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La Noche De Los Lápices

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Categoría: Historia

Enviado por: Christopher 13 mayo 2011

Palabras: 9563 | Páginas: 39

...

hos Humanos de la historia argentina.

Hoy, nosotros, Cintia, Germán, Elda y Natalia, cuatro estudiantes de la carrera de RR HH, desde el pequeño o gran lugar que ocupamos en Argentina queremos conocer y hacer conocer un poquito de la llamada “Noche de los lápices”.

Muchos sabemos y recordamos el 24 de Marzo de 1976 como la fecha de inicio del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, proceso que incluyó un hecho fundamental como es “La Noche de los lápices”, el cual marcó la historia de nuestro país.

La Noche de los Lápices no es sólo una película, es principalmente un documento que se encontraba en la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires, un documento firmado por un comisario mayor Fernández, en ese momento asesor del Consejo del coronel Camps y Etchecolatz. El cual hablaba de que luego de desarticulados política e ideológicamente los sectores “subversivos” como universitarios barriales, trabajadores, la piedra angular eran los “potenciales subversivos”, que eran los estudiantes secundarios que eran líderes en sus escuelas.

Por este motivo, por militar en grupos políticos, con ideales, con sueños y deseos por cumplir, fueron desaparecidos y asesinados una gran cantidad de jóvenes estudiantiles secundarios en todo el país. Entre ellos Claudio De Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Horacio Ungaro, Emilce Moler, Gustavo Calotti y Patricia Miranda. Todos ellos desaparecidos el 16 de Septiembre de 1976. Chicos que tenían entre 14 y 18 años.

Personas que tenían los mismos gustos y pasiones que cualquier adolescente, no eran maduros, pero tampoco niños, no habían tomado decisiones fundamentales de la vida pero empezaban a trazar sus caminos, les interesaba la política y militaban en centros estudiantiles, con la ilusión de una mejor vida para todos. Nada de otro mundo; de otro mundo fue lo que les tocó vivir. La prisión, el cautiverio, bien llamado Clandestino, la tortura y la muerte.

Estos chicos habían comenzado a reunirse en el invierno del 75, para pedir por la instauración del real boleto estudiantil, que existía por decreto provincial pero en La Plata no se lo respetaba. Además, desde el mismo momento en que se dispuso el descuento para estudiantes, hubo un aumento en la tarifa general, por lo que la rebaja quedaba bastante desdibujada.

Fue eso y no otra cosa, el punto central del petitorio entregado a las autoridades de La Plata luego de una marcha en la que participaron alrededor de tres mil alumnos.

La pregunta es: ¿Por qué tanta brutalidad, tanta impunidad? ¿Cuáles fueron los maestros y profesores de nuestros militares y policías? Hoy salvo los que se jubilaron, siguen siendo los mismos docentes en los mismos colegios militares y policiales.

¿Dónde asimiló Camps el instinto de hacer desaparecer? ¿Dónde aprendió Etchecolatz tanta impunidad y crueldad? ¿Y la cobardía de negar lo que hicieron? ¿La aprendieron o les viene de familia?¿Buscaron esa profesión porque les calmaba los instintos?

Si hay algo que aún debemos saber, es que los asesinos están entre nosotros. Son los autores de la acción más alevosa imaginable. Etchecolatz, Camps, Videla figuras de exposición en nuestra Argentina que comienza con Roca. Es toda una línea.

Pero los asesinos, los militares argentinos se quedaron en la sombra, no admitieron nunca el crimen. Hasta hoy, Etzchecolatz nunca lo reconoció: “No sé, desaparecieron. Se habrán ido a Suecia. No, no me enteré.” Estas fueron sus frías palabras, tan frías como las que expresó Jorge Rafael Videla a los periodistas extranjeros “No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”. Un total silencio para los familiares y amigos de los desaparecidos.

Creemos que es nuestro deber, como argentinos, ser un poco más humanos, más patrióticos y lograr que nuestros jóvenes conozcan el pasado para mejorar el presente y el futuro. Sabiendo que tienen derechos y éstos deben ser cumplidos y respetados.

Sería difícil enumerar la cantidad de leyes, garantías y derechos (los llamados humanos y de los otros) que se han violado durante 7 años.

“La Noche de los Lápices” sólo fue un ejemplo entre miles. Se recuerda más que otros porque conmueve la edad y la inocencia de sus protagonistas. Porque es un ejemplo de la bestialidad de un régimen que no tuvo límites.

Ante el riesgo que suponen la impunidad y el olvido los invitamos a recordar (a volver a pasar por el corazón) y que desde los lugares que ocupamos hoy, ayudemos a los lápices a seguir escribiendo.

El boleto de la discordia

El Decreto 4594 establecía una reducción del 20 % sobre el boleto general, este descuento alcanzaba a los estudiantes secundarios, personal docente y estudiantes universitarios. Pero a pesar de la disposición provincial, en la Plata y sus alrededores el boleto escolar no se hizo extensivo a los estudiantes universitarios, este fue el motivo por el cual los estudiantes secundarios iniciaron en Agosto de 1975 su lucha por el BES (Boleto Estudiantil Secundario)

—Hacía calorcito —recuerda Marcelo Demarchi, actual presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Teatro de La Plata—, y la Coordinadora de Estudiantes Secundarios nos había convocado para que lucháramos por el boleto secundario. En ese momento yo estaba en el colegio Virgen del Pilar y un día vino Ricardo Rave, que era compa¬ñero mío de año, para pedirnos que participáramos en las reuniones previas a las manifestaciones. La primera reunión a la que fui era en la UES. Allí conocí a Horacio Úngaro, María Claudia Falcone, Pablo Díaz y Claudio de Acha. Recuerdo que por los colegios católicos privados estaba el nuestro, y el Carmen de Tolosa y que no aceptaron la invi¬tación los colegios San Luis, Misericordia y Eucarístico. Nosotros queríamos hacer algo porque en nuestra escuela estábamos luchando para que se reemplazara el uniforme por un delantal para todos. Pero los que llevaban la delantera en la lucha eran el Bellas Artes, el Colegio Nacional, los normales N° 1 y 3 y La Legión, como le decíamos al Colegio España. Allí estaban los chicos que después secues¬traron. También estaban los otros dos normales, los industriales, el Vergara y el Liceo Víctor Mercante. Había una voluntad enorme entre todos y mucha solidaridad porque el boleto no era para unos pocos. María Claudia se sentó al lado mío en esa reunión..., ¿qué puedo decir? Ella tenía 15 años y yo 17 pero su fuerza interior me impresionó. Recuerdo que me dijo: aunque el boleto no lo consigamos para noso¬tros, quedará para los futuros estudiantes.

En la noche del 4 de septiembre se realizó una asamblea de más de 300 alumnos en un aula del Normal 2, preparatoria de la movilización del día 5. Se admitió que se habían agotado todas las instancias posibles y que lo único que quedaba era marchar por las calles de la ciudad…

Pablo Díaz recuerda que en esa reunión ya sos¬pechaban que la policía los vigilaba.

—Sabíamos que había un cana que anotaba nues¬tros nombres y nos fichaba. Estaban al pie del cañón todos los chicos, Horacio Úngaro, María Claudia Falcone, Daniel Racero, Marcelo Demarchi, Francisco López Muntaner, Patricia Miranda, Emilse Moler, pero el que más se destacaba era Claudio de Acha. Decidimos que la marcha se haría con o sin represión y todos estuvimos de acuerdo, pero se arregló que cada colegio pusiera su propia seguridad.

El día 5 de septiembre se concentraron más de 3000 estudiantes secundarios, encolumnados detrás de sus banderas, que hacían confluir, alineándolas, con el cartel unificador de la CES encabezando la marcha. Los del Industrial iban con sus limas, sus overoles y sus reglas "T"; los normales con sus guardapolvos, sus carpetas; el Nacional, mayoritariamente varones, con sus sacos y corbatas de nudos anchos; y el Bellas Artes, como serían futuros artistas, con ropas informales las chicas, y los conjuntos de pantalón y campera de jean los varones. Todos reunidos con un objetivo en común, entregar a las autoridades el petitorio en el que la coordinadora Estudiantil exigía el BES de un peso.

Una delegación, integrada por diez alumnos de distintos colegios, intentó conversar con el director de Transporte, Juan Carlos Schiff. Los palos de la guardia de infantería tenían que adelantarse, y la valla policial provocó un forcejeo a las puertas del ministerio. Unos vidrios rotos fueron la excusa para que se dispararan más de 20 bombas de gases lacrimó¬genos contra los adolescentes, en apenas cinco minutos. Si querían parlamentar, pensaron los jefes policiales, mejor que lo hicieran desconcentrados y con algunos contusos.

Pablo Díaz revive las escaramuzas con la represión.

—Mientras nos dispersábamos corriendo, tiramos piedras y les devolvimos algunos cartuchos de gas. Nos reconcentramos en la calle 8 y 50 para formar pequeños grupos que fueran a parlamentar con las autoridades. Yo fui a Obras Públicas con Claudio de Acha y María Claudia Falcone. Horacio Úngaro y Daniel Rocero estaban en la comisión que fue a la intendencia municipal a entrevistarse con un amigo del gobernador Calabró, el intendente Juan Pedro Brun.

Pasaron muchas horas, desde el mediodía en que se había iniciado la marcha a la salida de clases, hasta que Schiff recibió, aunque no personalmente, el petitorio estudiantil. Les mandó decir lo mismo que a la prensa: que se estaban estudiando las medidas pertinentes.

Los estudiantes no se desmovilizaron; en los días pos¬teriores se realizaron asambleas en la mayoría de los colegios para seguir con atención el curso de los acontecimientos.

Victoria empieza con “V”

El 13 de setiembre de 1975, Daniel Racero se trepó al mástil del patio del Normal N° 3, flanqueado por Horacio Úngaro, para anunciar la conquista del BES. Los secundarios de la ciudad se saludaban por las calles formando con sus manos la "V" de la victoria. Por primera vez en la historia de La Plata tenían un boleto secundario popular.

Cuando el 24 de marzo de 1976 el helicóptero que llevaba a la destituida Isabel Martínez comenzaba a separarse de la Casa Rosada, a lo largo del país se estaba produciendo la ocupación militar de los edifi¬cios gubernamentales, organismos públicos y emiso¬ras. La perfecta coordinación de las fuerzas del Ejér¬cito, la Marina y la Fuerza Aérea desnudaban una pro¬gramación minuciosa de meses, tal vez de más de un año.

En ese plan, la provincia de Buenos Aires estaba considerada el objetivo principal de la "guerra contra la subversión apátrida". Las directivas que la cúpula tenía dispuestas para dominar ese territorio decisivo, si bien eran similares a las que se aplicarían en otras zonas, profundizaban una característica: la permisivi¬dad de los métodos a utilizar sólo quedaba limitada por "el criterio del Comandante del área". Restaba colocar en los puestos claves a hombres que subordi¬naran sus escrúpulos a las órdenes.

El denominado Proceso fue cubriendo los cargos gubernamentales con la celeridad que requería su intención de “Restablecer el orden”.

El nuevo intendente de La Plata, capitán de navío Oscar Macellari, se hizo cargo del gobierno municipal el 28 de marzo de 1976.

El día 29 asumió como presidente Jorge Rafael Videla. La adusta ceremonia coincidía con la reiniciación de las clases en todas las escuelas secundarias del país. También en la Universidad de La Plata, donde ejercería el rectorado el capitán de navío Eduardo Luis Saccone.

Como ministro de Educación fue designado el profesor Ricardo Pedro Bruera. La idea de sugestión era predecible: se centralizaría en los estudiantes secundarios. Según su diagnóstico: “La crisis se manifiesta en toda su crudeza en los problemas que surgen al nivel de la enseñanza media”.

El 8 de Abril el Ibérico Saint Jean asumía la gobernación de Buenos Aires y el 12 del mismo mes el general Ovidio Solari se haría cargo del ministerio de Educación. En el gabinete de Saint Jean, cuyos miembros eran casi todos civiles, la presencia de un militar en Educación confirmaba la importancia asignada al área en el operativo de represión.

Mientras juraba Solari el 13 de abril, su par nacio¬nal estaba grabando un mensaje que emitiría por la noche la red de radiodifusión. "Se restaurará el orden en la educación", aseguró el ministro Ricardo Bruera. Incluso anunció las medidas que se dispondrían para alcanzar ese objetivo: "Si por desviaciones eventuales llegase a ser necesario —en resguardo del bien común— serán separados los alumnos los docentes e, incluso, los establecimientos".

El capitán de navío Eduardo Saccone, rector de la Universidad de La Plata, coincidía con los conceptos de su superior. En cuanto al general Solari, hubiera firmado cada línea pronunciada por su colega.

Los estudiantes secundarios de La Plata que con¬currían al Colegio Nacional "Rafael Hernández", al Bachillerato de Bellas Artes "Prof. Francisco Américo de Santo" (ambos dependientes de la Universidad Na¬cional de La Plata), a la Escuela de Enseñanza Media N° 2 "España" (de la provincia), y a la Escuela Nacio¬nal Normal N° 3 "Almafuerte" (de la nación), podían considerarse afortunados: quienes los regían desde los cargos más altos buscaban "el bien común".

Aunque algunos chicos que estaban concurriendo a esos colegios estaban lejos de sospechar que pocos meses más tarde, por esas "desviaciones eventuales", serían drásticamente "separados".

Las directivas que el general Ovidio Solari fue emitiendo —como verdaderos bandos de guerra— po¬drían conformar la "Antología de la represión en la educación". Esos documentos son más reveladores so¬bre la política instrumentada en aquel período que todo un extenso análisis.

La N° 008 (5.8.76) nació de la impaciencia del militar: "Habiéndose observado una marcada demora en la tramitación de los expedientes, llegándose en al¬gunos casos a abusos que en lo sucesivo no serán tole¬rados por el suscripto, (...) se establece que toda aque¬lla tramitación o informe recabado por el suscripto deberá ser evacuado en el término de cuarenta y ocho (48) horas".

Por la N° 012 del 5 de octubre de 1976 se limita¬ba "el acceso a los establecimientos escolares de pu¬blicaciones y material formativo e informativo". Podrían ingresar exclusivamente aquellos que fomenta¬ran "el amor a Dios, el concepto de Patria, y el respe¬to a la familia y a la autoridad". Los docentes que no se ajustaran a esta disposición se considerarían "com¬prendidos en la comisión de falta grave".

Ante algunas quejas de sus camaradas, Solari rati¬ficó en la circular N° 025 el privilegio de los hijos de los militares: "Visto los numerosos casos planteados por miembros de las Fuerzas Armadas en los que se denuncian inconvenientes en la inscripción de sus hijos en establecimientos escolares dependientes de este Ministerio, se establece: (...) La concesión de va¬cantes en los pases extendidos a los alumnos comprendidos en la presente (hijos de personal de las Fuerzas Armadas y de Seguridad) será prioritaria en todos los casos".

La circular que llevó las palmas fue, sin discusión la N° 011 del 23 de agosto de 1976. Con el funda¬mento de controlar el acceso de personas a los esta¬blecimientos educativos, Solari puntualizó con deli¬rante precisión militar la nómina de autorizados. Se¬gún el ministro, los maestros y profesores podían in¬gresar, (art. 3-A); también los alumnos (art. 3-C).

El 27 de Abril de 1976 el coronel Ramón Juan Alberto Camps tenía 49 años cuando se hizo cargo de la jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Cubrió el cargo interinamente con el comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, en quién encontró un asistente-consejero que sabía ejecutar sus órdenes y un subordinado leal. La figura de Etchecolatz fue creciendo dentro de la policía; en poco tiempo era ascendido a comisario general y confirmado como titular de la Dirección de Investigaciones.

Una de las preocupaciones permanentes del Jefe de Policía era la "subversión" que se refugiaba en las facultades y los colegios secundarios. Consideraba a los estudiantes como el instrumento clásico de los "ex¬tremistas" y el peligro mayor, porque conjugaban la pasión política con la temeridad juvenil. En sus con¬versaciones con el capitán Saccone, rector de la uni¬versidad, era el tema central y excluyente.

Durante el mes de agosto del ‘76, los informes so¬bre intranquilidad en los establecimientos secundarios se sucedían sobre el escritorio de Camps. Pintadas nocturnas, volanteadas, actos sorpresa. Y la reactuali¬zación del tema del boleto escolar que había motori¬zado las movilizaciones en la primavera del año ante¬rior. "Todo es obra de los sucios comunistas", estalla¬ba el militar. En su simplificación ideológica no admi¬tía que —aunque había comunistas— los dirigentes se¬cundarios también podían ser peronistas (la mayoría), socialistas, radicales o independientes.

En los últimos días del mes, Camps convocó a su Estado Mayor y a Etchecolatz. El tema de la reunión era único y la decisión terminante: en setiembre, pun¬to final a la agitación de los secundarios. No habría cambios en el esquema operativo, esos jóvenes repre¬sentaban un riesgo, igual o mayor que los adultos, pa¬ra una sociedad argentina, ordenada, occidental y cris¬tiana.

La carga del Tarifazo

La asunción del gobernador Saint Jean fue prece¬dida por modificaciones en el precio del boleto secun¬dario. El 6 de abril, su antecesor, general Osvaldo Sigwald, había incrementado las tarifas del transporte ur¬bano de La Plata, Berisso y Ensenada y del resto de la provincia. El BES pasó de 3 a 6 pesos, un 100 % de aumento en apenas 4 meses, pero con disculpas oficia¬les: "Es preocupación de esta intervención militar en salvaguarda de los intereses de los sectores estudianti¬les secundarios mantener el boleto con tarifa espe¬cial".

En la mañana del 5 de junio, los argentinos se des¬pertaron con un aumento del 26 % en las tarifas del transporte automotor y en los servicios públicos. El intendente de La Plata, capitán de navío (R) Oscar Macellari, guardó silencio sobre las nuevas tarifas loca¬les pero la prensa dejó trascender que el boleto prima¬rio sufriría un incremento del 100 % (de 1 a 2 pesos) y que había forcejeos por el precio del boleto secundario. Las diez líneas de colectivos (cinco comuna¬les y cinco intercomunales) nucleadas en la Cámara de Transporte aplicaron inmediatamente aumentos, no autorizados aún por las municipalidades respectivas. No se había reglamentado "el tarifazo" pero sí se sa¬bía que la conquista del precio único en los boletos generales y preferenciales con independencia del kilo¬metraje recorrido ("tarifas planas"), estaba en la pico¬ta.

En las oficinas del tercer piso de la Cámara de Transporte, en la calle 50 N° 889, se conspiraba. En la dirección de Obras Públicas, se escuchaba a los conspiradores. Los empresarios utilizaban como excu¬sa el aumento en los costos para suspender beneficios a los usuarios y obtener mayores ganancias, y el go¬bierno no quería enemistarse con ellos. Tenía simila¬res intereses. En los pasillos del Bellas Artes, de "La Legión" y del Colegio Nacional circulaba la versión de que el BES sería suprimido. Aunque ya había te¬mor de peticionar a cara descubierta, se organizaron comisiones en cada colegio para pedir aclaración a las autoridades. Nadie quiso responder.

El mutismo oficial se mantuvo hasta el viernes 11. La prensa había eliminado cualquier referencia al BES, aunque ya se habían fijado las nuevas tarifas pa¬ra los boletos generales, incluido el de escolares pri¬marios.

El bar Astro, en 48 y 7, fue el punto de reunión donde la Coordinadora de Estudiantes Secundarios planificó, esos días, las medidas contra la supresión del boleto. En el equipo de la UES del Bellas Artes estaban María Claudia Falcone, Panchito López Muntaner y Emilse Moler. Claudio coordinaba a sus compañeros del Nacional, y Daniel y Horacio a los del Normal N° 3. Pablo, con Víctor Treviño y otros com¬pañeros de la Juventud Guevarista, representaban a "La Legión". María Clara Ciocchini, que ya vivía con María Claudia, se había integrado al grupo del Bellas Artes.

La inquietud de los secundarios se extendería más allá del 11 de junio. Ese día el titular de Obras Públi¬cas, Pablo Gorostiaga, se lamentó de que las tarifas "fueran un golpe para la economía familiar". Pero de¬claró que era la única manera de mantener un servicio eficiente. Le preocupaba que en 1975 se hubieran in¬corporado sólo 24 unidades cero kilómetro y que a ese ritmo se tardaría 200 años para la renovación to¬tal.

Gorostiaga ya sabía que las empresas habían sus¬pendido el expendio de boletos secundarios, pero los chicos le preocupaban menos que el parque automo¬tor. El ministro de Educación de la provincia tampo¬co intervino ante las denuncias de los padres de los es¬tudiantes: en los colegios, particularmente en los de¬pendientes de la universidad, se había suspendido la certificación de "alumno regular", requisito indispen¬sable para que las empresas reconocieran el carnet del BES.

El martes 15 de junio, el gobierno mostró sus últi¬mas cartas. La Cámara de Transporte había triunfado: se eliminaban las "tarifas planas" y se volvía al siste¬ma de secciones. Para los servicios de La Plata, Berisso y Ensenada, el BES costaría 8 pesos. Los secundarios protestaron porque los que tenían viajes que abarca¬ban más de una sección, debían caminar varias cua¬dras para que les correspondiera el pago mínimo. En caso contrario no pagarían 8 pesos sino 16. El aumen¬to general había sido mayor al 200 % .

A tales decisiones, que eran un nuevo golpe para la economía cotidiana de los sectores populares, el ministro Gorostiaga agregó una ironía: "También po¬drán tener boleto diferencial aquellos que cursen en colegios privados, especialmente gratuitos, porque en su población hay estudiantes tanto o más modestos que aquellos que cursan en establecimientos oficia¬les", distorsionando la realidad para encubrir los lazos del gobierno militar con los institutos religiosos.

Recién tres días más tarde, el director de Trans¬porte, capitán Santiago Bassani, firmó la disposición 2012 que reglamentaba el uso del BES. En su artículo 4o se limitaban las conquistas del ‘75: sólo se exten¬derían dos pasajes diarios (ida y vuelta) a cada estu¬diante. La medida fue ratificada por el marino inten¬dente Macellari y por Jaime Smart, ministro de Go¬bierno de Saint Jean.

Las resoluciones de Junio sobre el boleto secundario no habían conformado a los estudiantes. Además se continuaba demorando la entrega de las constancias de regularidad (medio necesario para obtener el Boleto Estudiantil Secundario) y en los pasillos se comentaba que el boleto no regiría más allá de septiembre. En las semanas sucesivas, Pablo, Clau¬dio y Horacio se encontraron a la salida de los cole¬gios y en la villa miseria de 19 y 527 donde trabajaban, para discutir como se procedería si el BES fuera suspendido. Pensaban que el último reajuste había de¬mostrado que los militares intentaban barrer esa con¬quista. Con bastante candidez, suponían que la defen¬sa de "su" boleto, igual que el año anterior, convoca¬ría masivamente a los estudiantes.

A fines de agosto, Claudia y Francisco Panchito permanecie¬ron toda una noche dentro del Bellas Artes pintando y distribuyendo volantes para alertar a los estudian¬tes sobre la probable eliminación del boleto. Pero los intentos de organizar una manifestación fallaron, mientras aumentaba el riesgo para los dirigentes estu¬diantiles.

A raíz de que los chicos comenzaron a ver caras desconocidas en los colegios y percibieron que en algunas ocasiones eran seguidos por la policía decidieron dejar de reunirse y dejar de militar por un tiempo.

Entre los chicos que militaban en la Unión de Estudiantes Universitarios estaban:

María Claudia Falcone

Francisco Lopez Muntaner

Horacio Ungaro

Pablo Díaz

María Clara Ciocchini

Daniel Racero

Claudio De Acha

La Noche

El día 16 de Septiembre María Claudia Falcone y Maria Clara Ciochinni se encontraban en la casa de Rosa Matera, Tía abuela de Claudia. Ese día tenía tan sólo 30 minutos transcurridos cuando un grupo de personas irrumpió en la casa de Rosa y secuestró a María Claudia y Maria Clara.

Dos horas más tarde un grupo de encapuchados se abalanzó sobre los padres de Claudio De Acha a los gritos de ¡Ejercito Argentino, entreguen las armas! Armas no tenían pero se lo llevaron a Claudio “por razones de seguridad”. Olga, mamá de Claudio, vio como arrastra¬ban a su hijo en ropa interior por el pasillo, gritó que la dejaran alcanzarle un pantalón y lo besó y acarició apenas.

A las cuatro y cuarenta del mismo día Olga Fermán de Úngaro pidió tiempo para vestirse a los ocho hombres del Ejército que querían entrar, y se desesperó hasta el cuarto de Daniel y Horacio para avisarles. Los chicos tuvieron tiempo de desprenderse del arma que escondían debajo de la almohada: era el libro de Politzer que voló por la ventana. Prisionera en la cocina, Olga escuchó el interrogatorio y los golpes. Horacio Ungaro y Daniel Racero repetían que no sabían nombres, que no conocían a las personas por las que pregunta¬ban los encapuchados. Le dijeron: "Los llevamos para interrogarlos. Más tarde se los devolveremos, señora". Y escuchó como los arrastraban desnudos por las es¬caleras.

Las cinco de la madrugada. Después de rajar a cu¬latazos la puerta de los Muntaner los seis hombres uniformados con ropa de fajina del Ejército, sólo dos a cara descubierta, le exigieron a gritos a Irma Muntaner de López que los llevara hasta sus hi¬jos. Los precedió encañonada, por el pasillo lateral de la casa. Cinco autos grandes en la puerta y hombres parapetados en los techos. Supo que buscaban sin precisiones cuando entraron al almacén donde dor¬mían Panchito y Víctor.

"¿Dónde están las armas?", preguntaron. Panchi¬to negó que las tuvieran, pero insistieron: él debía te¬ner asignada una. El grupo que se había desplazado para revisar el resto de la casa regresó frustrado: ni armas ni volantes. Como machacaban con la acusa¬ción de armas escondidas, Panchito les señaló el rope¬ro que compartía con su hermano. Encontraron un rifle de aire comprimido, viejo y partido en dos, y una pistola de aire comprimido, pero nueva. "¿Nos estás cargando?", gritaron furiosos. "Nos lo tenemos que llevar, señora. Cuando conteste lo que queremos saber se lo devolvemos". Panchito se atrevió: "Es que yo no sé nada". "Entonces, pibe", amenazó uno de ellos, "atenéte a las consecuencias".

En la mañana del viernes 17, Pablo Díaz repasó las pá¬ginas del diario El Día, por segunda vez y ya con escasas esperanzas. Sobre la suerte de los chicos, nada.

¿Qué hacer? Después de lo de la madrugada del 16, sentía miedo de ir al colegio y también de quedar¬se en su casa. En un momento, se le había ocurrido preguntar por los chicos en las comisarías pero inme¬diatamente se asustó de su atrevimiento. El impulso de acudir a su padre aumentó su inquietud, y lo des¬cartó.

Al anochecer fue a la estación de servicio donde trabajaba uno de sus amigos del barrio para que lo ayudara a pensar cómo sobrevolar esos días hasta que la tormenta amainara.

Se les ocurrió que la misma estación de servicio podía servir de escondite ¿Quién sospecharía que dentro de una expendedora de hielo Rolito esta¬ría durmiendo un hombre?

Pablo tendió la frazada sobre el colchón de dia¬rios, dentro de la expendedora para automovilistas. Acostado, acarició la idea de que estuviera en servicio. Podría copiar a aquellos famosos de Hollywood que pagaban montañas de dólares para ser congelados y revivir luego de años de vida latente. Él sólo necesita¬ba que pasaran esos días.

En la tarde del 20 regresó a su casa y habló con su padre sobre su actividad estudiantil y el secuestro de los chicos. El profesor opinó que nada grave podía pasarle, que permaneciera en casa, que después de to¬do él no había cometido ningún delito. No logró tran¬quilizarse.

Hizo una ronda por las casas de sus amigos y ter¬minó cenando en lo de "Bachicha", como le decían a su amigo Juan Diego Reales. Comió como nunca.

—Mirá, bromeó con Diego, creo que de esta noche no paso, así que prefiero estar con la panza llena.

A las cuatro, la primavera irrumpió armada en el N° 435 de la calle 10. Daniel Díaz se asomó por la ventana de la planta alta respondiendo a los culatazos sobre el portón de entrada.

—Dejá, le gritó Pablo, me vienen a buscar a mí. Bajaba la escalera en ese momento subiéndose los pantalones.

Los ocho hombres con pasamontañas cubriéndo¬les la cara vestían ropas diversas, algunos, bombachas del Ejército. Lo empujaron al suelo y le apoyaron una pistola en la nuca, mientras obligaban al resto de su familia a tirarse a su lado. Lo intimaron a entregar lo que tenía escondido.

—No entiendo, yo no escondo nada, respondió.

Los escuchó identificarse como Ejército Argenti¬no. "Después me dijeron que habían robado, que se habían llevado un bolso de mi hermana, una cámara fotográfica, unas joyas de mi madre. Al living entró el hombre que daba las órdenes lamentándose de que en la casa no había nada especial. Un señor de cua¬renta y cinco años, canoso, que posteriormente por fotos yo puedo reconocer como el comisario Vides”.

Lo arrastraron hasta la puerta y lo tiraron dentro de uno de los cuatro coches, sobre alguien que ya es¬taba boca abajo, encapuchado.

Imaginó a los vecinos cerrando sus ventanas y de¬jándolo solo cuando los secuestradores gritaron: "¡Bajen las persianas o tiramos!", y esa representa¬ción ahondó su miedo. "¿Adónde me llevan?", bal¬buceó, y recibió un culatazo seco en la espalda.

Cerca de media hora más tarde y una travesía por la ciudad, frenaron frente a un portón. "Me mostra¬ron después un croquis y creo reconocer que era Ara¬na. Se decía campo de concentración Arana".

Pablo era el último de los marcados. La jaula de La noche de los lápices se había completado. Estaba frío y amanecía.

Martes 21, Día del Estudiante.

Los dueños de la muerte

El coche se detuvo. Lo baja¬ron a empujones y lo tiraron, atado y encapuchado con su pullover, en una especie de hall. "Quédate tranquilo. Ya vamos a hablar", le decían "Ahora me piden documentos, me toman las huellas y me largan", intentaba tranquilizarse.

Se asustó cuando le sacaron con rudeza el pullover y le colocaron una venda de tela roja, algo traslúcida.

— ¿Vos en qué andás?, le preguntó el cuarentón canoso.

—No sé dónde estoy, tartamudeó.

— Vamos, ¿cuál es tu grado en la guerrilla? ¿En qué organización estás?

A través de la venda intuía los contornos. Entre ellos no se llamaban por sus nombres. Uno lo mante¬nía parado frente al canoso. Su garganta se contraía, filtrando una voz cortada.

— ¿Cómo funcionan en tu colegio? ¿Vos qué ha¬cés ahí?, insistió el canoso.

—Yo estoy en el centro de estudiantes, reconoció.

—Pero hacen circular revistas, ¿no? ¿Qué revistas leés?

—No, no... no leo nada.

Trajeron a otro secuestrado, también atado y ven¬dado. Sin que supiera que él estaba al lado, le ordena¬ron que hablara sobre Pablo Díaz. Contestó que era un chico que estaba en el centro de estudiantes de "La Legión", simpatizante de la Juventud Guevarista, y que había participado en las movilizaciones del bo¬leto secundario. Que no sabía nada más.

Cuando se lo llevaron, sentenció el cuarentón:

—Te salvaste. Aunque sólo vas a vivir si yo quiero.

Después, el dios lo mandó tirar como un fardo en un calabozo.

La máquina de la verdad

"Ya era de día, no sé, ahí uno se daba cuenta cuando era de día o cuando era de noche por las tor¬turas, casi siempre de noche, cuando no se podía vi¬sualizar la luz y empezaba a escuchar los gritos de las mujeres. Entonces uno se daba cuenta de que había llegado la noche".

Escuchó disparos y el silbido de balas varias veces durante el día. Sabía que estaba en las afueras de la ciudad pero no lograba reconocer un olor a carne chamuscándose que entraba a ráfagas por las ranuras. "¿Qué quemarán?". Aún no sabía. Lo confirmaría después.

La puerta se abrió rechinando. Lo arrastraron hasta una pieza, lo desnudaron aunque se resistió, y lo tiraron sobre un catre húmedo.

—Ahora te damos una sesión para que no te olvi¬des, le anunciaron mientras lo vendaban con una cin¬ta resistente, opaca. Respiró cuando escuchó decir que le darían con la máquina de la verdad. Eso estaba bien, quería que la trajeran rápido, que el aparato que usaban en las pelí¬culas policiales moviera su aguja de un lado a otro. Así se darían cuenta de que no mentía: "Seguro que después me largan".

—Sí, que traigan la máquina, gritó.

Lo picanearon en los labios, en las encías, en los genitales. Y subía el olor a su carne quemándose, hin¬chándose violenta. Ahora sabía.

—Dale, decinos el nombre de un chico y te deja¬mos, escuchó a uno.

—¿Así que querías ser agrotécnico para servir a la patria?, se divirtió otro.

En sus gritos no había nombres. No se los daría. "Si vas a cantar, abrí la mano". Cerraba los puños pa¬ra resistir.

—Dale, un chico, el nombre de un chico. Y la pregunta se repetía invariable e incansable: "Vamos, el nombre de un chico..."

Se olvidó del tiempo.

Cuando lo dejaron en el calabozo, desnudo y vo¬mitando, lo único que quería era agua. "Si te damos agua, reventas como un sapo, pibe", le dijeron los guardias.

Por los gritos, por el movimiento de los coches y los ladridos, reconoció otra noche. ¿Habían pasado dos días completos?. No dejaron que durmiera tran¬quilo.

Lo llevaron ante un escribiente que no reparó que tenía la venda corrida y podía espiar. Vio la máquina de escribir, los bigotes espesos y el uniforme de poli¬cía de la provincia.

—A ver, me vas a contar todo lo tuyo, dijo el es¬cribiente. Desde que naciste.

Y no supo por qué raro impulso fue exponiendo su corta historia ante ese extraño. Desprolija, a borbo¬tones de fragmentos triviales y episodios queridos. De la infancia, del secundario, de su familia. Y el nombre de cada uno de los suyos era un ahogo. Como un huérfano reciente extrañando el calor de cuerpos co¬nocidos.

Lo obligaron a firmar sin leer la declaración y lo devolvieron al calabozo. Ellos no sabrían que al obli¬garlo a recordar su historia le permitieron atrapar imá¬genes de amor. En ese ensueño se adormeció. No im¬portaba que hiciera frío, tuviera puesto sólo un pantalón y hubiera perdido los zapatos.

Más y más torturas

Gritó como nunca por el pasillo largo mientras lo arrastraban a la pieza mugrienta donde se fundían en un hedor único la perversidad y la carne chamuscada. Otra vez los hombres sobre él. El aliento contenido, la picana perforándole la piel, los músculos, la boca siempre abierta y el dolor en oleadas.

—No te vas a meter más, pendejo. Ya vas a ver.

Y una descarga. Abría y cerraba las manos para que pa¬raran, pero no había nombres. Lo giraban en el catre, arriba, abajo... Abría las manos pero no había nombres.

— ¿Así que querés jugar, hijo de puta?

Otra des¬carga.

Como un bramido, escuchó: "Traeme la pinza". Y sintió un tirón brutal en un pie que su grito no pu¬do cubrir.

—¡Me quiero morir. Me quiero morir! ¡Por favor, basta, basta! Y sus alaridos se resolvieron en sollozos. Por favor... ¡mátenme!

Se despertó en el calabozo, ensangrentado, y pal¬pó el vacío de su uña arrancada. La vida y la muerte, el delirio y el tormento se mezclaban como en una pe¬sadilla.

Fue esa noche, o la siguiente, que vino un sacer¬dote a ajustarle los nudos de la venda y a decirle que se confesara porque lo iban a fusilar.

—No, padre, que no me maten. Por favor, avise a mi casa, dígales donde estoy.

—No te hagas el tonto, confesáte. ¿En qué anda¬bas?

—Sólo en lo del boleto escolar, en el centro de es¬tudiantes... en serio, por favor, padre.

—No te preocupes, te mandamos a un lugar donde vas a estar mejor que acá. Lo sacó del calabozo y lo arrastró hasta un muro.

Quedó temblando de espaldas al paredón. No es¬taba solo, había un grupo de chicas que gritaban: "¡Mamá, mamá, me van a matar! ¡Mamá!" Una voz de hombre que repetía: "¡Viva la patria! ¡Vivan los Montoneros!"

Sonaron las descargas. ¿De dónde le brotaba san¬gre? Lentamente fue recuperando su cuerpo: el pecho, la cabeza, el vientre. No había sangre, no estaba muer¬to.

El terror había congelado los gemidos. Hasta que una voz quebró el silencio.

— ¿Se cagaron, eh? Esta vez se salvaron... Y a vos, ¿te gusta gritar Montoneros?, ahora te vamos hacer gritar, hijo de puta.

Primer traslado

Una noche lo trasladaron. Para entonces ya sabía que el lugar que dejaba era Arana, también, que uno de los jefes era un tal subcomisario Nogara.

En el nuevo lugar lo tiraron dentro de un calabozo y la puerta de hierro se cerró, pesada. Escuchó ruidos iguales de otros cerrojos, sellando la oscuridad. El silencio poste¬rior le confirmó que los guardias se habían ido. Al¬guien gritó.

—Soy Ernesto Ganga, no tengamos miedo, somos todos compañeros.

El eco retumbó en la galería de calabozos.

—Soy Pablo Díaz, contestó.

Y los demás nombres se escucharon en distintos tonos, en rosario, como cuando pasaban lista en la escuela.

Allí estaban Graciela Pernas, Horacio Úngaro, María Claudia Falcone, Fran¬cisco López Muntaner, Daniel Alberto Racero, Claudio de Acha, María Clara Ciocchini y Osvaldo Busetto".

No les dieron de comer durante toda la semana, pero el hambre compartido parecía menos hambre. A pesar de la soga al cuello y las manos atadas a la espal¬da, del cuerpo llagándose sobre la baldosa fría y rota del calabozo, de la penumbra quebrada por un hilo de luz. El terror era permanente, apenas conjurado a ra¬tos por el recuerdo de cosas compartidas, antes. Falta¬ba establecer un código clandestino porque no siempre era posible comunicarse a gritos.

Lo propuso otro secuestrado, Néstor Silva, el día que a Pablo lo confinaron toda una noche en el ante¬último calabozo de la galería inundado por diez centí¬metros de agua.

Pablo repitió: "Un golpe, la A; otro, la B; tres, la C..."

—Caminá, loco, le gritaba Néstor, si no te vas a morir de frío. Yo golpeo todo el tiempo para que no te duermas.

Había cinco pasos desde la puerta a la pared, esa noche con¬tó más de treinta mil.

El médico

"Un, dos, tres, arriba, respirar". No querían pen¬sar en cosas dolorosas, así que decidieron hacer gim¬nasia y cantar. A veces, Pablo cantaba a coro con Claudio o con Panchito y María Claudia; era tan desa¬finado que terminaban a las carcajadas. Que la moral ba¬jara era lo peor. Daniel no siempre se plegaba al canto. Caía en silencios prolongados y podía pasar horas y hasta un día entero sin hablar. "¿Qué te pasa Cali¬bre?", le preguntaban. "Nada, nada. Estoy medio bajoneado", escuchaban bajito. Después, como si des¬pertara, hablaba sin parar y hacía chistes.

Las chicas también se deprimían, sobre todo en las noches. Panchito, en cambio, estaba siempre pare¬jo de ánimo, y Claudio, tan tímido afuera, era quien más sostenía y conversaba con los compañeros. Cuan¬do permanecía en silencio, seguro que estaba recor¬dando alguna película o episodios de alguna novela. Él era así, decía.

"Para mí, recuerda Pablo Díaz, el hombre en serio del pabellón era Osvaldo Busetto. Él discutía políticamente todo, les de¬cía que aunque lo mataran no triunfarían sobre el pueblo. Con nosotros, en cambio, era como un her¬mano mayor de treinta y tantos años".

Cuando Busseto fue detenido lo balearon y fue llevado al Hospital Naval de Río Santiago y luego tirado dentro de un calabozo.

Le habían dejado unos clavos en su pierna y una cicatriz llena de pus en el estómago.

—Che, vení, le ordenó a Pablo el médico petiso con traje a rayas. Tenés que cuidar a ese bofe de Buse¬tto.

Pablo se levantó. El traje a rayas lo sostuvo del brazo y lo trasladó al calabozo de al lado, con un bal¬de y un trapo de piso.

—Cuando yo cierre la puerta, le indicó, levántate la venda y limpiálo.

¿Cómo podría limpiarlo con eso? Busetto lo espió.

—No te preocupes, Pablito. Vos dale nomás y si grito mucho le hacemos una joda a los chicos para que se crean que me están torturando.

Le alivió el sus¬to cuando Osvaldo empezó a aullar como si fuera una broma. Primero se escuchó gritar a Claudio y ensegui¬da a las chicas.

— ¿Qué te hacen, Osvaldo? ¿Qué te hacen?

Inme¬diatamente sonaron las famosas risotadas de Panchito que había descubierto la trampa.

En esos días de enfermero, Osvaldo le repetía que la lucha había sido justa; que los milicos no serían eternos; que había que resistir el encierro. "So¬bre todos ustedes, que son unos perejiles lindos. Por eso van a salir", lo alentaba. Necesitaba creerle.

En tanto tiempo los habían llevado una sola vez a ducharse, desnudos y vendados, todos juntos. A ellas les quedaba el corpiño y unas bombachas harapientas. A él, sólo el elástico del calzoncillo con un taparrabos de tela sucia. Mientras se bañaban habían aprovecha¬do para tocarse las manos pacíficas y trasmitirse áni¬mos en voz baja: "ya vamos a salir".

La soga en el cuello les ahogaba el deseo, y ha¬bían perdido la vergüenza por la desnudez. Pero man¬tenían el pudor, el asco y las ganas de vivir.

La vida

En los calabozos habían ido agregando seis emba¬razadas, dejándolas al cuidado de los chicos. Decidie¬ron que la ración de pan se la darían a ellas y a Osval¬do. Una tarde llegó el médico petiso y arrastró a Pa¬blo a otra celda.

—Esta va a tener, lo que tenés que hacer cuando empiecen las contracciones es tomarle el pulso. Y gri¬ten todos, que la guardia va a subir.

Sin más precisio¬nes, se fue.

¿Qué?, pensó. Si él no sabía nada de pulsos ni contracciones. Se quedó frente a la mujer desnuda, que se retorcía porque habían empezado las últimas contracciones.

— ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Ya viene! ¡Ya viene!

— ¡Calmate, calmate! Por favor...

Le pasó la mano por la frente, la acarició. Y su cuerpo tembló al ritmo del cuerpo de la parturienta sobre la baldosa.

— ¡Me sale mi hijo, Pablo! ¡Me sale mi hijo!

Sus gritos llenaban la galería.

— ¡Chicos, chicos!, golpeó con desesperación la puerta. ¡Griten, griten, que ya nace!

Se escuchó un coro a destiempo: "¡Guardias, guardias!", insistiendo hasta que subieron con una chapa como camilla, la cargaron y se la llevaron arras¬trando por las escaleras.

Después de unas horas se escuchó el llanto del be¬bé y cuando subieron los guardias supieron que había sido varón. A partir de ese día- también a Claudia le había tocado atender un parto- los sorprendió el se¬creto de la vida.

Una vida que ahí dentro había decidido ser muy sobreviviente. Unas madres y unos bebés que no vol¬vieron a ver nunca más.

Sui Generis y Dios

Hablaban muchas veces de lo que harían cuando salieran del Pozo. Que no era posible que por el bole¬to escolar los tuvieran mucho tiempo encerrados. Pa¬blo había programado con Horacio, con Calibre, con Claudia, con todos los chicos tomarse unas bue¬nas vacaciones; quien sabe si volverían al colegio. Y de hacer política, ni pensarlo por mucho tiempo.

Como de la navidad se esperaban cosas buenas, presintieron que en Nochebuena, a más tardar en Año Nuevo, los dejarían en libertad. "Era bárbaro como hacíamos planes para después: primero los viejos, la familia, pasear por la ciudad, el cine, los amigos, ver la luz. ‘Y tomarse unas cervezas en el Astro’, decía Calibre.

En lugar de la libertad, esa Nochebuena no les dieron de comer. Les dejaron un poco de agua en los jarros sucios y los guardias se despidieron recomen¬dándoles, paternales, que pensaran en sus familias a la hora del brindis.

Fue María Clara la que propuso un rezo conjunto. "Ahora se arma", pensó Pablo.

—Decíme para qué, gritó Horacio. Si Dios existie¬ra nos sacaría de acá.

—No digas eso, intervino Claudia desde su calabo¬zo. Hay gente que piensa que Dios sirve porque luchó por los pobres. Y aunque no vaya a misa...

Calibre la estaba interrumpiendo, pero no se le entendía. "Hablá claro, ¿qué te pasa?"

—Que Dios está distraído.

—No tanto como vos, ironizó María Clara.

—Yo no digo que Dios exista, no lo puedo afirmar, siguió Claudia, pero en la villa de 19 y 527 hay un cu¬ra que es un ejemplo. Trabaja con la gente, y la gente lo quiere y le creen.

Pablo no intervino en la discusión. No tenía de¬masiado que decir, todavía. Estaba incrédulo después de lo que había pasado, aunque a veces rezaba y pen¬saba en un Dios salvador. Si estuviera seguro de que lo escuchaba...

—Che, ¿y no es mejor si cantamos algo?, dijo.

—Yo digo que Dios es un facho, insistió Horacio que no quería terminar la discusión.

—No nos vamos a poner de acuerdo. Yo sí creo, se escuchó enojada a María Clara. Además, es cierto que hay gente como Plaza, pero también estuvo Mugica. Yo aprendí mucho de él y pienso que entre el cristia¬nismo y la revolución no hay contradicciones.

—Qué tiene que ver..., qué tiene que ver..., seguía Horacio.

Claudio, que había estado discutiendo por su lado con Néstor Silva, golpeó fuerte la puerta desde el cen¬tro de la galería.

—Basta, che. Los que piensen que Dios existe que recen y los que no, que hagan lo que quieran. Vamos, cantemos...

No había terminado de decirlo, cuando se escu¬chó: "Dios es empleado en un mostrador, da para re¬cibir..." La salida de Horacio y la letra de Charly Gar¬cía lograron que la discusión se extinguiera entre ri¬sas. Sabían que el asunto no se acababa así pero acep¬taron la tregua.

Desde el centro del pabellón, Claudia y María Clara intentaron un dúo, también convocando a Sui Generis. Sus voces arrastraron las otras, cantando lo que siempre les servía para animarse: "Detrás de las pare¬des / que ayer se han levantado / te ruego que respi¬res todavía. / Apoyo mis espaldas / y espero que me abraces / atravesando el muro de mis días. / Y rasguña las piedras / y rasguña las piedras / y rasguña las pie¬dras hasta mí."

No todos la sabían. Los "viejos" y los desafinados cantaban por su lado y mezclaban letras. Y Osvaldo, harto del "surrealismo" de esa música, se largó con un tango.

—No, paren, paren, qué quilombo, gritó Claudia.

Se pusieron de acuerdo cuando llegó la mediano¬che, hora del brindis. Pablo propuso: "Por nuestra fa¬milia, por la libertad y por nosotros". Se escucharon golpes contra las puertas y algunos sollozos, que fue¬ron desapareciendo cuando desde un calabozo se en¬tonó Zamba de mi esperanza.

Cada verso convocaba nuevas voces, hasta que se unieron todas. Porque esa sí la sabían, estrofa por es¬trofa.

Pablo contaba ya noventa y siete días de encierro cuando le comunicaron que iban a legalizarlo. Pablo reaparecía.

En la madrugada, cuando lo vinieron a buscar, golpeó por última vez la pared de Claudia. La oyó triste, en un último pedido.

—Todos los 31 de diciembre levantá la copa por mí, por todos. Yo ya estaré muerta.

Y no reparó en la ropa que trajeron para vestirlo, ni que el guardia lo arrastrara como a un perro. Gritó para ella, para todos los chicos.

—No, no digas eso, por favor. ¡Van a salir! ¡Van a salir todos!, vas a ver.

Se escuchó bramando esa consigna mientras atra¬vesaba la galería. Las rejas se cerraron detrás de él.

Declaraciones

Nueve de mayo de 1985 Juan Carlos López, secretario de la Cámara Fede¬ral, lo llamó al estrado. Comenzó a recordar.

Ya no estaba allí, se había transportado a la pri¬mavera del ‘75, a las manifestaciones por el boleto es¬colar, al olor de la carne chamuscada del Pozo de Arana, a la penumbra perpetua del Pozo de Banfield, a las canciones de Sui Generis entonadas desde el cari¬ño y la ceguera, a los días en que aún tenía diecio¬cho años y la muerte era tan impensada como ahora lo sería el silencio.

Habló durante dos horas y cuarenta y cinco minu¬to. Cuando calló, el fiscal Julio César Strassera y los abogados de los reos no repreguntaron. A pedido del juez Andrés D’Alessio, presidente de turno del tribunal, la sala se desocupó lentamente, amordazada por una angustia espesa.

Pablo caminó desde el estrado hacia el pasillo la¬teral de la sala de audiencias. Nora Úngaro lo miraba, tocándolo en silencio.

—Viste, Nora, dijo, lo nombré a tu hermano, a Horacio.

Nora tenía las pecas húmedas.

El fiscal y su adjunto Luis Moreno Ocampo se acercaron para abrazarlo.

—Espero no haberles fallado, dijo.

Después, la gente apretándolo, aplaudiéndolo, mientras los periodistas intentaban registrar nuevas palabras. Una corriente cálida lo arrastró hacia la sala de prensa, pero sólo podía pensar en sus compañeros.

Pablo había recorrido una década de su vida en pública soledad, y cargado con la ausencia de los que nombraba como una multitud sobre sus espaldas. Cuando comenzó a testimoniar sintió que esta vez se¬ría distinto, que en este trance los chicos no lo deja¬rían solo. Y aunque no lo dijo, volvió a preguntarse por qué había sobrevivido.

¿Qué fue la noche de los Lápices?

Con esta pregunta se iniciaba nuestro trabajo, nuestras reuniones en zona oeste y norte de Rosario y en Granadero Baigorria, nuestras recorridas por las bibliotecas, incluso las más chiquitas. Y fue ahí en una Biblioteca barrial donde encontramos por primera vez el libro de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez, “La Noche de los Lápices”, de ahí en más empezamos a conocer un poco de la historia de cada uno de los chicos.

Por orden de aparición en el libro la historia que primero leímos fue la de Claudio, nacido el Día de la Primavera del ´58, un chico flaquito y de piernas largas, hincha de Estudiantes de La Plata, él escribía poesías contra la guerra de Vietnam, escuchaba a Los Beatles, Sui Generis, Folclore latinoamericano, Beethoven y los partidos de los Domingos. Era tímido y gran lector.

En las páginas siguientes aparecía Horacio, con su pelo rubio y lacio. Había nacido el 12 de mayo del ´59. Gran lector y excelente alumno, Horacio realizaba tareas de apoyo escolar en la Villa miseria ubicada detrás del hipódromo platense. Trabajaba en las villas porque no le parecía suficiente su actividad en el centro de estudiantes, el había dicho “La gente necesita nuestra ayuda y nosotros aprender de ellos”.

Un poquito más adelante se asomaba una foto de una mujercita, ella era María Clara. Nacida en otoño en Bahía Blanca un 21 de Abril. Era vital y poco reflexiva, según la madre, "una rubia divina, la más expansiva de mis hijas". Sus hermanas habían tomado distancia de los grupos de militancia secundaria, María Clara no, “los pobres siguen existiendo”, ese era su argumento.

Unas hojas más y nos encontramos a Claudia, nacida el 16 de Agosto del ´60. Muchachita que frente al espejo intentaba descubrirse parecida a Evita. Tenían en común, pensaba, el pelo lacio rubio ceniza oscuro. También el fastidio viceral por la injusticia y la pobreza. Ella transformaba su casa en un albergue contra el hambre y se quejaba “No puede ser que la gente se muera de hambre y encima no tenga donde curarse gratis y bien”.

Llegando al final del primer tercio del libro aparecía Pablo, el sexto de una familia de siete hermanos, nacido el 26 de Junio de 1958. Había perdido el primer grado de la primaria por no querer separarse de sus hermanas mayores que lo acompañaban a la escuela. Escribió sus tempranas poesías en el techo de su casa. Más tarde le dio por la magia, y unos años después se encontró interviniendo en campañas solidarias que se realizaban en los barrios carenciados.

Nos faltaban las historias de Francisco, “Panchito” y Daniel,”Calibre”. Leímos que Panchito nació con la piel morena y una pelusa negrísima en la cabeza el 7 de septiembre de 1960, era hincha de Gimnasia. En el ´74 ingresó becado al colegio de Bellas Artes y alli conoció a Claudia, se hicieron íntimos amigos y participaron juntos del trabajo en las villas y en los barrios, juntos, organizaron también el equipo de la UES del Bellas Artes.

Calibre, había nacido el 28 de Julio de 1958, era fanático de Luis Di Palma y de los dibujos animados. Soñaba con ser corredor de autos o mecánico y con parecerse al Llanero solitario. Ya en el ´74 escuchaba a Sui Generis, a Almendra, a Joan Manuel Serrat y a Los Beatles. Fue en ese tiempo, en el Normal, que conoció a Horacio Úngaro y se volvieron inseparables.

Después vimos a los chicos constituirse como una organización, tenían un objetivo en común y ese era el conseguir el medio boleto secundario, se agruparon en una escuela, debatieron, buscaron protección y salieron a las calles para alcanzar su objetivo y lo lograron. Pudieron entregar un petitorio a las autoridades y luego de ser evaluado los estudiantes de la ciudad de La Plata obtenían por primera vez el Boleto Estudiantil Secundario.

Unos meses más tarde el gobierno se disculpaba por el golpe a la economía familiar que se realizaba por medio del aumento del boleto, pero tampoco en esta ocasión los chicos querían quedarse callados.

Se juntaron en un bar y planificaron que hacer frente a la suspensión del boleto. Vimos una vez más como Claudia, Clara y Panchito organizaban el equipo de la UES de Bellas Artes, Claudio se ponía al mando en el Nacional y Daniel y Horacio hacían lo mismo en el Normal Nº 3, mientras que Pablo con algunos compañeros representaban al colegio Español.

Esta vez no tuvieron el mismo éxito al querer manifestarse, porque corría el año 1976 y los estudiantes tenían miedo, ya muchos compañeros habían desaparecido, o eran sucesivas las noticias acerca del asesinato de algún militante.

Más tarde empezaron a ver caras desconocidas en sus escuelas y llegó la Noche del 16 de Septiembre…

Ahí nos encontramos con ellos sufriendo, sufriendo mucho, al punto de querer matarse o que los maten.

Pero incluso adentro de un calabozo supieron formar un Grupo, personas ligadas por constante de tiempo y espacio, un mínimo espacio, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles. No sabemos si los asumieron, pero si que se los adjudicaron, porque nos encontramos con Pablo en un rol de médico asistiendo a un compañero herido y lo vimos después junto a Claudia asistiendo a mujeres embarazadas, incluso ayudándolas en el momento del parto.

Descubrieron en Osvaldo Busseto a un hermano mayor que los alentaba y les daba fuerzas para salir adelante ¿Podríamos decir que sólo Osvaldo tenía un comportamiento de liderazgo de apoyo? No! Negamos esa pregunta totalmente porque todos donaban su ración de comida para las chicas que esperaban un bebé, todos de acuerdo a los momentos que les tocaban vivir trataban de darse animo, ya sea agarrándose las manos, aun sin verse, en el momento que les tocaba bañarse o proponiendo un canto o un rezo conjunto.

Ya con bronca e indignación después de haber visto violados todos y cada uno de los derechos básicos y libertades que se poseen por el sólo hecho de nuestra condición humana (esos llamados “Derechos Humanos”, garantizados para tener una vida digna), nos encontramos con el silencio para todas las familias de los chicos, que hasta el día de hoy los buscan y sin respuestas.

Y fue así de a poco como los conocimos y respondimos nuestra pregunta. Ya sabemos que ES La Noche de los Lápices y no qué fue La Noche de los Lápices, porque ni esa noche ni las tantas que les tocaron vivir a los chicos quedó en el olvido, sus familias no olvidan, sus amigos tampoco y a partir de ahora nosotros tampoco pensamos hacerlo.

Poesía de Pablo Díaz para Claudia. Junio de 1985

Hoy

me he quedado inmóvil observando en el recuerdo

el beso que se estrellaba en el muro.

Flor o acero. Ni ángel ni desángel.

Sólo la verdad desnuda.

La voz es un reclamo de amor y un instante duro.

Pero las manos no pierden el momento de tus manos.

Dónde estás, en qué tiempo, en que mundo te encuentro?

Hasta dónde estiro la mirada para verte?

Si me dieras una señal, el próximo 31 de diciembre

me llegaría hasta vos

No creas que no te busco, no me olvido,

pues no hubo adiós; nos dijimos hasta luego.

Por favor, que las aguas del mar te traigan hasta mí.

O la soledad del otoño,

o las flores de la primavera.

Como quieras.

Pero no dejes de volver a lo que soñamos.

Si no es conmigo, ojalá que igual estés en paz.

Te acordás?,

Habíamos quedado en ir de vacaciones

o de juntarnos todos los chicos a tomar cerveza.

Pero estoy solo, ni vos ni ellos han vuelto.

Y yo camino mirando a ver si los encuentro.

Me junto con sus madres, padres, hermanos,

tíos, amigos,

y no sé qué decirles, ¿dónde están las palabras para ellos?

Todavía no he aprendido a no desafinar,

¿y las idas a las villas?

Qué es esto de sobreviviente? Por favor!

Que algún día los encuentre.

BIBLIOGRAFÍA

“La Noche de los Lápices” - MARÍA SEOANE - HÉCTOR RUIZ NUÑEZ

“El Pasado pensado” – FELIPE PIGNA

CONADEP, “Nunca más”. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.

“La noche de los Lápices”, HECTOR OLIVERA. Aries Cinematográfica Argentina S.A., 1986