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La Patria Del Criollo

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Categoría: Historia

Enviado por: Jillian 21 mayo 2011

Palabras: 13519 | Páginas: 55

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do en los años recientes”. Es una afirmación de gran acierto pues en Severo Martínez hay equilibrio analítico y su principal implicación es explicar cómo se forja la múltiple identidad de guatemaltecos y guatemaltecas.

Es necesario que en Guatemala se fortalezca el conocimiento de la prolífica vida -como científico social- de Severo Martínez, porque fue un humanista con un lenguaje claro. Pueden señalarse de él otros ensayos, entre ellos, Centroamérica en los años de la Independencia: el país y los habitantes (Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, Guatemala, 1972), ¿Qué es el indio? (Revista Alero, Guatemala, 1973) y Los motines de indios en el periodo colonial guatemalteco (Revista Estudios Sociales Centroamericanos, Guatemala, 1973). La BUAP publicó en 1976 lo que puede considerarse la segunda gran obra de Martínez Peláez: Motines de indios. La violencia colonial en Centroamérica y Chiapas, donde afirma: “Los motines de indios fueron una realidad cotidiana y profunda en la vida colonial de Centroamérica”.

En el ensayo Racismo y análisis histórico de la definición del indio guatemalteco, presentado en el Primer Encuentro de Historiadores Latinoamericano (Universidad Nacional Autónoma de México, 1974), Severo Martínez señaló: el indígena “(…) es un fenómeno colonial prolongado mucho más allá de la independencia por la perduración de las condiciones económicas y las presiones de todo tipo que lo habían modelado originalmente”.

Severo Martínez tiene especial vigencia en la investigación histórica guatemalteca. Con base a la lectura de sus libros puede afirmarse que los pueblos indígenas han sido reprimidos por sus acciones reivindicativas y, en la actualidad, luchan por el derecho de expresarse con libertad, exigen respeto a su desarrollo según sus propias costumbres, dentro de un territorio donde deben vivir en un ambiente adecuado.

Un propósito y una orientación estuvieron presentes en la vida de Severo Martínez. En el primer caso, el desarrollo de un investigador serio con significativos aportes al análisis histórico de la realidad social guatemalteca. El segundo se refiere a su presencia en el movimiento democrático de su país. En este aspecto debe hablarse de su sensibilidad humana, amplio y plural pensamiento político, lo cual permite que sus ideas continúen vigente pues, sin asumir posiciones dogmáticas, estudia a los habitantes de Guatemala con sus historias y costumbres.

RESUMEN DE LA PATRIA DEL CRIOLLO

En este libro nos damos cuenta de que el indio viene de último. Se había rezagado en alguna parte, y aun al acordarnos de el se nos aparece desdibujado, empequeñecido, desprovisto, del alto relieve que ostentan otros elementos de la Recordación.

Como sabemos la Recordación es un documento histórico es la principal fuente para el conocimiento de los indios de Guatemala durante la época colonial, y sólo la crónica de Ximenez puede comparársele sin llegar nunca a serle igual. Lo que ocurre es que la obra, lejos de pecar de infidelidad en este punto, es un reflejo exacto de la realidad dentro de la cual se gestó. Como los criollos vivían del trabajo de los indios estos tenían que ser, en una u otra forma la preocupación cardinal del gran testimonio criollo que es la Recordación. Los criollos querían disimular la verdadera procedencia de su bienestar y su riqueza, y ese móvil los llevaba a negarle méritos a los indios, a borrar la gran importancia de su trabajo, agigantando sus posibles deficiencias, ocultando el origen económico de las mismas inventando muchas otras y socavando por todos los medios del prestigio de los nativos.

Hay que analizar los sorprendentes momentos en que el cronista, alterando su posición fundamental de negación del indio, parece adoptar de pronto actitudes de apoyo y defensa de los indígenas. En todos estos momentos puede comprobarse que ocurre uno de estos dos fenómenos: lo más frecuente es que este considerando a los nativos, en su llana relación con los criollos, sino en sus relaciones con los españoles y que la aparente defensa no sea otra cosa que la negación de la negación que aquellos hacían del indio.

Los indígenas no adoptaron plena y exclusivamente las creencias de la indoctrinaciòn católica, sino las combinaron con creencias suyas y desarrollaron una religion mixta, fue observado por todos los cronistas coloniales. Hay que buscar aquellas causas, por supuesto, en el bajo nivel cultural en que fueron mantenidos los indígenas durante la colonia. Tiene que haber sido un factor de primer orden, también la tendencia de los indios a mantener vivas sus tradiciones: no por inercia, sino dentro de un esfuerzo enderezado a no aceptar plena y pasivamente las creencias introducidas por sus dominadores y enemigos de clase.

Concluyamos, la supervivencia del paganismo y el rechazo del catolicismo eran fenómenos derivados del odio que los indios sentían hacia sus dominadores y explotadores. No podían éstos últimos, por lo tanto, ver con tranquila indiferencia las pruebas de que la conciencia del indio no estaba plenamente conquistada.

Tres son los prejuicios que con insistencia y maña, se repiten a lo largo de todos los escritos elaborados por los grupos terratenientes en el conflicto de 1663. Uno es afirmar que los indios son haraganes, que no trabajan bien. Otro consiste en decir que son inclinados al vicio, especialmente a la embriaguez, y que aumentan entre ellos las borracheras y los escándalos si no se les tiene ocupado con las más diversas y capciosas formas, que los indios no padecen pobreza, que viven conformes y tranquilos. Son los tres inveterados prejuicios criollistas, que desde luego están presentes a lo largo de toda la Recordación, y el tercero es el que se expresa, de manera casi mecánica, en la afirmación del cronista sobre la “descansada riqueza” de los indios del Valle de Guatemala.

Cuando el fiscal pidió la abolición del repartimiento, la supresión del trabajo forzoso, estaba pidiendo en el mismo acto la implantación del trabajo asalariado, la libre contratación del trabajo. La supresión del repartimiento implicaba la creación del trabajo asalariado de libre contratación. Y he aquí el fondo de todo aquel problema: la defensa del repartimiento implicaba una lucha por evitar la libre contratación y el salario. Aunque una cosa implicaba la otra, los criollos hicieron prodigios para que solo se viera una cara del problema. El trabajo libre significaba un encarecimiento inmediato de la mano de obra, y esto era lo que los criollos tenían que evitar con disimulo, sin que la verdad saliera a luz.

En resumen. El repartimiento era desventajoso para los indios y por eso lo regían. La producción de bienes para tributar les era totalmente gravosa, pues regalaban allí su trabajo. Odiaban esa obligación. El trabajo en sus tierras comunales no ofrecía grandes alicientes pero aun siendo así, ese trabajo arrojaba al mercado interno gran cantidad de bienes. Las plazas o mercados semanales de los pueblos y las ciudades se abastecían, fundamentalmente, con lo producido por los indios en sus tierras del común. Y finalmente allí donde el indio podía encontrar algún interés en esforzarse, se esforzaba. Era haragán pues en todos aquellos casos en que tenia motivos para oponer resistencia a un trabajo que le resultaba desventajoso. Lo que a los ojos del criollismo aparecía como dejamiento de los indios, no era otra cosa que resistencia.

En ningún lugar de dicha obra el cronista afirma que el indio sea su compatriota, o que la patria “que lo arrebata” sea también patria del indio. La razón por la cual no toca ese punto es obvia: no le pasó por la imaginación. En el panorama noticioso de la Recordación Florida el indio aparece en un plano social perfectamente delimitado y con una función claramente definida, es el trabajador de la tierra.

Entre las minorías dominantes y la gran multitud oprimida de los indios, fue desarrollándose en los siglos coloniales la compleja gama social de las capas medias. La conquista había dado por resultado una simple y rígida estratificación en la que tales niveles no existían. Pero después de trescientos años al llegar la colonia a su fin, ya constituyan las capas medias la tercera parte de la población total del reino. El rapto y la violación de mujeres indígenas durante la conquista fue un fenómeno tan frecuente como el robo de alimentos, de joyas, de otros bienes. Las leyes españolas no solo autorizaban el matrimonio entre indígenas y españoles sino que recomendaban no poner impedimento a tales matrimonios, dando por supuesto que habrían de casarse no solamente españoles con indias sino indios con españolas también. Esas sanas disposiciones no modificaban, empero, la realidad indiana. Sobre las bases de la esclavitud creada por la conquista, era del mayor interés para los conquistadores mantener u ahondar las diferencias entre los dos grupos, vedarles a los indios el acceso al plano económico y cultural de los esclavistas y sumirlos en la inferioridad. Por tal motivo los españoles no se unieron con las mujeres indias, no se asociaron méritamente con ellas, sino que únicamente usaron de ellas; no crearon con ello un acercamiento social, sino dieron una demostración de la distancia que había entre la clase de las esclavas y la de sus amos. Al ser abolida la esclavitud hubo que legislar prohibiendo estrictamente el darle muerte a los indios y el violar a sus mujeres e hijas.

Cabe destacar y retener en relación con este problema. Primero: que concùbito de español o criollo con india –mestizaje inicial- se desarrollo al margen del matrimonio y fue una faceta de la opresión colonial. Y segundo: que el incremento numérico de los mestizaos se debió, mas al mestizaje inicial, a la multiplicación de mestizos entre sì y relacionándose con otros grupos.

La legislación indiana hacia diferenciaciones muy precisas para que las castas, no fueran confundidas ni tratadas en un plano de igualdad con los españoles y criollos ni con los indios. Respecto de estos últimos hallabanse las castas en ventaja, pues no estaban obligadas a tributar, tenían libertad de trasladarse a vivir de un lugar a otro, y sus individuos podían contratarse trabajo en donde y con quien le conviera. Respecto de españoles y criollos, en cambio, las castas se hallaban en desventaja. No tenían acceso a cargos públicos, les estaban vedadas ciertas ocupaciones, y las penas para un mismo delito eran mas duras si el reo pertenecía a una casta.

Recordemos que los negros fueron introducidos en gran escala en aquellas colonias donde los indios habían sido exterminados, también en aquellas en que hubo grandes centros mineros, porque allí satisfacían el propósito imperial y local de facilitar un laboreo intensivo de los metales sin merma de la población nativa.

El periodo de activa importación de negros y de su efectiva explotación esclavista en Guatemala, cae entre el momento de la supresión de la esclavitud de indios y los años en que fue quedando organizado el trabajo forzoso por medio de los repartimientos. Faltando la afluencia de nuevos elementos de raza negra, los existentes fueron absorbidos por el mestizaje. Seria equivocado pues suponer que los negros fueron el sector mas oprimido en la sociedad colonial guatemalteca. La legislación indiana establecía que los negros podían redimirse comprando su libertad, y muchos la obtuvieron en el periodo de transición entre la esclavitud efectiva y la esclavitud atenuadas siguieron comprándola después. En el proceso colonial guatemalteco, los negros ingresaron para ocupar el lugar de los indios sacados de la esclavitud. Los negros no constituyen asunto de importancia en la Recordación, y apenas los menciona como existentes en algunas haciendas azucareras.

La plebe fue una capa social urbana, pobre y heterogénea, económicamente importante, oprimida y explotada en diversas formas, descontenta pero incapaz de esbozar una actitud generalizada de clase. Ni la plebe ni la capa media artesanal proveedora, eran clases, sino capas de composición compleja. Muchos elementos de la capa media artesanal proveedora, desarrollándose como pequeños propietarios explotadores de obreros y empleados de comercio, se incorporaron a la capa media alta.

El grupo dominante esta integrado por los criollos y los funcionarios. La capa media alta siempre ha sido decidida partidaria de la independencia.

Para la corona, el desarrollo de las rancherías y el aumento numérico de trabajadores rurales venia a se, en definitiva, un factor que contribuía a la conservación de los pueblos indios con su régimen de tributación y repartimiento ya regularizado.

La estructura de la colonia, tal como quedo después de la profunda reorganización de mediados de siglo XVI, tenia por base la concentración de los indios en pueblos incorporados en la monarquía. La reducción de indios, directamente asociada a la abolición de la esclavitud, fue la medida fundamental del gran proyecto político que iba implícito en las Leyes Nuevas. Eso significó para los indios una bienaventuranza difícil de imaginar. Recuperación de libertas. Hubo muchos indios, sin embargo, que no aceptaron las condiciones de la reducción, y que, abolida la esclavitud, permanecieron en los montes o fueron a refugiarse en ellos. El propósito de transformar a los indios en “vasallos libre”, fracasó en todas las colonias.

La esencia de la Reforma de Guatemala, fue una ampliación de la clase criolla en el poder, sobre todo la base de una ampliación de la disponibilidad de los indios en situación de siervos, y una ampliación muy notable del número de empresas agrícolas latifundistas.

No es necesario que haya feudos con castillos feudales para que haya feudalismo. Y puede darse un régimen que no sea típicamente feudal y que ofrezca, sin embargo, un marcado carácter feudal como fue en el caso de Guatemala, durante la época colonial. Una formación económica social es el tipo de trabajador que realiza la parte fundamental en la producción, el tipo de relaciones que se establecen entre ese trabajador y el dueño de los medios de producción y el tipo de propiedad predominante sobre el medio de producción también predominante.

Resumen La Patria del Criollo

Capitulos V - VIII

NTRODUCCIÓNA parte de “Encuentros de cultura”, la conquista suele verse, en el peor de los casos, como un choque de armas, como un evento bélico, y a ello se debe que tengamos de aquel suceso una visión tan estrecha y tan falsa. Es necesario comprender que los indios no quedaron conquistados por el mero hacho de haber sido derrotados. Aquello fue sólo el primer paso de la conquista, y de ningún modo su consumación.

La correcta comprensión de la conquista tiene una importancia extraordinario para poder entender la inferioridad económica, social e intelectual, en que vivieron a quedar los indios para el resto de la vida colonial… y actual.

Después de ser derrotados, los indígenas fueron obligados a tributar despiadadamente, fueron despojados de sus tierras, sometidos a la esclavitud y posteriormente a servidumbre. Interesa dejar claro que los nativos, puestos en una situación económica malísima, obligados a trabajar en las condiciones más duras para único provecho de sus amos, se vieron en adelante privados de toda posibilidad de superación.

RESUMEN

* El Saqueo De La TierraA pesar de todos los enormes esfuerzos hechos para ocultarlo, es cosa bien sabida que el problema primordial de las sociedades centroamericanas es la mala distribución de la tierra, que se haya concentrada en pocas manos, mientras carece de ella la gran mayoría de la población. Esta realidad ha sido posible, en buena medida, por los principios que orientan duramente la colonia la política agraria. Estos principios, son los siguientes:

Primero. El principio fundamental de la política indiana en lo relativo a la tierra se encuentra en la teoría del señorío que ejercía el Rey de España, por derecho de conquista, sobre las tierras conquistadas en su nombre. Este principio es la expresión legal de la toma de posesión de la tierra y constituye el punto de partida del régimen de tierra colonial. La conquista significó fundamentalmente una apropiación que abolía automáticamente a los nativos sobre sus tierras. Pero no se lo daba automáticamente a los conquistadores. Unos y otros, conquistadores y conquistados, sólo podían recibir tierras de su verdadero propietario, el rey, pues en su nombre habían venido los primeros a arrebatarle sus dominios a los segundos.

Inmediatamente después de consumada la conquista, toda propiedad sobre la tierra provenía, directamente o indirectamente, de una concesión real. El reparto de tierras que hacían los capitanes entre sus soldados, lo hacían en nombre del monarca y con autorización de él, y la plena propiedad de aquellos repartos estaba sujeta a confirmación real.

Consiguientemente, cualquier tierra que el rey no hubiera cedido a un particular o a una comunidad, pueblo, convento, etc., era tierra realenga, que pertenecía al rey y que no podía usarse sin incurrir en delito de usurpación. El principio de señorío tiene dos vertientes: por un lado, únicamente el rey cede la tierra y por otro, no hay tierra sin dueño; nadie puede introducirse en tierra que el rey no le ha cedido. La corona cede tierra cuando y a quien le conviene, y también la niega cuando ello le reporta algún beneficio.

Segundo. Con base en el principio anterior, España desarrolló un segundo principio de su política agraria: el principio de la tierra como aliciente. La corona, imposibilitada para sufragar las expediciones de conquista como empresa del estado, las estimuló como empresas privadas con el aliciente de ofrecerles a los conquistadores una serie de ventajas económicas en las provincias que conquistasen. Ceder tierras e indios fue el principal aliciente empleado.

Para que ese estímulo diera los resultados apetecidos, la corona tenía que mostrar mucha magnanimidad en la cesión de tierras, pues hubiera sido desastroso que se propagara la noticia de que los conquistadores no estaban siendo debidamente premiados por su inversión, ni los primeros pobladores por su decisión de trasladarse a las colonias recientes. Esto condiciona la brutalidad de la primera etapa de la conquista y el principio del latifundio en las colonias: el rey ofrecía y cedía una riqueza que no había poseído antes del momento de cederla. Los conquistadores salían a conquistar unas tierras con autorización, en nombre y bajo el control de la monarquía: y la monarquía los premiaba cediéndoles trozos de esas mismas tierras y sus habitantes. Les pagaba, pues, con lo que ellos arrebataban a los nativos y con los nativos mismos.

Tercero. Ya afianzado el imperio por obra de la colonización y de la toma efectiva del poder local por las autoridades peninsulares, el principio político de la tierra como aliciente perdió su sentido original y siguió actuando en forma atenuada. Una generación de colonizadores españoles habían echado raíces en las colonias: habían erigido ciudades, tenían tierras en abundancia, disponían del trabajo forzado de los indios -el nuevo repartimiento comenzaba a funcionar-, muchos de ellos tenían encomiendas, habían fundado familias y tenían descendientes. A todo con esta nueva situación, la monarquía se hallo en condiciones de aplicar un nuevo principio: la tierra como fuente de ingresos para las arcas reales, bajo el procedimiento de la composición de tierras.

La incitación del periodo anterior a pedir y obtener tierras había dado lugar a muchas extralimitaciones. En aquel periodo convenía tolerarlas, pero medio siglo más tarde se convirtieron en motivo de reclamaciones y de “composiciones”: la corona comenzó a dictar órdenes encaminadas a que todos los propietarios de tierras presentaran sus títulos. Las propiedades rusticas serian medidas para comprobar si se ajustaban a las dimensiones autorizadas en aquellos títulos. En todo caso en que comprobara que había habido usurpación de tierras realengas, el rey se avenía a cederlas legalmente, siempre que los usurpadores se avinieran a pagar una suma de dinero por concepto de composición. En caso contrario, era preciso desalojarlas para que el rey pudiera disponer de ellas.

Dicho de otro modo la usurpación de tierras se practico desde el siglo XVI con base en la libertad de las concesiones y en el descontrol de la primera etapa de colonizadora. En la última década de ese siglo fue un sistema de composiciones, que no vino a frenar la usurpación, sino a convertirla en un procedimiento para adquirir tierras y ensanchar los latifundios con desembolsos moderados. Al normar la composición, las leyes sistematizaron la usurpación de tierras estuvo causándole ingresos a la Corana durante todo el período colonial hasta el día anterior a la independencia.

Cuarto. La legislación colonial de tierras expresa, de manera insistente y clarísima, el interés de la monarquía de que los pueblos de indios tuvieran tierras suficientes. Los pueblos deben tener suficiente tierras comunes para sus siembras, deben tener sus ejidos -territorios también comunes de pastoreo y para otros menesteres distintos de la siembra-; a los indios que en lo particular quieran adquirir tierras por composición debe dárseles trato preferencial, y en ningún caso debe admitirse a composición a quien haya dado usurpado tierras de indios, se trate de tierras comunales -de sementera y ejidos- o de propiedad de algunos indios en particular.

La preservación de las tierras de indios fue un principio básico de la política agraria colonial. Y no es extraño, porque la organización del pueblo de indios, como pieza clave de la estructura de la sociedad colonial, exigía la existencia de unas tierras en que los indígenas pudieran trabajar para sustentarse, para tributar, y para estar en condiciones de ir a trabajar en forma casi gratuita a las haciendas y labores y a otras empresas de los grupos dominantes. Se trata, pues, de un principio permanente y fundamental de la política agraria de la colonia, que lo fue porque enraizaba en un interés económico también fundamental y permanente de la monarquía. Para que los indios permanecieran en los pueblos, y fuera posible controlarlos para la tributación, era indispensable que tuvieran allí unas tierras suficientes; que no tuvieran que ir a buscarlas a otra parte.

El quinto principio no se desprende de las leyes, pero es conocido por hechos importantes consignados en otros documentos: el bloqueo de los mestizos.

Las leyes de las indias sobre la tierra no hacen discriminación de la gente mestiza -las “castas”, los ladinos-, sino más bien ofrecen puntos de apoyo legal para que ellos también la puedan obtener. Sin embargo, dado que los mestizos eran un contingente humano en crecimiento y de escasos recursos económicos, era de esperarse que el gobierno colonial, tomara provincias necesarias para proporcionarles tierras, considerándolos como un grupo económicamente diferenciado y muy necesitado de aquel recurso fundamental. Si los indios, como clase, vivían en sus pueblos, tenían sus tierras y gozaban de un fuero especial, los mestizos, como grupo emergente en la sociedad colonial, no ubicado y carente de medios de producción, debieron ser objetote la creación de centros especiales para ellos, dotados de tierras para trabajar. Esto, que se hizo en otras colonias, y que los mestizos del reino de Guatemala solicitaron en diversas formas, fue sistemáticamente evitado por las autoridades del reino.

La política de negación de tierras a los mestizos pobres en constante aumento demográfico, fue un factor que estimulo el crecimiento de los latifundios, porque la población mestiza o ladina pobre se vio obligada a desplazarse a las haciendas y a vivir y trabajar en ellas a cambio de tierra en usufructo. Se volvieron necesariamente arrendatarios.

* El Indio Como Botín

Al igual que con la tierra, para con los indígenas se aplicaron un conjunto de principios y mecanismos de dominación que propiciaron la, hasta el momento, inferioridad indígena. Entre esos principios y mecanismos podemos señalar:

La encomienda y el repartimiento, pese a que fueron verdaderos ejes del sistema colonial, se conocen poco, y lo que de ellas se sabe aparece generalmente en definiciones muertas.

Repartimiento y encomienda fueron instituciones que nacieron unidas, entrelazadas, y así permanecieron durante su primera etapa. Las implantó Cristóbal Colon en las Antillas, y en su forma primitiva pasaron al continente. El repartimiento tenia dos aspectos, pues consistía en repartir tierras y también indios para trabajarlas; y como este segundo aspecto se justificaba diciendo que los indígenas eran entregados para que el favorecido velase por su cristianización -le eran encomendados para ello-, repartir indios y encomendarlos fue, en esa primera etapa, una misma cosa. La encomienda primitiva era en realidad un pretexto para repartirse los indios y explotarlos y como ninguna instancia superior controlada lo que se hacia con ellos, vinieron a estar, de hecho, esclavizados. Nos hayamos en la etapa primitiva de la colonia. La corona de España no aprueba los vejámenes que se cometen en su nombre pero tiene que tolerarlos, porque la despiadada explotación de los indígenas es el acicate de la conquista y el pago de la implantación del imperio.

La encomienda primitiva fue una manera de disminuir, bajo el pretexto de que se entregaba a los indios para cristianizarlos, el hecho de que se los repartía para explotarlos. La esclavitud que se escondía tras el repartimiento y la economía primitivos no estaba legalmente autorizada, era esclavitud virtual.

Sin embargo, hubo también en este sangriento periodo, justo a la esclavitud virtual, una esclavitud autorizada y legal. En su afán de enriquecerse as toda prisa, los conquistadores se las arreglaron para obtener permiso de esclavizar, con base legal, a aquellos indígenas que presentaran una tercera parte resistencia armada. Este truco se complemento con el celebre Requerimiento de Palacios Rubios, instrumento jurídico que bebía leerse a los indios para llamarlos a aceptar pacíficamente la soberanía del monarca español.

Se les explicaba en él la existencia de los Papas como vicarios del Dios verdadero en la tierra, y que el último Papa había donado los territorios indianos a los reyes de España. En tal virtud, se invitaba -requería- a los indios a aceptar la nueva situación. Se les hacia saber que, si rechazaban el requerimiento, “tomaremos vuestras personas, e a vuestras mujeres e hijos, e los haremos esclavos, e como tales venderemos, y dispondremos de ellos…” Esta ultima amenaza era la verdadera razón de ser del requerimiento, porque servia para justificar la esclavización de los indios y el robo de sus bienes. El documento fue elaborado para que los indios lo aceptaran y evitar así la guerra, sino precisamente contando con lo que no seria aceptado y daría una base legal a la esclavitud de guerra y al despojo de los nativos. Así lo prueba el uso de el se hizo. El requerimiento se convirtió en parte integrante del equipo que todo conquistador había de llevar consigo a América.

Acostumbrados como estamos a pensar la conquista desde el lado de los conquistadores, olvidamos reflexionar sobre la que realmente significó para los conquistados. Imaginemos la sorpresa de los indios al recibir o escuchar el requerimiento: Unos otros hombres venidos del otro lado del mundo, cubierto el rostro con abundante pelambre y el cuerpo con amenazantes atavíos de guerra, precedidos denla alarma y el terror de las matanzas y despojos que vienen realizando en su recorrido, se plantan con un texto en la mano y con las armas y las bestias listas para entrar en combate. Supongamos que se les traduce el documento a su idioma y que se les da el plazo de cuatro o cinco días para deliberar y decidirse. En ese plazo tendrían los indígenas, según las exigencias del requerimiento, que abandonaran a sus divinidades y convencerse de que el Dios verdadero había venido al mundo en tiempo remoto y en país desconocido, habría que echar por tierra las creencias heredadas por siglos, y comenzar a rendirle culto a una pequeña figura humana fijada sobre dos maderillas encruzadas, que presentaba además el aspecto de los propios conquistadores: tez pálida y luengas barbas. En unos pocos días habrá que renunciar al dominio de las tierras y aceptar la soberanía de un Rey desconocido y lejano. Y peor de todo: se sabe que se les exige inmediatamente pago de pesados tributos, la entrega de metales preciosos, y que todos los pueblos que quisieron ser pacíficos tuvieron que sublevarse a la vuelta de poco. Los indios deben haber comprendido que el requerimiento era un truco, y que todas esas loas de un Papa y un Rey repartiéndose el mundo no tiene otra finalidad que provocar el rechaza, justificar la guerra y darle bases legales a la esclavización y al despojo. Es difícil pensar que no lo entendieran.

La esclavitud y esta forma de encomienda fueron suprimidas con las Leyes Nuevas, que convirtieron a los indios en vasallos libres, obligados a tributar al Rey. Con estas Leyes, la encomienda pasa a ser una concesión liberadora por el rey a un español con méritos de conquista o colonización, consistente en percibir los tributos de un conglomerado indígena. Esa fue la encomienda que se prolongó prácticamente durante toda la época de la colonia.

Pero mucho más importante que la nueva encomienda fue el nuevo repartimiento de indios: sistema que obligaba a los nativos a trabajar por temporadas en las haciendas, retornando con estricta regularidad a sus pueblos para trabajar en su propio sustento y en la producción de atributos. Esta última institución fue la pieza clave para del sistema económico de la colonia, y puede afirmarse que será imposible integrar una visión científica de la sociedad colonial centroamericana (superando las limitaciones de la tradicional “historia de hechos”, así como el carácter fragmentario y desarticulador de las monografías históricas) mientras no se reconozca que la base de aquella estructura social fue su régimen de trabajo: el repartimiento de indios, el trabajo obligatorio de los nativos, el riguroso control de los indígenas en sus pueblos, desde los cuales eran enviados periódicamente a trabajar a las haciendas y labores de los españoles y de sus descendientes a lo largo de los tres siglos coloniales. Ese régimen le imprimió desde las bases un determinado carácter a la sociedad colonial centroamericana y condicionó de manera decisiva las luchas sociales, las ideologías, las formas del trato social y demás manifestaciones de la vida de aquella sociedad.

Estos procesos de colonización no hubieran sido posibles sin esa enorme labor que se llamó reducción de indios. Éste fue, en definitiva, el remate de la gran transformación ocurrida en las colonias a mediados del siglo XVI. Y los pueblos de indios, las reducciones de indios, vinieron a ser el punto de apoyo de todo el sistema económico que se estructuro a partir de aquel período. La reducción garantizo el cobro regular de los tributos de los encomenderos y la disponibilidad de mana de obra para los terratenientes.

La esclavitud había causado una dispersión que era grave obstáculo para la reorganización de la colonia. Muchos indios vivían en las haciendas de sus amos, otros andaban huyendo, retirados en montañas y lugares remotos, y otros permanenecian en la sede de los antiguos poblados prehispánicos. Ese alto grado de dispersión y desorganización fue resultado de una peculiar suma de factores: la esclavitud arrastró indios a las haciendas y ahuyentó indios a los montes, pero esto vino a operar sobre un cuadro de dispersión ya existente.

Los indígenas, antes de la conquista, no vivían predominantemente en centros de población, sino en chozas y caseríos dispersos junto a los sembrados, constituyendo grandes áreas poblados. Los centros urbanos de que dan noticia los conquistadores eran solamente los núcleos de áreas habitadas mucho más amplias. A esos núcleos concurría toda la población en días determinados, con fines comerciales, religiosos y de administración, pero no eran la morada permanente de la gran mayoría de la gran mayoría de la población.

La dispersión anárquica adoptada por los indios como recurso de defensa frente a la conquista, se desarrolló a partir de un cuadro de dispersión orgánica existente con autoridad. Esta situación era contraria al plan colonial de las Leyes Nuevas, que exigía, como requisito indispensable, que los indios vinieran a vivir, todos sin excepción, en poblados perfectamente organizados y estables. Los indígenas no podían pasar a ser efectivamente vasallos tributarios del rey, ni este podría ceder parte de la tributación (encomienda), ni sería posible suministrar a las haciendas periódicamente mano de obra indígena (repartimiento), mientras no hubiera centros de población perfectamente establecidos y controlados por autoridad.

El repartimiento va perdurar incluso después de la independencia, aunque con distinto nombre. A medida que avanzaba la colonia, se llamo indistintamente mandamiento y repartimiento al envío de indios a las labores y haciendas para realizar trabajo obligatorio por semanas o temporadas. Sin embargo, puede observarse la tendencia a llamar mandamiento al envió de indios a lugares lejanos a sus pueblos y por temporadas mayores que una semana, reservando el nombre de repartimiento al régimen de envíos para seis días a lugares cercanos. A eso se debe, muy probablemente, que desde casi el mismo inicio de la Independencia hasta mucho tiempo después, bajo las dictaduras cafetaleras (1871 - 1944) se llamara mandamiento, y no repartimiento, el envío forzoso de indios a las fincas, pues eran envíos desde grandes distancias y por temporadas largas.

Así pues, hablar de repartimiento y de mandamientos es hablar de un mecanismo de explotación que ha permanecido hasta épocas muy recientes. Aún está fresca en la memoria de algunos las silenciosas hileras de indios, escoltadas siempre, atados a veces, que pasaban por pueblos y ciudades en su largo y forzoso recorrido, a pie, desde sus pueblos hasta las fincas.

La conquista significó una apropiación que abolía todo derecho de propiedad de los nativos.

* La composición de tierras aportó grandes ingresos a la corona durante todo el periodo colonial.

* La preservación de las tierras de indios fue arma de doble filo al servicio de la corona.

* La encomienda primitiva fue pretexto para repartirse los indios y explotarlos hasta esclavizarlos.

* El orden político y el religioso dieron bases legales a la esclavización y al despojo de los indios.

* La reducción de los indios garantizaba el trabajo obligatorio de los nativos y su control.

* Este sistema de esclavitud arrastró indios a las haciendas y ahuyentó indios a los montes, como recurso de defensa frente a la conquista.

Severo Martínez Peláez

La patria del criollo

CONTENIDO DE LA OBRA

El libro consta de ocho capítulos. Según el autor, el cometido de este libro es intentar «dar un paso en la labor interpretativa de nuestro pasado» (p. 7). Aclara más su intención diciendo: «La historia interpretativa, realizada bajo las normas que aquí se adoptan, no da por hecha y sabida la síntesis del período: estudiado..., sino que la. realiza como su labor fundamental, y es en la manera de sintetizar donde se encuentra el carácter interpretativo que a esta investigación se le atribuye» (p. 8). La manera de sintetizar será el modo marxista de concebir la historia: únicamente como resultado de la lucha de clases y teniendo por motor solamente lo económico. No interesan en esta investigación los «hechos más ruidosos», sino los que operan en la base de la estructura de la sociedad y determinan sus características más importantes e imprimen ciertas tendencias a su desarrollo (cfr. p. 8). Según esto, «ensayar la interpretación del proceso colonial guatemalteco ―propósito de este libro― es investigar los fenómenos básicos de nuestra sociedad en aquel período y demostrar cómo ellos condicionaron sus modalidades más notorias. Es, en dos palabras, explicar la vida colonial haciendo referencia a sus fundamentos» (p. 8).

Los documentos que más utilizará a lo largo de su explicación, además de su documento básico, que es la Recordación Florida *, son textos de Cortés y Larraz, Ximénez, García Peláez, Remesal, Agia y Anales de los Cakchiqueles.

El libro supone, según el autor, un lector culto, pero no especializado. Cada parte del libro prepara «para pasar a niveles de mayor hondura y complejidad», y el resultado ha de ser «una imagen nueva de las raíces de Guatemala, una imagen más dinámica y, desde luego, más seria» (p. 13).

Capítulo primero. Los criollos.

a) Infancia y toma de conciencia. ―Tomando como héroe al cronista del XVII don Antonio de Fuentes y Guzmán, se describe la vida urbana de aquellas épocas y se coloca, de un lado, «la soberbia» de los conquistadores y sus descendientes, y del otro, «la sumisión» de los indios que a las casas «llegaban siempre como portadores de algún beneficio» (p. 19) y, a pesar de eso, siempre despreciados. Indudablemente, el futuro cronista no comprendería estas contradicciones; sin embargo, «poco a poco fue desarrollándose en él la noción de sus intereses, y su mente fue aceptando todos aquellos prejuicios y muchos más. Llegado a la madurez se aficionó por las letras y escribió una riquísima y extensa crónica del Reino de Guatemala en el siglo XVII. En ella dejó plasmadas, sin que fuera esa su intención, todas las formas de conciencia propias de su clase social» (p. 20).

b) Herencia de poder. ―Guzmán «no era sólo un descendiente de conquistadores, sino que era, además, un heredero de la conquista», de los que habían sometido a los indígenas «al dominio de los nuevos amos» (pp. 2023). Le correspondía, por tanto, disfrutar del trabajo de sus abuelos.

c) Prejuicio de superioridad. ―En él, como en todos los de su clase, «se daba por supuesto que el origen español acarreaba superioridad frente a los sectores indígenas y mestizos» (p. 24). «Todas las buenas cualidades que (ellos) encontraban en sí mismos ―ya fueran reales o imaginarias―, así como las ventajas inherentes a su posición social, eran explicadas por ellos invocando una superioridad innata y fatal, que compartían con el español». «Era una superioridad que sencillamente se traía» (p. 24). «Coincidían ciertos rasgos raciales con ciertos niveles de desarrollo humano; y de allí deducían los criollos (los herederos), sin tomarse más trabajos, una relación de causa y efecto: los blancos eran superiores porque eran blancos y los indios eran inferiores porque eran indios» (p. 25). La raza, por sí misma, no hace historia, dice Martínez, «no es factor que determine nada de importancia en el proceso social». Hay que buscar, entonces, la verdadera causa de esta superioridad.

d) Superioridad efectiva. ―En este punto, Martínez sintetiza así la conquista de América: «...la conquista de América fue el triunfo de unos cuantos grupos de aventureros, desarrapados y alejados de su ambiente, sobre vigorosas organizaciones indígenas que vivían a lo largo de inmensos territorios» (p. 25). ¿Cómo fue posible esto? Por ser España en el XVI uno de los países más desarrollados del mundo: buenos caballos, buenas espadas y la pólvora, éstos fueron los tres factores tecnológicos «decisivos de la superioridad bélica de los conquistadores» (p. 27). No debe subestimarse, indudablemente, «el esfuerzo creador que realizaba el pueblo español en aquel momento»; pero lo que ocurre es que las grandes gestas de los pueblos son resultado de coyunturas históricas ciegas, afirma seriamente Martínez, lo cual equivale a decir, poco más o menos, que España descubrió y conquistó América por casualidad... (p. 27).

e) Superioridad de los conquistadores.―¿ Dónde estaba, pues, la verdadera superioridad de éstos aventureros desarrapados? En «la fuerza bruta», que los convirtió en «amos», porque «la lucha armada fue solamente un medio, un recurso para llegar al sometimiento económico, ya que éste fue el momento decisivo de la conquista. Y aún puede demostrarse que la evangelización fue una tercera fase: sometimiento ideológico, necesario, al igual que la fase militar, para la consolidación de la conquista económica» (p. 31). El momento «determinante y decisivo» de la conquista es el momento económico, el que determina la inferioridad económica, social e intelectual del indio (p. 34). Todo el complejo proceso de la conquista puede reducirse, según Martínez, al siguiente esquema causal: a) inferioridad tecnológica, y por ende, de cultura general, en el momento de los primeros contactos y las luchas armadas; b) sometimiento económico y conversión del indio en fuente de riqueza para el nuevo grupo dominante: esclavitud y servidumbre; c) de allí inferioridad general permanente, derivada de las condiciones a que quedaron reducidos los nativos (p. 35).

f) Clase dominante a medias. ―Los criollos nunca tuvieron en sus manos el gobierno de la provincia. La Corona española, al verse precisada a estimular y premiar a los conquistadores y a quienes quisieran venir a poblar América, «creó una contradicción fundamental entre los intereses de los colonizadores y los de la Corona» p. 36). Es el comienzo de un proceso de tres siglos ―«forcejeo constante entre los funcionarios reales y los criollos como clase social― que culminará con la Independencia. El criollo se forjaba una ideología de clase con fórmulas justificadoras de una situación de privilegio, «fórmulas veladas de ataque y defensa frente a lo español» (p. 37).

g) Motivaciones de la Recordación Florida. ―Martínez encuentra las siguientes motivaciones en Guzmán para escribir la Recordación Florida: peticiones reales ya en el XVI, pidiendo que se redactasen informes y relatos sobre la realidad geográfica y política de la provincia (Guzmán mismo expresa esta motivación); aspiración a obtener el título de cronista del Reino (es cierto que Guzmán gestionó ese título que no llegó a alcanzar); corregir las alteraciones de la edición española de la Historia verdadera, de Bernal Díaz del Castillo, antepasado suyo. Estas correcciones acaba olvidándolas. «Y esta inconsecuencia ―dice Martínez― pone al desnudo, en el umbral mismo de la Recordación, en qué medida está toda ella empujada por móviles enraizados en una conciencia de clase» (p. 41). Otra razón dada por Guzmán es «el amor a la patria, que me arrebata ... ».

h) Defensa del patrimonio y nacimiento de la patria. ―«¿Sentimiento de la patria en el siglo XVII? ¿Patria cuando faltaba mucho más de un siglo para la Independencia? », se pregunta Martínez, y él mismo responde: «Sí. La Recordación Florida es el primer documento en que se manifiesta, de manera clara y vehemente, la idea y la emoción de una patria guatemalteca» (p. 42). Pero después de esta afirmación problematiza tanto la idea de patria, que acaba negando lo que ha afirmado. Falta perspectiva histórica. Cae en un subjetivismo que le permite todo. Lo mismo le ocurre al señalar «las cuatro raíces de la patria criolla»: la conquista, la tierra, los indios y España (p. 44).

Capítulo segundo. Las dos Españas.

a) Gachupines. ―En la mentalidad del criollo había dos Españas: una, la conquistadora, «sublime, llena de hidalguía y de elevadas miras»; otra, la mezquina, representada por funcionarios de espíritu calculador y por barcadas de emigrantes que ambicionaban una tajada del Nuevo Mundo (p. 51). La idealización de la conquista se debe a los criollos (p. 51).

b) Causas de la idealización. ―Primera causa, la gratitud, pues a los conquistadores debían lo que estaban gozando y disfrutando. En ese agradecimiento se esconden «implicaciones sociales y mecanismo de defensa» (p. 53): «engrandecer los méritos de la conquista era un modo de reforzar los derechos y merecimientos de los descendientes de los conquistadores» (p. 54); «manteniendo viva y muy presente la continuidad ideológica entre la conquista y los criollos, éstos trataban, sin lograrlo, de cerrarle las puertas a los nuevos inmigrantes españoles» (p. 54).

c) El héroe bribón .―Con estas palabras se refiere a Pedro de Alvarado, a quien se habría convertido, «por obra de los criollos, en un semidiós adornado de virtudes que nunca tuvo». Indudablemente, Pedro de Alvarado, según las noticias que de él dan Bernal, Remesal, las Actas del Cabildo de Guatemala, el juicio que se siguió contra él en México y los papeles del obispo Marroquín (pp. 5760), no fue un hombre de reputación tan grande como su valentía guerrera. Martínez aprovecha las páginas que Guzmán dedica a don Pedro para afirmarse en su tesis de que «la idealización de la conquista de América fue obra de los cronistas e historiadores criollos, en tanto que fueron voceros de su clase social. Fuentes y Guzmán cumplió ese cometido para Guatemala, movido por las exigencias de clase ya señaladas. De ahí que resulte superficial contentarse con calificarlo de fanático, cuando su fanatismo es un dato histórico del mayor interés que reclama una adecuada interpretación» (p. 61).

d) Brutalidad de la primera etapa colonizadora. ―Está marcada por la aparición del repartimiento y la encomienda, «verdaderos ejes del sistema colonial», y sintetizan la lucha librada entre «el poder centralizador del imperio y el poder local de los conquistadores y colonos y sus descendientes» (p. 62). «El repartimiento tenía dos aspectos, pues consistía en repartir tierras y también indios para trabajarlas». «La encomienda primitiva era en realidad un pretexto para repartirse los indios y explotarlos, y como ninguna instancia superior controlaba lo que se hacía con ellos, vinieron a estar, de hecho, esclavizados». Esta esclavitud no estaba legalmente autorizada, pero «era una esclavitud virtual». El Requerimiento de Palacios Rubios no era sino un permiso, con base legal, para esclavizar «a aquellos indígenas que presentaran una terca resistencia armada» (p. 69).

e) Los defensores de indios y causas de su éxito. ―Se refiere a las órdenes religiosas. El hecho de que «la voz más poderosa en defensa de los indios» haya sido la de los dominicos lo explica porque era la orden religiosa «que se hallaba más vinculada al trono de España y más identificada con los intereses de la Corona» (p. 69). La causa económica profunda de la defensa que hacían era la de ser «una importante fuerza política aliada de la Corona». Ni siquiera se le ocurre pensar que pudiera existir otra causa. Su afirmación es rotunda. Sus argumentos: que el General de la Orden de Santo Domingo, fray García de Loaisa era el confesor de Carlos V y era el presidente y fundador y organizador del Consejo Real Supremo de las Indias (agosto 1525). Rechaza Martínez el que los dominicos actuaran como «la conciencia de España»: defendían «los intereses de la monarquía, enfrentada a la voracidad de conquistadores y colonos» (p. 69), Se advierte claramente la postura intelectual de Martínez: no admite como causas decisivas y profundas más que las económicas, y como móviles, sólo los políticos en cuanto propulsores de lo económico. Llega a afirmar: «La línea política adoptada por la orden de dominicos, vinculada a la política imperial de recuperación de los indios para la Corona, estimuló la vocación humanitaria de los mejores hombres de aquella orden y atrajo a sus claustros a otros más» (p. 70).

f) Leyes Nuevas y la abolición de la esclavitud de indios. ―Fray Bartolomé de las Casas, en su defensa del indio, es escuchado. Ahora bien: ¿cuál «fue el factor determinante?»... Lo fue el hecho de que supo hallar el punto de contacto entre el mejoramiento de los indios y el mejoramiento de las entradas del rey» (p. 72). (¿Tampoco había, entonces, tal vocación humanitaria?) Así surgen las Leyes Nuevas, promulgadas en noviembre de 1542 y que eran «un golpe formidable a la esclavización de indios». El alegato por estas leyes «sirve para demostrar ―a quien todavía lo dude― que el principio motor de la conquista y colonización española de América fue la perspectiva, por parte de los autores de esta vasta empresa, de un enriquecimiento rápido a costa de los indios y una existencia parasitaria sobre bases esclavistas» (p. 78).

Desde un punto de vista moral ―«si tal abstracción existiera en algún modo», observa el autor, convencido de que no se puede dar la moral ni el desinterés y menos aún la caridad entre los hombres―, «ninguna esclavitud tendría justificación». Ahora bien: el hecho de sustituir a los esclavos indios por esclavos negros pone de manifiesto «cómo las instancias morales estuvieron condicionadas por motivos de carácter económico en todo el conflicto de la esclavitud» (p. 82). «Reflexionen ―concluye Martínez― sobre esto quienes creen, equivocándose, que las ideas morales determinan a la economía, y no al revés ... » (p. 83).

Capítulo tercero. Las dos Españas (continuación).

a) Nace la encomienda ―Las Leyes Nuevas marcan otra etapa. La nueva encomienda supone un gran avance, sin dejar de ser fuente de abusos y extralimitaciones. Según el autor, si se desea conocer una institución colonial implicada en la explotación del indio, deben estudiarse sus anomalías («estudiarla es analizar sus anomalías»); de otro modo no se podría comprender la realidad. «En esas instituciones las anomalías eran lo normal» (p. 90).

b) Los encomenderos. ―La encomienda ―concesión que el rey hacía por méritos de conquista y de colonización― fue una «transacción, un arreglo conciliatorio que ponía a los indios como tributarios bajo el control del rey y que satisfacía al mismo tiempo la tendencia parasitaria del núcleo más conspicuo de conquistadores y primeros pobladores» (p. 94). Si bien importante, no fue decisiva: «...el repartimiento fue el factor determinante ―para Martínez― de las más acusadas modalidades de la mentalidad criolla» (p. 96). c) El sínodo . ―Se refiere a la cuota que los encomenderos debían pagar a los frailes por adoctrinar a los indios» (p. 98). «Lo cual ―dice Martínez― era perfectamente razonable' porque, en la medida que aquellos religiosos inculcaban en los indios una doctrina de mansedumbre, obediencia y resignación, les prestaban a los encomenderos un valiosísimo servicio» (p. 99). Denota un desconocimiento craso del cristianismo, explicable cuando como punto de partida está el rechazo de lo sobrenatural.

d) Los doctrineros. ―Se propone señalar ―a través de los datos de Fuentes y Guzmán― «las relaciones entre religiosos, hacendados y encomenderos en torno al pueblo de indios», después de las Nuevas Leyes, relaciones que a menudo eran tensas y, en la práctica, casi nunca concordaban.

e) Los criollos y la burocracia. ―A pesar de la situación ventajosa de los criollos, también los había pobres que buscaban donde colocarse.

f) Desplazamiento y renovación en la clase criolla. ―Se refiere a la llegada de los inmigrantes, la presión que ejercen sobre los criollos y la lucha de estos últimos por defenderse, teniendo como resultado «la renovación de la clase criolla con nuevos elementos y su conservación como tal clase social» (p. 112).

g) Causas del menosprecio del español hacia los criollos. ― Cita a Gage * como testigo del menosprecio de que eran objeto los criollos («medios indios», «incapaces de gobernar a los demás») por parte de los españoles (« advenedizos »). «Pero la verdad ―dice Martínez ―es que el criollo estaba efectivamente sugestionado y convencido de la superioridad de lo español» (p. 117).

h) Ventajas del inmigrante frente al criollo. ―Venían con privilegios ya obtenidos. Con lo cual, desde el primer momento se encontraban en situación ventajosa. «Eran, en su mayoría, gente explotada que traía el decidido y bien fundamentado propósito de convertirse en explotadora. El promedio de esa gente debe haber tenido unas aptitudes y una energía superiores a las del criollo medio. No por motivos de un más cercano origen español ni porque la sangre de los criollos se maleara bajo el clima de las colonias, sino porque los hombres son producto del régimen económico y del estrato social en que se forman» (p. 122). De acuerdo con su modo de pensar marxista, al hablar de esto el autor siempre es dogmático y exclusivista.

i) La patria de los criollos como idea de contenido reaccionario. ―La idea de patria de Fuentes y Guzmán resulta ―dice Martínez― que es una idea de contenido reaccionario: «era una respuesta ante la amenaza de transformación que iba implícita en la política imperial y en el arribo de inmigrantes» (p. 125): «...la Recordación Florida es de veras una recordación, un volver la mirada atrás, hacia tiempos que al autor se le antojaban florecientes y prósperos» (p. 126). Una pregunta se hace aquí Martínez: ¿sería ésa la idea de patria de los que dirigieron la emancipación? «¿Fue la Independencia un hecho revolucionario o fue la implantación de la patria de los criollos?» (p. 127).

Capítulo cuarto. Tierra milagrosa.

a) La patria como paisaje. ―La Recordación Florida es «un inmenso paisaje». «El relato emerge a veces ―dice Martínez con el ímpetu desordenado de las plantas trepadoras, y cuando adopta un tono culto recuerda ciertamente la riqueza recargada de los retablos barrocos; pero los problemas de construcción que presenta la obra encierran significados ideológicos que van mucho más allá de una pura cuestión de estilo (p. 136). Martínez analiza algunas disgresiones del texto para demostrar sus aseveraciones anteriores en cuanto a los criollos, metidos en lo complejo de la realidad de las dos Españas. En diez páginas, da una interpretación socioeconómica de la Recordación Florida. Fuentes y Guzmán no podría haber escrito sino llevado de la necesidad de clase y de la ideología de clase.

b) La política agraria colonial y el latifundismo. ―La primera descansa, según Martínez, en cuatro principios coloniales: 1, el señorío de la Corona sobre la tierra de las provincias; 2, la tierra como aliciente de colonización; 3, la tierra como fuente de ingresos para la Corona (usurpacióncomposición); 4, la defensa de las tierras de indios. Y hay un quinto principio que se desprende de las leyes, como los anteriores, y que «nos es revelado por hechos de gran trascendencia consignados en documentos de otra naturaleza: es el principio de bloqueo agrario e los mestizos» (p. 159).

En cuanto al latifundismo, nace de la figura de la composición o arreglo de las tierras poseídas sin título y por las cuales había que pagar para normalizar la situación.

Los principios antes señalados «actuaban unilateralmente, fomentaban el latifundio desde el ángulo de los intereses de la Corona»: el primero y el segundo engendraron al grupo inicial de los latifundistas; el tercero y el quinto lo estimularon a engrandecerse (p. 161).

c) Tierras de indios. ―En la distribución de las tierras están, en primer lugar, los ejidos; en segundo lugar, las tierras comunes, de comunidad, comunes de sementera, comunes de labranza o de labranza y sementera. «En principio, todo pueblo de indios, desde el acto mismo de su organización como pueblo colonial, dispuso de unas tierras cedidas por el rey. Eran de propiedad común, administradas por el cabildo o ayuntamiento de indios» (p. 167). Además de los ejidos y tierras de labranza, los hubo que pertenecían en particular a ciertos indios.

d) Un caso de «diligencias» para obtener tierras. ―Martínez analiza la solicitud de tierras hecha por Alonso Alvarez de Santizo, vecino de la ciudad de Guatemala, en enero de 1602. Presidía la Audiencia de Guatemala don Alonso Criado de Castilla. Alvarez de Santizo aduce en su solicitud que es hijo legítimo de Alonso de Luarca, uno de los conquistadores de la provincia; añade que tiene hijas legítimas «para poner en estado» y que no las ha puesto conforme a su calidad por la necesidad que tenía (p. 172). Se refieren los trámites en los que, se supone, habrá habido trampas para conseguir las tierras: se han presentado como sin dueño, teniéndolo; como pertenecientes a unos, correspondiendo a otros.

Casos así produjeron el desequilibrio en la tenencia de tierras que nunca era sometida a revisión. El primer proyecto de reforma agraria en Guatemala se esbozó en 1810 (p. 184).

e) Necesidad de reforma agraria antes de la Independencia. ―Es un breve estudio sobre los «Apuntamientos sobre Agricultura y Comercio del Reyno de Guatemala», redactados en 1810 por una comisión del Consulado de Comercio de la ciudad de Guatemala. El documento había sido pedido por Antonio Larrazábal, diputado por la ciudad en las Cortes de Cádiz. El proyecto de reforma agraria formaba parte de este documento (p. 185). Según sus datos, el origen o causa primaria de los atrasos del Reyno es que «las tierras se hallan distribuidas en posesiones inmensas entre pocos individuos, con enorme perjuicio de los muchos que forman la masa del Estado ... » (p. 89). La idea medular del proyecto es que a los indios hay que darles tierra en propiedad, y a los ladinos * también, en parcelas proporcionadas a sus necesidades y al número de hijos que tengan. Es la manera de convertirlos en verdaderos agricultores, lo que no llegarán a ser mientras carezcan de tierra o la tengan sin el aliciente de ser suya propia (p. 192).

Del proyecto, Martínez saca tres conclusiones: «Primera y principal: que el desarrollo del latifundismo llegó a bloquear, todavía durante la colonia, el desarrollo económico de los indios y de las capas medias en crecimiento ... » «Segunda: las tierras comunales de indios no eran suficientes para sacarlos de la miseria, debido a las usurpaciones, mala distribución, por los servicios forzados.» Tercera: al final de la colonia, el problema se había agudizado «como consecuencia del crecimiento demográfico de las capas medias» (c. 193).

Además de ese documento, Martínez cita el documento escrito de José Bustamante y Guerra, de 3 de mayo de 1813 y dirigido al Consejo de Regencia, exponiendo los principios que rigen su gobierno. En él sostiene la necesidad de una amplia repartición de tierras entre la gente pobre (p. 194).

Capítulo quinto. El indio.

a) La negación del indio como necesidad de clase. ―Análisis de la posición del criollo frente al indio y las contradicciones que presenta la Recordación Florida al tratar el mismo tema según se trate de defender los propios derechos o de ensalzar a los antepasados. Contradicciones en cuanto al carácter del indio, sus defectos, su actitud religiosa (pp. 199204).

b) Paganismo muerto y paganismo vivo. ―Exposición superficial del catolicismo y de la labor de evangelización de los misioneros, a quienes siempre trata como «agentes de la Corona».

La resistencia evidente de los indios a convertirse al cristianismo favorece, según Martínez, la hipótesis de que «había una estrecha relación entre la supervivencia del paganismo y la resistencia de los indios frente a la dominación colonial.... una manera de oponerse a su conquista espiritual y, por ende, una manifestación peculiar de la lucha de clases» (pp. 213214).

c) Los tres grandes prejuicios en su relación con el trabajo forzado. ―Tres son los prejuicios que se mantuvieron respecto a los indios y que nunca fueron superados: son haraganes―; inclinados al vicio; no padecen pobreza, pues viven conformes y tranquilos.

d) La pretendida «holgazanería» como resistencia. ―El resistirse a trabajar o usar trucos en el trabajo no habría sido sino un modo de resistir a un trabajo opresor y sin remuneración alguna, un resistirse a trabajar en malas condiciones y sólo para provecho de otros (p. 231).

e) Los prejuicios menores: la desconfianza del indio. ―La desconfianza está de sobra justificada por la actitud de desprecio, de explotación y de castigo, junto con una insensibilidad para los valores propios de los naturales (p. 241).

f) La falsa defensa del indio y sus motivaciones de clase. ―La falsa defensa la encuentra Martínez en la Recordación Florida, en aquellos pasajes en los cuales se habla de la salud, del bienestar de los indios; pero sólo por razones de conservar una buena mano de obra abundante. «El criollismo es la ideología de los criollos, y éstos son el grupo social de latifundistas explotadores de indios siervos. Siendo así, la defensa criollista no puede ir más allá de procurar que los indios no se acaben y que sigan siendo indios» (p. 249). «Sería erróneo suponer que el no desear la destrucción de los nativos equivalía, en el criollo, a desear su prosperidad» (p. 249).

g) El indio como elemento de la patria del criollo. ―«El indio está allí para servir.» «En la patria del criollo el indio es y debe ser el complemento de la tierra» (pp. 255256).

Capítulo sexto. El mestizaje y las capas medias.

a) En este capítulo se trata de los diversos grupos que formaban la sociedad colonial. Se pregunta el autor si se debe hablar de castas o capas: indios, españoles, negros; criollos, mestizos, zambos.

Gráficamente se representa la situación por un triángulo invertido: en el ángulo superior derecho la Monarquía, representada por sus funcionarios; en el ángulo superior izquierdo, nobleza, terratenientes, criollos; en el ángulo inferior, los indios. Las capas medias serían: la media alta urbana, la media alta rural, artesanal proveedora, mestizos, plebe, media baja rural, indios ricos, negros.

Los artesanos no habrían formado clase ni capa social. La capa media urbana estaría formada especialmente por la Iglesia y el Ejército, que son instituciones y «que no nos desorienten», dice Martínez, porque no son las instituciones «quienes mueven la historia, sino los grupos socioeconómicos: las clases y las capas, actuando también, naturalmente, en el seno de las instituciones» (p. 328).

La independencia la habría llevado a cabo la capa media alta urbana con la capa media alta rural.

b) Las capas medias en la dinámica de clases. ―El autor trata de «sintetizar el desarrollo de las capas medias, incorporándolas al esquema de la lucha de clases básica» (p. 350).

c) Villas y rancherías. ―Describe la miseria en que se encontraban indios y ladinos. Los hacendados «no tenían ningún interés en que sus mozos colonos