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Informe De Novela “El Espejo Africano” De Liliana Bodoc

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Categoría: Informes De Libros

Enviado por: Rebecca 11 mayo 2011

Palabras: 1415 | Páginas: 6

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una roca y calló en el fondo de un barranco. La esclava al encontrarse en semejante situación comenzó a hacer señas de luz con su pequeño espejo. Por esta buena acción el amo decidió dejarla en libertad.

Para Atima Silencio el espejo fue el objeto que ayudó a salvarle la vida al hijo del amo, y a recuperar su libertad. Este espejo no solo fue de mucho valor para Atima Silencio, sino también para su amo, quien gracias a las señas de luz hechas por la esclava, pudo recuperar a su hijo, ya que sin estos avisos el rescate hubiera sido más lento y probablemente con un trágico final.

A fines de 1816 en América del Sur, un ejército se preparaba para cruzar las montañas.

Atima Silencio caminó por mucho tiempo sin obtener ayuda hasta que llegó a un campamento militar, tenia miedo, pero el hambre que sentía fue lo que la llevo a acercarse. En ese lugar conoció al general San Martín a quien le entregó el pequeño espejo, él le dijo que lo utilizarían como un salvoconducto y gravó su firma en la parte inferior del dorso del espejo. Poco después los hombres partieron y Atima Silencio se encontraba nuevamente sin rumbo.

En la ciudad de Talca, Chile, en las afueras, el ejército de San Martín pasaba la noche para enfrentarse al enemigo al día siguiente. Un mensajero del general pasó por un lugar donde vio a los enemigos comiendo y hablando del ataque contra el ejército. Estos se dieron cuenta rápidamente que ese hombre era un mensajero, descubrieron su espejo y un sargento lo conservó, mientras que a él, lo tomaron prisionero.

El ejército del General San Martín utilizó el espejo como un salvoconducto, de esta manera los viajeros se trasladaban de un lugar a otro con algo que los identificaba, el objeto para los enemigos fue la señal que les indicó que estaban frente a un mensajero del ejército libertador, y para el mensajero tomado como prisionero, el espejo significó la muerte, ya que fue baleado por intento de fuga.

En España, Valencia vivía Maria Petra, propietaria de un local de antigüedades. En ese tiempo era habitual criar a huérfanos a cambio de trabajo, Dorel era huérfano y trabaja en el local de antigüedades. El joven sentía una gran atracción por la música, le gustaba tocar el violín. Algo que a Maria Petra le molestaba bastante, ella era una mujer con muchos miedos y fantasmas que intentaba trasmitírselos a Dorel.

Un día Dorel quedó a cargo del local. Un joven entro con un paquete, se trataba de un espejo enmarcado en ébano, le dijo que su padre que era sargento, lo había traído de América y necesitaba venderlo para comprar medicamentos. El joven pelirrojo pedía cuatro monedas por el espejo, Dorel, solo le dio tres y de todas maneras lo obtuvo, pero cuando el joven pelirrojo se fue, se dio cuenta que se estaba aprovechando de la desesperación de una persona, entonces tomó la cuarta moneda y con cierto temor salió a la calle a buscarlo. Caminó por mucho tiempo sin encontrarlo hasta llegar a un monasterio donde un monje le dijo que vio a ese joven y que le habían dado lo que necesitaba. Dorel mas tranquilo permaneció en el monasterio, encontró un violín y comenzó a tocarlo. Estaba feliz.

El espejo le mostró a Dorel su cara triste de tanto encierro, al ver su rostro reflejado se dio cuenta que no podía sonreír, que no sabia como hacerlo. Gracias a él pasó del encierro, de la esclavitud psicológica a la que estaba sometido por Maria Petra, hacia la libertad, y de allí a ser un violinista admirado por todos.

Para el joven pelirrojo el objeto fue de gran ayuda, porque al venderlo, aunque solo por tres monedas, pudo conseguir una parte del dinero para comprar medicinas, la otra parte y algo mas se la dieron los generosos monjes.

Raquel se encontraba en España, en un concierto que brindaba una reconocida orquesta y donde también se presentaba Dorel, el joven violinista.

Cuando la función finalizó, el público aplaudió a Dorel con una intensidad poco usual. Sin embargo la primera en aplaudir y ponerse de pie fue Raquel. La elegante mujer lo quiso conocer y fue guiada a su camarín. Allí vio el espejo que había sido de Atima Imaoma, le preguntó al joven donde y como lo había conseguido, el le dio sus explicaciones y finalmente se lo obsequió.

Raquel regresó a América, quería encontrar a Atima Imaoma. Preguntó por ella en la hacienda donde era esclava, le dijeron que había muerto y que tenía una hija llamada Atima Silencio quien había partido del lugar.

La mujer visitó la tumba de Atima Imaoma, allí encontró a Atima Silencio y le dio el espejo, ya que ahora le pertenecía. Le propuso vivir con ella en la casa grande y hasta le daría un pago.

Cuando Raquel vio el espejo en el camarín de Dorel los días felices de 1810 regresaron a su mente, luego ese pequeño espejo la condujo hasta la hija de su querida doncella.

En esta historia, el pequeño espejo enmarcado en ébano pasa por la vida de personas que se encuentran en diferentes situaciones, tiempos y lugares.

Al leer la novela pude distinguir los distintos valores que los personajes principales le atribuyen a un mismo objeto; valor sentimental, monetario y hasta simbólico. Al finalizar con la lectura de la obra llegué a la conclusión que el espejo atraviesa y une las vidas de estas personas y las conduce de una manera u otra hacia el camino de la libertad.

Luego de la lectura de la novela, y la bibliografía de Beatriz Sarlo, “La maquina de leer” puedo destacar la similitud que hay entre estas, en lo que respecta al tiempo.

En la novela, el espejo fue un objeto que durante muchos años fue pasando por las manos de los personajes, perduró en el tiempo. Si hablamos de la lectura, se puede decir que opera como una máquina del tiempo que hasta hoy no ha sido igualada por ninguna otra máquina.

La maquina de leer, instalada en la larga duración de la historia, sigue funcionando cuando otros instrumentos hoy solo pueden ser vistos como curiosidades en los museos de la técnica.

Novela “El espejo africano” de Liliana Bodoc. Buenos Aires, Octubre 2008.

Sarlo Beatriz. Instantáneas. Buenos Aires. Ariel, 1996. Págs. 193-195