la visita, le pidió al director que tuviera a bien acompañarlo a su palacio.

–Señor director -le dijo u

na vez llegados allí-: ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?

–Veintiséis, monseñor.

–Son los que había contado -dijo el obispo.

–Las camas -replicó el director- están muy próximas las unas a las otras.

–Lo había notado.

–Las salas, más que salas, son celdas, y el aire en ellas se renueva difícilmente.

–Me había parecido lo mismo.

–Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardín es muy pequeño para

los convalecientes.

–También me lo había figurado.

–En tiempo de epidemia, este año hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; más de ciento, que no sabemos qué hacer.

–Ya se me había ocurrido esa idea.

–¡Qué queréis, monseñor! -dijo el director-: es menester resignarse.

Esta conversación se mantenía en el comedor del piso bajo. El obispo calló un momento; luego, volviéndose súbitamente hacia el director del hospital, preguntó:

–¿Cuántas camas creéis que podrán caber en esta sala?

–¿En el comedor de Su Ilustrísima?– e ...



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