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Caracteristicas De La Personalidad Normal Y Anormal

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Categoría: Psicología

Enviado por: Rimma 02 abril 2011

Palabras: 3559 | Páginas: 15

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ortogonales” (2) que son dominación-sumisión y hostilidad-afecto (también designados como amor-odio y hostil-amigable). Leary sugiere que los cuadrantes del circunflejo representan los cuatro humores o tipos de temperamento de la medicina de la Grecia antigua.

Livesley añade que, en la versión de Kiesler (1982), el círculo es dividido en dieciséis segmentos y cada segmento en tres niveles. El círculo interno designa el rango de conducta interpersonal usando dieciséis formas como dominante, exhibicionista, confiado y sumiso. El siguiente círculo representa el grado medio o normal y, por tanto, dominante se convierte en controlador o exhibicionista en espontáneo. No se puede olvidar que para la teoría interpersonal la conducta anormal es considerada como una forma inadecuada de comunicación; esto es, formas de vinculación con los otros a través de rígidos patrones que se aplican por igual a todas las personas. Esta problemática estaría representada en el círculo más externo donde las denominaciones son dictatorial, histriónico o devoto. La limitación de este enfoque es que nos presenta un modelo para la conducta interpersonal pero no para la psicopatología global de la personalidad.

En cuanto a los otros modelos –los denominados “factoriales”-, Livesley comienza por presentarnos el de Eysenck (1987), el cual es un modelo jerárquico en el que una amplia gama de rasgos de personalidad se organizan en torno a tres factores principales:

- extroversión (E): sociable, vital, activo, asertivo, que busca sensaciones intensas, despreocupado, dominante, susceptible y atrevido.

- neuroticismo (N): ansioso, deprimido, con sentimientos de culpa, baja autoestima, tenso, irracional, tímido, de humor cambiante e hipersensible.

- psicoticismo (P): agresivo, frío, egocéntrico, impersonal, impulsivo, antisocial, que carece de empatía, alborotador y terco.

La teoría de Eysenck propone una base genética para estas dimensiones e incluso un fundamento biológico para cada una de ellas. En cualquier caso, la idea según la cual todos los trastornos de personalidad se sitúan en el espacio delimitado por las altas puntuaciones en E, N y P no se corresponde con los conceptos clínicos actuales y Livesley apostilla que trastornos clave como esquiziode o paranoide no se encuentran en este espacio.

Con respecto al otro modelo factorial, más reciente, nos propone una estructura de la personalidad organizada en torno a “cinco factores”. Livesley señala que este modelo es deudor de dos tradiciones distintas: el análisis léxico del lenguaje natural de la personalidad (Goldberg, 1990) y los análisis psicométricos de la personalidad, que se extendieron a lo largo de medio siglo. La versión más aceptada en la actualidad es la de Costa y McCrae (1992) y ésta se organiza en torno a los siguientes factores: neuroticismo (ansiedad, hostilidad, depresión), extraversión (emociones positivas, cordialidad, sociabilidad), apertura a experiencias diversas (estéticas, emocionales, imaginativas), predisposición al acuerdo mutuo (sinceridad, confianza, altruismo, modestia) y escrupulosidad (auto-disciplina, sentido del deber).

Levesley concluye que no todos los factores tienen la misma importancia clínica. Así, por ejemplo, la apertura a experiencias diversas (que en la teoría del análisis léxico se denomina imaginación) no aparece en los estudios multivariados sobre los TP.

II.c). Modelos basados en los estudios sobre los trastornos de la personalidad

Según Livesley, una de las primeras investigaciones fue la llevada a cabo por Walton y colaboradores (1970, 1973), los cuales tomaron 45 términos que describían la personalidad y, aplicando un análisis multivariado, llegaron a identificar cinco factores: sociopatía, sumisión, histérico, obsesivo y esquizoide. Unos años más tarde, Tyler y Alexander (1979) extrajeron cuatro factores de un conjunto de 24 características descriptivas y los denominaron sociopático, pasivo-dependiente, inhibido y anankastic. El autor nos señala el parecido que se encuentra entre estos factores y los descritos por Walton y sus colaboradores. Añade que una conclusión importante de estos trabajos es que la estructura de factores es similar en pacientes con TP y sin él.

Entre las investigaciones más recientes, Livesley menciona dos como especialmente relevantes. La primera -en la que él mismo participa junto a Jackson (en imprenta)- es la denominada “evaluación dimensional de patología de personalidad” (DAPP); y la segunda, la “evaluación estructurada de la personalidad normal y anormal” (SNAP) se debe a Clark (1993).

Livesley aclara que para elaborar la DAPP se partió de una serie de términos descriptivos usados en los diagnósticos, los cuales se organizaron en cien categorías de rasgos. Después, se construyeron escalas para evaluar cada rasgo y la estructura factorial que subyacía fue evaluada al ser probada tanto en población afectada por trastorno de personalidad como en aquella libre de dicha patología. El resultado fue la identificación de quince factores que formaban una estructura estable, tanto si se aplicaba a grupos clínicos como a otros grupos de la población. Lo que iba a ser un estudio de validación de los diagnósticos del DSM se convirtió en un instrumento de evaluación para la clínica, a través de un cuestionario (DAPP-BQ). Tras múltiples estudios, se obtuvieron 18 escalas que provenían de los 15 factores identificados y aquéllas se agrupan en torno a cuatro factores:

- Des-regulación emocional: ansiedad, tendencia a la sumisión, labilidad emocional, problemas de identidad, rechazo social, apego inseguro, ausencia de regulación cognitiva.

- Comportamiento asocial: insensibilidad, tendencia la rechazo (enfado-hostilidad), problemas de conducta, búsqueda de estímulos intensos, suspicacia, narcisismo.

- Inhibición: problemas en la intimidad, expresión restringida de afectos, apego inseguro (negativo).

- Compulsividad: tendencia a lo compulsivo, oposicionismo (negativo).

Estos cuatro factores no tienen el mismo peso, al igual que sucede en la escala de los cinco factores.

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Las aplicaciones de los modelos de clasificación dimensionales

En los modelos dimensionales han de tomarse en consideración dos cuestiones: si albergan todo el espectro de diagnósticos sobre la personalidad y si incluyen los rasgos que tradicionalmente han sido utilizados para definir los trastornos de personalidad.

Diversos estudios han demostrado que hay una sistemática relación entre las escalas de estructura de la personalidad (“3-factores”, de Eysenck y “5-factores”) y los criterios de los DSM para el diagnóstico de los trastornos de la personalidad. Sin embargo, otros estudios (citados por Livesley, p. 25) prueban que las mencionadas escalas no pueden ser una alternativa para el DSM-IV. El motivo principal para esta aseveración es que los TP incluyen no sólo los problemas relativos a la adaptación al medio, sino otros conflictos y alteraciones en la estructura de la personalidad. En segundo lugar, las categorías amplias como neuroticismo o introversión parecen representar aspectos fundamentales del comportamiento que deberían formar parte de una clasificación de base empírica. También algunos de los factores de estas categorías pueden ser utilizados de cara a una planificación del tratamiento pero no están lo suficientemente detallados para diseñar intervenciones terapéuticas específicas. En tercer lugar, se precisaría una mayor discriminación a la hora de identificar los rasgos clínicos y aquellos que forman parte de la personalidad normal.

En suma, los modelos basados en rasgos son más coherentes que los modelos basados en categorías a la hora de mostrar las diferencias de personalidad entre un sujeto y otro. Ahora bien, esto no significa que los modelos de rasgos puedan dar cuenta de todos los aspectos a considerar en los trastornos de personalidad puesto que estos últimos implican problemas que van más allá de unos determinados rasgos de desadaptados.

5. TENDENCIAS PARA EL FUTURO EN LAS CLASIFICACIONES DEL TRASTORNO DE PERSONALIDAD.

Según Livesley, la insatisfacción con las actuales clasificaciones de los TP ha ido creciendo en los últimos años. En apartados anteriores, el autor se ha centrado en un sólo problema: qué modelo de clasificación (por categorías o dimensiones) resulta más adecuado. Sin embargo, considera que otras cuestiones merecen atención y entre ellas señala las siguientes:

a) Con respecto a la persistencia del modelo de diagnóstico basado en categorías, considera que tal persistencia obedece a las estrechas relaciones entre la psiquiatría y los modelos médicos, así como al hecho de que el funcionamiento cognitivo de los seres humanos tienda a operar con categorías a la hora de organizar la información que le llega del exterior. Añadiría que esa hegemonía es consecuencia también de que el modelo factorial es todavía insuficiente para abarcar la complejidad y diversidad de la personalidad.

b) Con respecto al tema acerca de si el TP ha de considerarse en un plano diferente al de otros trastornos mentales, la cuestión sigue siendo polémica. Uno de los argumentos para dicha diferencia es que la patología psiquiátrica se presenta a través de síntomas y signos, mientras que el TP se manifestaría a través de rasgos y actitudes. Sin embargo, esta aseveración no se puede sostener en una amplia gama de casos. Y, si nos referimos a la etiología, tampoco se puede afirmar que las enfermedades mentales recogidas en el eje I sean de origen biológico y las del eje II, psicosociales. Más bien, el TP incluye en su origen tanto factores biológicos como psicosociales. Por último, respecto a la más convincente razón para situar el TP en un eje diferente (su mayor estabilidad frente a otros síndromes, más fluctuante que él), Livesley señala que hoy en día se cuenta con suficiente evidencia empírica acerca de la inestabilidad de algunos rasgos del trastorno de personalidad. De hecho, algunas formas de dicho trastorno pueden fluctuar entre un estado con sintomatología acotada y crisis agudas. A la inversa, entre los trastornos mentales graves se encuentran tanto los que se presentan con crisis como los que son crónicos. En resumen, ya que no hay ninguna distinción fundamental, la propuesta del autor es que el TP sea considerado como una clase más entre las diecisiete clases de trastornos mentales reconocidos en el DSM-IV.

Con respecto al tema de la clasificación del TP, Livesley considera que, entre la amplia gama de autores y teorías que se han acercado al estudio de dicho trastorno, podría llegarse a un cierto consenso a la hora de fijar los componentes imprescindibles que debería tener tal clasificación. En primer lugar, se precisaría una definición del TP, así como un criterio asociado que permitiera un diagnóstico fidedigno. En segundo lugar, sería necesario un sistema para describir las diferencias individuales que fueran clínicamente significativas. Una definición sistemática del TP es imprescindible tanto a la hora de poder diferenciar dicho trastorno de otras enfermedades mentales, como para poder distinguirlo de la personalidad normal. En el caso de una aproximación teórica a través de categorías, habría que saber si existen efectivamente categorías que puedan discriminar el trastorno, sin las permanentes superposiciones que se dan en el DSM-IV. Con el sistema de factores, una definición ajustada necesitaría determinar cuándo las puntuaciones extremas son indicativas de patología. Ni en un caso ni en otro se puede concluir que en la actualidad se disponga de estas condiciones para poder plantear una definición ajustada del trastorno de personalidad.

En cuanto al esquema para describir las diferencias individuales, habría un cierto acuerdo en que es el “rasgo” el constructo más adecuado para el estudio de las mencionadas diferencias. También es compartida la idea acerca de que los rasgos de personalidad están organizados de forma jerárquica. Ahora bien, no está demostrado de forma empírica si los distintos rasgos básicos son realmente componentes de las grandes divisiones psicopatológicas, o si la etiología de algunos de esos rasgos básicos es independiente del resto, aunque aparezcan coincidiendo con ellos. Los análisis sobre la herencia del comportamiento muestran que aquellos rasgos asociados a la personalidad normal y la personalidad patológica tienen un componente hereditario importante que oscila entre el 40 y el 60%. Respecto a los rasgos patológicos considerados de nivel inferior, o básicos, resulta clara su base genética aunque pueden combinarse en innumerables formas para dar lugar a distintos cuadros clínicos.

Livesley prosigue marcando la existencia de un cierto consenso en la clasificación del TP en torno a tres grandes dimensiones: neuroticismo o déficit de regulación emocional; introversión o inhibición; y psicoticismo, tanto en el sentido de negativismo grave o como conducta antisocial. Lo anterior no impide que subsista la polémica en torno a si la tendencia compulsiva habría que considerarla como rasgo básico o superior. En cualquier caso, es en el nivel superior de esta jerarquía de los trastornos donde se precisa mayor número de investigaciones.

En suma, se podría afirmar que el progreso depende del desarrollo de una teoría comprensiva, capaz de integrar los amplios conocimientos empíricos existentes sobre la personalidad y el TP, de manera que se convierta en una sólida base para poder articular una clasificación sobre esta última forma de patología.

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I.- Los modelos teóricos sobre el trastorno de la personalidad

Si se atiende al criterio de poner énfasis en la amplitud o en la precisión conceptual, se podría distinguir entre dos tipos de teorías: el modelo mono-taxónico (3) y el modelo poli-taxónico. Los autores precisan que el primer modelo pretende establecer una o más categorías que permitan diagnosticar el trastorno de personalidad, mientras que el segundo aspira a abarcar todo el dominio de dicha psicopatología. Veámoslo con más detenimiento.

- Modelo mono-taxónico

En este modelo no es tan importante la clase de instrumentos a los que se recurre para establecer una clasificación (pueden ser categorías o dimensiones) como el hecho de que su meta no se dirige a ordenar el conjunto de los problemas de la personalidad. Más bien, su propósito es iluminar el origen de determinadas patologías, pero a partir de una descripción de las mismas ya existente. En consecuencia, como los mismos autores de este trabajo subrayan, este modelo no acierta a explicar las diferencias que, dentro de un mismo cuadro psicopatológico, aparecerían al comparar a individuos aquejados por el mismo. Para ejemplificar esta cuestión, se expone la teoría de Kohut, autor a quien se distingue por sus trabajos en torno a la teoría del narcisismo. Según la teoría psicoanalítica clásica, la maduración libidinal evoluciona desde un estadio inicial, narcisista, hasta el establecimiento de la relación de objeto. Kohut no cuestionaría en términos absolutos esta teoría, pero sí afirmaría la necesidad de pensar los dos procesos (narcisismo y relación de objeto) en continuidad hasta la edad adulta. La patología aparecería si se producen fallos en la integración de lo que serían las dos grandes esferas de la maduración del self: el “self grandioso” y la ”imago parental idealizada”. Si hubiera carencias en los inicios del desarrollo, nos encontraríamos con patología grave; si se tratara de trastornos o desilusión en fases más tardías, la patología sería diferente dependiendo de si afecta a una u otra de las mencionadas esferas.

Pues bien, para los autores (Millon, Meagher y Grossman, p. 43) es interesante señalar que Kohut habla en términos de self y no de personalidad. Pero, al margen de la terminología, el problema más importante que se nos presenta si seguimos el modelo kohutiano es que resulta imposible saber cómo se originan las diversas clases en que se subdivide el trastorno de personalidad, tal y como se nos propone en el DSM o en cualquiera otra clasificación.

Los mismos autores reconocen que las teorías que relacionan múltiples dominios clínicos son minoritarias y que esto resulta comprensible, ya que los elementos que se usan en un dominio particular se resisten a ser asimilados a otros campos de la clínica. Pero, por este mismo motivo, terminan por ser reduccionistas, no tanto por vocación de tal, sino porque se limitan al estudio de su área y desconocen las otras. Como resultado, el mismo término diagnóstico puede adquirir diversas connotaciones e incluso alejarse de su significado originario.

- Modelo poli-taxónico

A diferencia del tipo anterior, el modelo poli-taxónico sí recurre a organizar dentro de una clasificación el conjunto de una patología. En realidad, es únicamente en este caso en el que podría hablarse de “taxonomía”. Los autores de este trabajo consideran necesaria una reflexión acerca de si el estudio de la personalidad debe contar con sus propios criterios diagnósticos o recoger de los estándares sociales la base de tal clasificación, puesto que aunque hoy nos sintamos muy a salvo de tales influencias, no debe olvidarse que un autor como Sullivan habla en términos de “personalidad homosexual” o que, durante decenios, la “personalidad masoquista” ha sido considerada característica de las mujeres. Si los DSM se concibieron como a-teóricos fue precisamente para evitar que entraran en juego intereses o influencia excesiva de una u otra escuela. El problema es que no se puede dejar en manos del consenso entre expertos la construcción de una taxonomía que aspire a ser científica. Al igual que Livesley (capítulo primero de esta reseña), los autores consideran como una posible salida a esta dificultad el uso de las clasificaciones ya existentes como material básico para ser contrastado con estudios empíricos y comprobar, así, hasta qué punto son reafirmados o refutados sus elementos.

II.- Teorías sobre el trastorno de la personalidad

Este apartado es el más importante de este capítulo y los autores parten de las diferentes perspectivas desde las que puede estudiarse la personalidad (intrapsíquica, conductual, cognitiva, interpersonal y neurobiológica) para presentar lo que sería el núcleo de tales teorías a partir del cual encarar los denominados trastornos de la personalidad. A continuación se pasa revista a los mismos.

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 LA PERSONALIDAD ANORMAL. EL CONCEPTO DE ANORMALIDAD

Lo anormal es lo que se aparta de la norma, de lo frecuente. Resulta de aquí una división de las personalidades en normales o frecuentes y anormales o raras.

LOS AJUSTES

Lo que llamamos vida, es un proceso constante de adaptación o ajuste al medio. Tratándose de seres humanos, ese proceso ofrece dos aspectos: el ajuste puramente biológico y el social.

Un individuo pasa del medio oscuro de un cine al medio intensamente iluminado de la calle. Sus pupilas en el acto se contraen para defender las delicadas estructuras de la visión contra el exceso de la luz. He aquí un tipo de ajuste biológico.

El hombre, que es un ser eminentemente social, tiene que ajustarse al medio social. Los desajustes sociales son el resultado de la incapacidad del individuo para resolver los problemas que se le plantean en sus relaciones con sus semejantes. Es de un interés capital para toda persona ajustarse bien al medio. De un ajuste social acertado depende la facilidad del individuo, mientras que un ajuste defectuoso puede ocasionar males sin cuento, y hasta la desgracia de la persona para toda la vida.

Al psicólogo le interesan los signos que acompaña a los estados de desajustes.

MECANISMOS DE AJUSTES MAS FRECUENTES

Los ajustes por compensación. Un mecanismo psicológico mediante el cual un individuo disimula o disfraza un rasgo desfavorable de su personalidad mostrando, de un modo ostentoso y exagerado, un rasgo favorable.

Los ajustes por racionalización. Consiste en justificar la conducta o las opiniones propias mediante razones que están de acuerdo con la moral social y que ésta aprueba, pero que no son las verdaderas motivadoras de esa conducta o esas opiniones.

Los ajustes por retirada. Consiste este ajuste en huir de las situaciones difíciles. Cuando un individuo no tiene la habilidad necesaria para responder de manera adecuada a un estímulo, puede hacer uso de un recurso que consiste precisamente en huir de dicho estímulo, en evitarlo.

Ajustes por fantasía. Este mecanismo suele ser el que acompaña al anterior. Inadaptado a la realidad social, se construye un mundo imaginario, hecho a la medida de sus deseos, donde él es un monarca poderoso, o un magnate de los negocios, o un artista famoso, etc.

LOS TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD

Los trastornos de la personalidad los vamos a dividir en dos grandes grupos:

 Las psiconeurosis (llamada también propiamente neurosis).

 La psicosis, vulgarmente llamadas locuras.

A continuación veremos de una forma más clara las perturbaciones de la personalidad y sus clases.

Neurastenia

Estados de ansiedad o angustia

Psiconeurosis Fobias

(origen Psicológico) Psicostatenia

Dudas y escrúpulos

Histerias

Personalidades dobles o múltiples

Demencia senil

Psicosis alcohólicas

orgánicas Parésis o parálisis general o demencia

Epilepsia paralítica

Psicosis

Psicosis maniacodepresiva

funcionales Esquizofrenia

Paranoia