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La Discriminación Y La Violencia En La Escuela

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Categoría: Acontecimientos Sociales

Enviado por: Mikki 01 junio 2011

Palabras: 3260 | Páginas: 14

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e inferioridad a determinadas personas o grupos sociales en razón de rasgos o atributos que éstos presentan y que socialmente son poco valorados o estigmatizados. Estos rasgos (que son los motivos y los detonantes de la discriminación) pueden ser el color de la piel, el origen étnico, la condición socioeconómica, la apariencia, la edad, la discapacidad, la preferencia sexual, la condición migratoria, la profesión de una determinada fe religiosa y un muy largo etcétera.

Toda discriminación, independientemente de su modalidad y de su destinatario, presenta los siguientes rasgos:

• Se sostiene en sentimientos incluidos o abiertos de desprecio a determinadas personas y grupos.

• Estos sentimientos se hallan asociados a prejuicios, estereotipos y estigmas que llevan a ciertas personas a considerar a otras personas y grupos no sólo como diferentes sino como inferiores en un sentido intelectual, social o moral, por lo que ameritan ser tratadas como si valieran menos.

• Esto en la práctica se traduce en la degradación e invisibilización de las personas discriminadas: se omiten sus necesidades, se deslegitiman sus demandas y, sobre todo, se obtura su acceso a oportunidades de desarrollo y se restringen sus derechos fundamentales.

• Todo ello necesariamente conduce a la exclusión social como condición crónica y sistemática. La exclusión es el producto más grande de la discriminación.

¿Qué consecuencias tiene la discriminación?

Si la discriminación excluye, de forma inmerecida e injusta, a personas y grupos sociales enteros del acceso a oportunidades de desarrollo y derechos fundamentales, entonces estamos no ante un asunto menor, sino ante una problemática de graves consecuencias. Enuncio las principales:

• Daña la dignidad de las personas. Al humillarlas, al degradarlas, la discriminación las despoja de su condición de seres humanos, de personas y las deja en estado de vulnerabilidad frente a todo tipo de abusos. Muchas personas incluso interiorizan tanto la discriminación que terminan pensando que ellas son las responsables de la discriminación que sufren.

• Socava la igualdad, principio constitutivo de la democracia. La discriminación provoca que, a despecho de la igualdad formal, unas personas tengan acceso efectivo a derechos y otras personas, no. Y la negación de derechos para unos significa privilegios para otros, de modo que en una sociedad democrática, en donde todos somos formalmente iguales, la discriminación es el fundamento de los privilegios sociales.

• Ataca el principio de ciudadanía. Una persona discriminada es una persona con sus derechos disminuidos que no puede, más que formal y retóricamente, ser considerado como un ciudadano en toda la extensión de la palabra.

• Niega la diversidad. La discriminación se caracteriza por estigmatizar y en ocasiones por perseguir activamente determinadas diferencias que juzga indeseables, ilegítimas o perturbadoras, cancelando la expresión de la diversidad que es connatural a toda sociedad y que constituye el corazón de la convivencia en democracia.

• Entraña costos que lastran el desarrollo económico general. Al marginar por razones de estigma a determinadas personas y colectivos de oportunidades educativas y laborales, termina por impedir que se incorporen a la vida productiva generando pérdidas incalculables para la economía y un monstruoso desperdicio de talentos, aptitudes y experiencia.

• Genera y produce desigualdad. Al negar el ejercicio efectivo de derechos y el acceso a oportunidades de desarrollo, la discriminación condena a personas y colectivos sociales enteros a la marginalidad y a la exclusión social, de suerte que alienta fenómenos de pobreza y desigualdad.

La Discriminación en México

Existe mucha discriminación y de todo tipo.

Pongo, muestra de algunos ejemplos al respecto:

• Una de cada tres personas considera que lo único que tienen que hacer los indígenas para salir de la pobreza es no comportarse como indígenas.

• Una de cada tres personas estima que es normal que los hombres ganen más que las mujeres.

• Dos de cada cinco personas expresan que jamás contratarían para un trabajo a un extranjero o a una persona con VIH SIDA.

• Una de cada dos personas dice que no estaría dispuesta a permitir que en su casa viviera una persona homosexual.

• Dos de cada cinco personas afirma que las personas con discapacidad no trabajan tan bien como las demás.

• Una de cada tres personas está de acuerdo en que en las escuelas donde hay niños con discapacidad, la calidad de la enseñanza disminuye.

Las cifras y los ejemplos podrían crecer eternamente. En todo caso, un acercamiento a los datos de la encuesta nos indica que el fenómeno discriminatorio está presente en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida social y afecta a muchísimas más personas de las que parecen a primera vista. Por lo tanto, no es un problema de minorías que sólo interese a ellas. En realidad estamos ante un problema que afecta a sectores amplios que sufren discriminación en razón de ser lo que son, y ello incluye a las mujeres, que por sí solas constituyen una mayoría demográfica, a los adultos mayores, que suman poco más de 7 millones, a los indígenas, que representan poco más de 10 millones, a las personas con discapacidad, que probablemente son una cantidad equivalente, etcétera.

El otro aspecto a destacar tiene que ver con la visibilidad de la discriminación. Contrariamente a lo que uno podría pensar, la gran mayoría de la gente parece percatarse de la existencia del fenómeno y una proporción también mayoritaria asocia adecuadamente el término discriminación con la idea de maltrato a otros. El problema radica en el hecho de que sólo una pequeña proporción de las personas encuestadas entiende a la discriminación como pérdida de derechos.

Es decir, a la gente le queda claro que en México hay discriminación, pero no le queda igualmente claro que esa discriminación termina traduciéndose en restricción de derechos fundamentales y menores oportunidades de desarrollo que empobrecen y limitan la vida de millones de personas.

Esa incomprensión de lo que en último término implica la discriminación no es un dato menor: mientras la gente no perciba el daño, a veces irreparable, que la discriminación produce en la vida de las personas, puede existir una propensión a trivializar el fenómeno, a considerarlo negativo pero no especialmente grave, a verlo en todo caso como la expresión de meras actitudes individuales descorteses, políticamente incorrectas pero intrascendentes, y no como un problema que conduce a la exclusión social y que, por ello, amerita la intervención correctiva del Estado a fin de restituir derechos injustamente conculcados.

La discriminación en la escuela

Desafortunadamente los actos de discriminación que se presentan día con día entre la comunidad escolar y que no encuentran respuesta tienen efectos devastadores: en primer lugar, las y los estudiantes aprenden a ver en la discriminación un comportamiento social legítimo. Por otra parte, quien sufre la discriminación puede terminar de perder la confianza en sí mismo y por lo tanto en sus capacidades para tener un desempeño escolar adecuado. Y ese proceso se acentuará si buena parte de su energía se orienta, no al aprendizaje, sino a protegerse de las agresiones de un entorno hostil, predisponiéndolo para el ausentismo, el fracaso y la deserción escolar.

Philippe Perrenoud ha señalado a este último respecto lo siguiente: “Luchar contra los prejuicios y las discriminaciones sexuales, étnicas y sociales en la escuela no es únicamente preparar para el futuro, es hacer el presente soportable y, si es posible, productivo. Ninguna víctima de prejuicios y discriminaciones puede aprender con serenidad. Si hacer una pregunta o responderla despierta burlas, el alumno se callará. Si el trabajo en equipo lo sitúa en el blanco de segregaciones preferirá quedarse solo en un rincón. Si las buenas notas suscitan la agresividad o la exclusión basadas en categorías sexuales, confesionales o étnicas, evitará tener éxito. Y así podríamos seguir. En primer lugar, para poner a los alumnos en condiciones de aprender hay que luchar contra las discriminaciones y los prejuicios”.[1]

En resumidas cuentas, existe una doble y poderosa razón por la cual es preciso luchar contra las diferentes expresiones de la discriminación en la escuela: se trata, primero, de un asunto de justicia y, segundo, como lo sugiere Perrenoud, es un desafío al sentido y al propósito mismo de la escuela, que es enseñar a aprender: nadie que es discriminado puede genuinamente aprender y hacer valer su derecho a una educación de calidad.

Precisamente por ello es que ni la escuela ni los docentes pueden seguir siendo indiferentes a la problemática de la discriminación en la escuela. Ya no es admisible que frente a la presencia de actitudes y conductas sexistas, racistas, homofóbicas e intolerantes, escuela y docentes pasen de largo, sea porque piensen que eso no está dentro de sus responsabilidades (las cuales consistirían sólo en transmitir los contenidos de la curricula), sea porque no quieren buscarse problemas o sea porque aun cuando tengan la mejor intención de actuar, no saben cómo hacerlo y carecen de los conocimientos y herramientas adecuadas.

¿Cómo combatir la discriminación en la escuela?

Combatir la discriminación en la escuela exige una estrategia articulada que comprometa a los distintos actores de la comunidad escolar y educativa en general, señaladamente a directivos, docentes, supervisores y equipos de apoyo técnico, y que busque abarcar los diferentes ámbitos, prácticas y relaciones del espacio escolar, sustentado todo ello, en primer término, en una plataforma pedagógica consistente: una estrategia integral, pues, de educación para la no discriminación. Esa es la estrategia cuyas líneas maestras voy a intentar delinear enseguida:

La discriminación, como hemos visto, se sostiene en una triada de desprecio, negación de derechos y exclusión. Esto nos permite, por oposición, delinear los propósitos esenciales de la educación para la no discriminación. Enuncio cuatro objetivos fundamentales:

• Contribuir a la construcción de sujetos de derecho.

• Desarticular las bases socioculturales y simbólicas de la discriminación.

• Promover identidades libremente elegidas, abiertas, plurales y no confrontadas.

• Contribuir a la construcción de nuevos referentes para la interacción social.

Una persona discriminada es una persona sin derechos y, por lo tanto, alguien a quien se le debe restituir su condición ciudadana, inmerecidamente cercenada. Por ello, la educación para la no discriminación debe promover el conocimiento de los derechos, su ejercicio, su defensa y el dominio de las herramientas y mecanismos que permiten protegerlos.

Una tarea fundamental es combatir desde su raíz los prejuicios, estereotipos y estigmas que naturalizan, invisibilizan y le confieren legitimidad social al maltrato del que son objeto determinadas personas y colectivos sociales.

Otra tarea pedagógica fundamental es no sólo combatir prejuicios específicos, sino las estructuras mismas que dan lugar a los prejuicios, lo que supone reformular los esquemas maniqueos que subyacen a nuestra forma de ver el mundo y lo que en él ocurre, y que son fuente inevitable de intolerancia. Tarea ésta que se traduce en tres exigencias educativas cruciales: promover el desarrollo de la autoestima como recurso para afirmar la propia valía y resistir toda tentativa de sobajamiento y degradación por parte de otros; cultivar la autonomía moral como medio para resistir las presiones del entorno; y desarrollar el juicio crítico como medio para superar interpretaciones maniqueas de la realidad y de las personas.

No se trata sólo de evidenciar las sinrazones de los prejuicios, sino de ofrecer herramientas conceptuales y prácticas que permitan reconstruir la convivencia social sobre nuevas bases. Si la discriminación se expresa, entre otras cosas, como intolerancia hacia determinadas diferencias que son calificadas de inadmisibles, se debe favorecer el desarrollo de dos competencias clave: uno, la empatía como vía para estar en condiciones de ver a los otros como personas con derechos, de comprenderlos y considerarlos como iguales y, por lo tanto, como legítimos interlocutores, y dos, el respeto, la disposición a aceptar y a convivir con cualquier forma de ser, pensar y actuar que elijan para sí mismos las demás personas en el marco del Estado democrático de derecho; en otras palabras, la capacidad de reconocer y valorar todas las expresiones de la diversidad humana que sean compatibles con los derechos humanos.

Al proponerse una real igualdad de oportunidades educativas para todos los estudiantes, al margen de sus diferencias, la educación intercultural termina postulando necesariamente la transformación general de la escuela, lo que implica cambios en la filosofía, en el curriculo, en las estrategias de enseñanza-aprendizaje, en la organización, gestión y ambiente escolar, en la relación de la escuela con los padres de familia y con la comunidad en la que está inserta.

Dada la naturaleza y magnitud de los cambios, y lo que éstos exigen a los miembros de la comunidad educativa, muchas escuelas optan por la inmovilidad y otras prefieren acogerse a propuestas de bajo perfil que tienen el encanto de que son más fáciles de instrumentar, no generan mayores resistencias en los distintos actores de la comunidad educativa y dan la sensación de estar haciendo algo políticamente correcto. De este modo, nos vamos a encontrar con un sinnúmero de casos en donde, por ejemplo, se incorpora alguna unidad didáctica sobre las cuestiones de género, en otra se realizan actividades extracurriculares como semanas de la diversidad cultural con un cierto toque folklórico, en alguna más se programan las semanas de los valores, etcétera. Experiencias todas ellas bien intencionadas pero que no van al fondo de la cuestión y cuyos efectos en la formación del alumnado son marginales.

Conclusión

La presencia de cualquier forma de discriminación en la escuela demuestra el fracaso de la misma. Fracaso, primero, en su misión de hacer que los alumnos aprendan, porque la o el estudiante discriminado no se encuentra en aptitud de aprender, dedicado como está a defenderse de la humillación, los abusos y la violencia psicológica y/o física de que es objeto. Y fracaso, en segundo lugar, en su propósito de hacer que los alumnos aprendan a convivir ahora y en el futuro en un marco de respeto a la diversidad, porque en un contexto donde prevalece la discriminación lo que asimila el alumnado no es la cultura de la tolerancia, la empatía y la cooperación, sino las duras e implacables reglas de la arbitrariedad, la fuerza y el atropello.

En esta materia, la escuela no puede titubear: la discriminación no debe tolerarse. Ignorarla, permitirla, fomentarla tiene fatales consecuencias que se manifiestan de muy diversas maneras: como violencia, como ausentismo, fracaso y deserción escolar, también puede ser como propensión a las adicciones.

Por eso combatirla es un imperativo para las instituciones educativas. Y la discriminación se combate, por supuesto, promoviendo una cultura de la tolerancia y la inclusión, lo que probablemente exige incorporar nuevos contenidos en los programas educativos, pero también modificar los términos de la relación entre alumnos, entre éstos y los docentes, entre éstos y los padres de familia, entre la escuela y la comunidad, y también transformar el ambiente escolar y las formas de gestión y dirección bajo principios de respeto y atención a la diversidad. A todo ello me voy a referir enseguida, pero empiezo por una precisión de carácter conceptual que nos dé la certeza de que estamos hablando de lo mismo.

De cuando en cuando se ponen de moda ciertos temas y enfoques que hacen necesarios algunas reformas en los sistemas educativos. Pero cuando ponemos sobre la mesa la atención a la diversidad y la lucha contra la discriminación no estamos hablando de la más reciente moda pedagógica, que como todas las modas está condenada a ser fugaz, sino estamos refiriéndonos a una propuesta pedagógica cuya actualidad y proyección radican en su tentativa de combinar virtuosamente inclusión de todas las diferencias y calidad educativa. Una propuesta pedagógica desde la cual se puede ver que el desafío no se reduce a hacer llegar a todas las niñas y los niños a la escuela, sino en hacer que permanezcan en ella, siempre en condiciones dignas que los pongan en aptitud de aprender y de desarrollar competencias sustantivas para la vida y para la convivencia en la diversidad.

No debemos olvidar que una vez en la escuela, muchas niñas y niños pueden ser objeto de un trato indigno, degradante y violento que los desestimule, los arrincone y termine anulándolos o expulsándolos. No se puede hablar de inclusión en una escuela donde se sigue segregando o se tolera la violencia, no se puede hablar de atención a la diversidad ahí donde se consideran unas diferencias y se ignoran otras igualmente sustantivas, no se puede hablar de educar para la no discriminación ahí donde ésta es el pan de todos los días. La mejor educación en derechos humanos que pueden recibir las y los niños es ver plenamente respetados sus derechos, empezando por el derecho a una educación de calidad.

Si atendiendo a esto somos capaces de actuar y de enseñar a actuar cuando alguien, quienquiera que sea, es excluido, maltratado o humillado o cuando alguien es objeto de hostigamiento, estaremos ofreciendo la mejor lección que podamos dar en materia de derechos humanos, porque estaremos alentando a las y los estudiantes a no ser indiferentes hacia quienes inmerecidamente, sólo por ser lo que son, han sido excluidos; porque los estaremos alentando a actuar ahora y en el futuro en términos de respeto, sensibilidad, consideración y justicia, garantizando que todos tengan iguales derechos y oportunidades.

“Nadie nace odiando a otra persona por causa del color de su piel, su origen o su religión. La gente aprende a odiar, y si puede aprender a odiar, también puede ser enseñada a amar, porque el amor llega más naturalmente al corazón humano que su opuesto.”

Nelson Mandela.

BIBLIOGRAFÍA

http://www.psicopol.unsl.edu.ar/marzo09_nota6.pdf

http://portal.sre.gob.mx/pcdh/libreria/libro8/05.pdf

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[1] Perrenoud, Philippe: Diez nuevas competencias para enseñar, Biblioteca para la actualización del maestro, SEP-Graó, p. 127.