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Libro No Somos Irrompibles

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Enviado por:  edmamore  17 junio 2012
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Palabras: 18351   |   Páginas: 74
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No somos irrompibles

Los cristales pueden quebrarse.

A veces, basta un leve golpe de abanico.

Las telas suelen desgarrarse al contacto de una diminuta astilla.

Se rasgan los papeles...

Se rompen los plásticos...

Se rajan las maderas...

Hasta las paredes se agrietan, tan firmes y sólidas como parecen.

¿Y nosotros?

Ah... Nosotros tampoco somos irrompibles.

Nuestros huesos corren el riesgo de fracturarse, nuestra piel puede herirse...

También nuestro corazón aunque siga funcionando como un reloj suizo y el médico nos asegure que estamos sanos.

¡CUIDADO! ¡FRÁGIL! El corazón se daña muy fácilmente.

9

Cuando oye un “no” redondo o un “sí” desganado, una especie de “nnnnnsí” y merecía un tintineante “sí”...

Cuando lo engañan...

Cuando encuentra candados donde debía encontrar puertas abiertas.

Cuando es una rueda que gira solitaria día tras día... noche más noche...

Cuando...

Entonces, siente tirones desde arriba, por adelante, desde abajo, por detrás... o es un potrillito huérfano galopando dentro del pecho.

¿Se arruga?

¿Se encoge?

¿Se estira?

No.

Late lastimado.

¿Y cómo se cura?

Solamente el amor de otro corazón alivia sus heridas.

Solamente el amor de otro corazón las cicatriza.

Mi amigo y yo lo sabemos.

Por eso somos amigos.

10

Con el sol entre los ojos

La única que se dio cuenta soy yo: Gustavo tiene un sol entre los ojos. Un pequeño sol colorado, de rayos desparejos, como despeinado en los bordes...

Cuando Gustavo mira, enciende cada cosa que mira.

La primera vez que lo advertí fue cuando puso antorchas a lo largo de la escalera de la escuela, una sobre cada peldaño, a medida que bajábamos.

Me asombré tanto, que no pude decir nada.

Otra vez, prendió las cortinas del salón de música. Yo estaba ubicada en la grada junto al ventanal y sentí que las espaldas me ardían de repente. Inquieta, busqué a Gustavo entre el grupo de chicos que cantaban al lado del piano. Lo sorprendía mirando fijamente en dirección a mí.

11

Más

tarde, cuando le pregunté cómo era posible que nadie más se diera cuenta, me contestó con una larga sonrisa.

¡Pro una tercera vez encendió un mediodía a las once de la noche! Fue en el mismo momento en que finalizaba la fiesta de mi cumpleaños y nos despedíamos con un beso ligerito en la puerta de mi casa. Entonces ya no pude soportar su silencio ni un minuto más. -¿Cómo explicártelo? –me dijo, medio avergonzado, cuando le exigí que respondiera a mi por qué.

12

-Ni yo entiendo bien qué es lo que me está pasando... Parece que solamente nosotros dos lo notamos... ¿Vas a ser capaz de guardar el secreto, no?

Le aseguré que sí sin pensarlo, porque lo cierto era que ya no podía desoír las ganas que tenía de confiarles a todos mi maravilloso descubrimiento.

Contárselo a la maestra frente al grado, eso es lo que hice.

De puro tonta nomás, una mañana quebré lo prometido y me decidí. –Señorita... –le dije- ¡Gustavo lleva un sol entre las cejas! ¿Usted no lo ve? La maestra se balanceó en ...



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