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Categoría: Temas Variados

Enviado por: Stella 19 abril 2011

Palabras: 5422 | Páginas: 22

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rataba de terminar con el poder despótico y evitar que los esfuerzos libertarios siguieran siendo indefinidamente postergados. Una concepción que las logias masónicas alentaban con sostenida visión.

A partir de su ingreso a la Orden Masónica, Bolívar lleva una vida muy activa e intensa en Cádiz y, luego, en París, hasta buena parte de 1807. Lúcido y visionario como era, penetró y bebió rápida e intensamente la doctrina masónica, ya muy desarrollada en el Viejo Continente. En la primavera de 1804 llega a París y participa activamente en la Logia San Alejandro de Escocia, en su sede del boulevard Poissoniére, donde reitera sus juramentos de fidelidad al sistema republicano “como el más conveniente al Gobierno de las Américas”. Las reuniones ordinarias se celebraban el primer y tercer miércoles de cada mes. Militares y médicos eran los profesionales más abundantes, si bien, también, se registraban, en buen número, científicos, abogados, propietarios y varios artistas. Incluso había miembros de la Legión de Honor como lo señala la escritora francesa Gilette Saurat en su biografía sobre Bolívar, de acuerdo con documentos que se conservan en la Biblioteca Nacional de París. El historiador Ramón Díaz Sánchez adquirió en París el documento manuscrito, en lengua francesa, relativo a la recepción masónica de Simón Bolívar en el Grado de Compañero, y que entregó en propiedad, el 1º de octubre de 1956, al Supremo Consejo del Grado 33 de Venezuela. La recepción de Bolívar tuvo lugar, según el Diploma, “el undécimo día del undécimo mes del año de la Gran Luz 5805″, es decir el 11 de noviembre de 1805.

El joven criollo dio entonces las gracias a los asistentes “en un francés fluido y elegante” mientras sus hermanos de la Logia, puestos de pie, lanzaron la triple aclamación tradicional de ¡huzé!, ¡huzé!, ¡huzé! (¡viva, viva, viva!) No era extraño, porque el general Guillermo Miller, que trató a Bolívar en el Perú en 1823-1825, recuerda que tenía una voz gruesa y áspera, que hablaba elocuentemente y, sobre todo, se distinguía en improvisar contestaciones “elegantes y adecuadas”.

Antes de terminar el año de 1806, en fecha que no ha sido posible precisar, Bolívar era promovido al último de los tres grados simbólicos de la Masonería, el de Maestro, tal como figura en un folleto publicado por esa logia. Entre su iniciación masónica en Cádiz y su asistencia a la Logia en París, Bolívar viaja por Europa. El día en que Francia aclamaba delirante a Napoleón, estaba en París, en un apartamento en la rue Saint Honoré, por donde pasó el cortejo; fue el día en que el Papa Pío VII coloca sobre la cabeza de Napoleón, en la Iglesia de Notre Dame, el 2 de diciembre de 1804, la corona de Emperador. “Grande fue –dijo– la aclamación personal y el interés que despertaba su persona.

Después de transitoria permanencia en Milán, Venecia, Verona, Bolonia y Florencia, Bolívar llega a Roma y el 15 de agosto de 1805, en el Monte Sacro, la más pequeña de las siete colinas romanas, junto a su Maestro Simón Rodríguez, pronuncia su juramento: “¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”. Allí surge la decisión definitiva de conducir en América la inmensa obra emancipadora. Tenía 22 años.

Bolívar había llegado por primera vez a París, por la vía de Bayona y Burdeos, el 20 de enero de 1801 –diez meses después que Miranda abandonara por última vez la capital francesa– de modo que ya tenía valiosas vinculaciones, acrecentadas ahora, a través de la Masonería, con figuras de significación e importancia en la vida francesa.

Desde luego se reencuentra con Humboldt, quien, en su primer viaje a Europa, en 1799, le regaló un libro sobre “Los altos grados de la Masonería”, impreso en 1774, lo que seguramente debió ser el inicio de su interés por la Masonería. Humboldt, de 30 años entonces, estuvo un año y cuatro meses en Venezuela entre el 16 de julio de 1799 y el 24 de noviembre de 1800.

En los dos meses y medio que Humboldt pasó en Caracas, había sido acompañado al Ávila por el joven Andrés Bello López, de 18 años, el futuro Maestro de América. Es el mismo Bello que, a petición de su tío Carlos Palacios, enseñó “bellas letras” y geografía a Bolívar.

La vida masónica de Bolívar fue breve e intensa, todo su pensamiento político se ve estrechamente ligado a los ideales masónicos: combatir por la libertad y la justicia, la independencia, la unidad y la integración. No necesitó muchos años para ello. Las huellas están allí indelebles.

En esa Logia de París –en su segunda de las dos permanencias en Francia, en 1802 y 1804-1806–, Bolívar debió asimilar intensamente los principios de la Masonería que expuso a lo largo de su vida, particularmente en sus principales documentos políticos como el Manifiesto de Cartagena (15 de diciembre de 1812), escrito a los 29 años y cuando hacía siete que había ingresado a la Masonería y en que traza la nueva estrategia de la Revolución; en la Carta de Jamaica (6 de septiembre de 1815) en que expone sus ideas sobre el futuro de la América Hispana; y en el Discurso de Angostura (15 de febrero de 1819) en que se refiere a la unidad de los pueblos, a la Gran Colombia, a la Patria Grande, para obtener su libertad, soberanía y engrandecimiento. El Grado 33 que el Comisionado Especial Joseph Cerneau trajo, también, desde Nueva York para Bolívar, no pudo recibirlo en Caracas porque en esa fecha, 21 de abril de 1824, el Libertador se encontraba en Trujillo, Perú, adonde había traslado su cuartel general el 2 de marzo, después de su grave enfermedad desde enero y por más de un mes en Pativilca, a unos 500 Km. al norte de Lima. Tampoco hay certeza que lo haya recibido más tarde. Por esos días, el 8 de abril de 1824, una aleccionadora providencia suya, emanada precisamente en Trujillo, referente a las actividades agrícolas, recomendaba respetar y no tocar las tierras de los indígenas y dar libertad a los esclavos.

El regreso de Europa.

Cuando Bolívar regresa de su segundo viaje a Europa, a mediados de 1807,vía Hamburgo y Boston, la Orden Masónica estaba a 17 años de ser establecida institucionalmente en Venezuela, en 1824, aún cuando ya habían llegado sus principios desde Europa y Estados Unidos y se iban arraigando a través de sus primeros afiliados. Venezuela que aún no llegaba al millón habitantes.

El Triángulo Masónico de Barcelona fue fundado tres años más tarde, el 24 de junio de 1810, y la primera Logia, la “Protectora de las Virtudes” N º 1, también de Barcelona, cinco años después, el 1º de julio de 1812, aún cuando los gérmenes doctrinarios venían desde mucho antes.

Las actividades masónicas en París, la discusión sobre los trabajos de los enciclopedistas, sobre Rousseau, Comte y Saint-Simon, Fourier, Voltaire y Hegel, las jornadas de estudio filosófico que se organizaban de acuerdo con los métodos masónicos tradicionales, la presencia y aporte de figuras intelectuales y políticas relevantes en las logias, solidarias con las nuevas ideas de ese tiempo, estimulaban a la juventud europea más valiosa de ese tiempo y a los latinoamericanos que pasaban o se encontraban por allí.

Bolívar se encuentra en Venezuela con un ambiente pre-revolucionario en que los principios de la Masonería, aún cuando ésta todavía no funcionaba institucionalmente, se abrían paso en el pensamiento progresista y libertario de la juventud, con los cuales él se identificaba. Tampoco había otros más amplios y libertarios.

La monarquía española prohibía y confiscaba todavía, por muchos años, los libros que pusieran en peligro su estabilidad política.

En 1816 se produjo una quema de libros por orden del segundo Arzobispo de Caracas Narciso Coll y Prat. Casi todos los sacerdotes y las autoridades eclesiásticas, que tanto peso tenían, eran conservadores, al igual que las principales instituciones de esa época, en estricta consonancia con las encíclicas en contra de la independencia hispanoamericana expedidas por el Papa Pío VII, el 30 de enero de 1816, y el Papa Clemente XII, el 24 de septiembre de 1824, en que reclaman sumisión y obediencia a la soberanía del Rey Fernando VII. Los escollos que se tenían eran inmensos.

Cuando Bolívar hace su tercer y último viaje a Europa, a Londres, en junio de 1810, con Luis López Méndez y Andrés Bello López para exponer a Inglaterra los móviles de la decisión de la Junta Patriótica de Caracas en su línea contraria a Napoleón, seguían germinando en Venezuela las ideas masónicas, probablemente desde 1808 con la Logia “San Juan de la Margarita” de Pampatar, en la Isla Margarita, o desde 1810 con el Triángulo Masónico de Barcelona en su firma tarea de fortalecer el pensamiento libre e independentista.

La Gran Reunión Americana Miranda y Bolívar

1810 es el año del encuentro de Miranda, el venezolano más universal, y de Bolívar, el venezolano de siembra libertaria más vasta, ambos iguales en su común amor a la libertad y la independencia de América.

Bolívar, Bello y López Méndez habían llegado a Portsmouth el 10 de julio de 1810 y tres días después tuvo lugar, en Londres, la entrevista en la propia casa de Miranda, en Grafton Street N º 27, donde funcionaba la Gran Reunión Americana, a la que se integran los tres ilustres patriotas.

La Gran Reunión Americana, había sido creada, en 1798, por Miranda, en cuyo seno se fragua la emancipación continental, que se fortalece y afianza en Londres y en sus filiales, las Logias Lautarinas, ya extendidas con éxito, entre 1800 y 1823, en París, Madrid, Cádiz, Buenos Aires y Santiago de Chile. Las Logias Lautarinas, bajo la trilogía de Unión, Fe y Victoria, estaban dispuestas a concretar los ideales libertarios que estimulaba Masonería con los valores consecuentes que le dan justicia y dignidad al hombre.

En las Logias Lautarinas fueron iniciados, de Chile, Bernardo O¨Higgins, José Miguel Carrera, José Cortés de Madariaga, Camilo Henríquez, Manuel José de Salas, Juan Martínez de Rozas, José Gregorio Argomedo, Bernardo Vera y Pintado, José Miguel Infante, Juan Mackenna, José Antonio Rojas, Hipólito Villegas, Santiago Mardones. De Venezuela: Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez. De Argentina: José de San Martín, Belgrado, José María Zapiola, Carlos María de Alvear, Bernardo Monteagudo, Juan Martín de Pueyrredón, José Antonio Alvarez Condarco, Mariano Moreno, Gregorio Gómez. De Ecuador: los quiteños Carlos Montúfar, Vicente Rocafuerte y Juan Pío de Montúfar. De Perú: Pablo de Olavide y José del Pozo y Sucre. De Colombia (Granada): Antonio Nariño, Francisco Antonio Zea, José María Vergara Lozano. De Italia: Francisco Isnardi. De Honduras: José Cecilio del Valle. De Cuba: Pedro José Caro. De México: Servando Teresa de Mier.

La Logia “Lautaro” de Santiago fue fundada el 13 de marzo de 1813, en la calle Santo Domingo N ° 79, bajo la Presidencia del diputado y miembro del Congreso Nacional y futuro Libertador de Chile, don Bernardo O¨Higgins, quien tenía entonces 35 años. Entre sus miembros se contaban, entre chilenos y argentinos, José de San Martín, Antonio y José Irisarri, Bernardo Monteagudo, Manuel Blanco Encalada, Ramón Freire, Juan Gregorio Las Heras y otras prominentes figuras de ese tiempo.

Lautaro era el cacique araucano, luchador indómito contra los conquistadores españoles, muerto cuando aún no cumplía 22 años, en 1557, e inmortalizado en “La Araucana” por el poeta épico y militar español Alonso de Ercilla y Zúñiga, en 1569. Su nombre fue propuesto, en Londres, en 1798, por Bernardo O’Higgins, de 20 años, a su maestro, el Precursor Francisco de Miranda, como símbolo del origen libertario de América.

Miranda, con sus apuestos 60 años entonces, habíase iniciado, muy joven, a los 23 años, en Madrid, en 1773, y Bolívar, con 27 años, iniciado a los 21 años, en Cádiz, en 1804, sellan ese encuentro con un triple y fuerte abrazo fraternal y el fervor íntimo de luchar por la liberación y la justicia de estos pueblos. Tenían una diferencia de 33 años.

Bolívar se embarcó de regreso a Venezuela, de su tercer y último viaje a Europa, el 20 de septiembre de 1810, en el “Saphire”, y Bello y López Méndez se quedaron allí hasta que un día, años más tarde, partieron a Chile para siempre, donde fallecieron, en Santiago y Casablanca, en 1865 y 1841, a los 84 y 83 años, respectivamente

1810 es el año de la lucha napoleónica en Europa, del romanticismo frenético, del liberalismo individualista, pero, por sobre todo, de la reacción social. De la América española, pobre, marginada y sometida, procedían las cuatro quintas partes del oro y la plata que, a través de España, circulaba en Europa.

En el continente, 1810 es un año de Sociedades Patrióticas y de Juntas Revolucionarias que surgen en Montevideo, México, Bolivia, Quito, Caracas, Buenos Aires, Bogotá, Santiago, Paraguay, Guatemala y Santo Domingo. En 1810 se desarrolla, también, un racionalismo que crece con la influencia del idealismo crítico y de los pensadores sociales, a través de grupos reducidos y logias masónicas de la época.

De regreso a Venezuela en diciembre de 1810 y, luego, en los cinco países que liberó, Bolívar, como dice Pérez Vila, no fue un masón activo, a pesar de que casi todos sus amigos, militares y civiles, ya habían ingresado o estaban ingresando a la Masonería, para entregar el acervo de su devoción patriótica. Tampoco funcionaba en Venezuela, la Masonería, la que se establece institucionalmente en 1824. (Manuel Pérez Vila, “Fue masón, pero en Europa”, El Nacional, 26.11.1983). 22 años después de haber sido exaltado a Maestro, en 1806, en París, confiesa su desencanto con los hombres más que con la institución, cuyos principios libertarios jamás olvidó. (F. W. Seal-Coon en “Simón Bolívar, franc-masón”, Logia “Quatuor Coronati” N º 2076, Vol. 90, Londres, noviembre, 1978).

El 21 de abril de 1824, el Comisionado Especial del Supremo Consejo Unido del Hemisferio Occidental, con sede en Nueva York, el joyero e intelectual francés, de 61 años, Joseph Cerneau, confirió en Caracas el Grado 33 a diversas personalidades, en su mayoría, como dice Briceño Perozo, adalides de la Independencia y quienes, pocos meses después, van a fundar la Masonería Venezolana, el 24 de junio de 1824, bajo la dirección del abogado barcelonés, de 42 años, Diego Bautista Urbaneja Sturdy, miembro de la Corte Suprema de Justicia, más tarde, Ministro de Hacienda (1830) y tres veces Vicepresidente de la República (1831, 1832 y 1847) (Mario Briceño Perozo en “Los Masones y la Independencia. La obra de Carnicelli”, separata del Boletín del Centro de Historia del Estado Falcón, Año XXXV, N º 34, diciembre 1988).

En la nómina de las personalidades que figuran en el documento original del Archivo Blanco-Aspurua, Tomo I, que se conserva en el Archivo General de la Nación, se encontraba Simón Bolívar, quien, en esa fecha, de 41 años, estaba en Trujillo, Perú, a unos 500 Km. al norte de Lima, recuperándose todavía de una grave enfermedad sufrida en Pativilca, razón por la cual no estuvo presente en la ceremonia. No se sabe si más tarde recibió tal distinción.

Ese Supremo Consejo, cuya representación trajo Cerneau, existió, con sede en Nueva York, hasta 1867 cuando se fusionó con el Supremo Consejo del Grado 33 de la Jurisdicción Norte de los Estados Unidos, fundado en 1813, con sede en Boston y que, desde 1968, tiene su sede en Lexington, Massachusetts.

Una obra gigantesca.

El escenario físico de la acción de Bolívar en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, fue de más de 5 millones de Km. 2, equivalente a 23 países de Europa o al doble de los desplazamientos de Napoleón Bonaparte, con dificultades geográficas más temibles.

Bolívar participó en 79 batallas liberadoras y cabalgó 64 mil Km. en 25 años de lucha y sacrificio y dejó no menos de 10.000 documentos, entre 2052 cartas y 193 proclamas.

Es la inmensa proyección de su pensamiento y de su idea libertaria, capaz de sobreponerse a sublevaciones, a la desmoralización de tropas enteras, a excomuniones y aún a las condenas de la emancipación americana por Pío VI (12 de abril de 1816) y León XII (24 de septiembre de 1824) en favor de la dominación de Fernando VII. Sólo un espíritu muy vigoroso y luchador podía seguir, sin desmayo, adelante.

Bolívar supo ganar batallas decisivas contra los aguerridos conquistadores: Boyacá (1819), Carabobo (1821) y Bombona (1822) libertaron a Nueva Granada, Venezuela y Ecuador y, dos años después, Sucre da el golpe final en Ayacucho, en el sur del Perú. Nunca se había peleado más y mejor por la libertad.

El propio general español, Pablo Morillo, con quien Bolívar se entrevistó en el pueblo trujillano de Santa Ana, el 27 de noviembre de 1820, después de cinco años de encarnizadas batallas, dijo que “nada es comparable a la incansable actividad de este caudillo”.

El 2 de agosto de 1825, el jurisconsulto peruano, Choquehuanca, alzó su voz en el caserío de Pucará para decir a Bolívar, bajo arcos triunfales, que había fundado cinco Repúblicas que “elevarán vuestra grandeza a donde ninguno ha llegado. Con los siglos crecerá vuestra gloria, como crece la sombra cuando el sol declina”.

Principios Masónicos del pensamiento de Bolívar

Lo más trascendente de la vida del Libertador está en su pensamiento político y en su espíritu de servicio a los seres humanos, sobre todo en el combate por la libertad y la justicia, por la independencia y la integración.

En el Manifiesto de Cartagena del 15 de diciembre de 1812, el primero de sus grandes documentos políticos, Bolívar invita a redimir a los venezolanos de los padecimientos que sufren y propone una concepción de la independencia como un proyecto continental; en la Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815 –perdida durante 18 años y publicada en Caracas, en 1883, en la imprenta “Damirón y Dupuy”– y cuando sufre su tercer exilio caribeño, divide a los ciudadanos entre conservadores y reformadores, da la clave de su pensamiento político y casi adivina el porvenir de toda la América como visionario del futuro del hemisferio; y en el Discurso al Congreso de Angostura –ciudad fundada en febrero de 1764 por Carlos III y a la que se le dio el nombre de Ciudad Bolívar el 30 de mayo de 1846–, del 15 de febrero de 1819, Bolívar se refiere a la ineludible unidad de los pueblos –“Unidad, Unidad, Unidad, debe ser nuestra divisa”- para obtener su libertad y soberanía, alerta contra la anarquía y pide un orden de legalidad y justicia.

En estos tres Documentos, el Manifiesto de Cartagena; la Carta y el Discurso, está lo más trascendente y brillante de la vida política del continente y el sello inequívoco de Bolívar en consonancia plural con la filosofía masónica y su proyección al campo social, integrador y político.

Si los principios universales de la Masonería estimulan el trabajo y la lucha por el advenimiento de la justicia, sobre todo hacia los más desamparados, si exige a sus adeptos una eficaz contribución al mejoramiento de la colectividad y si acepta los postulados de libertad, igualdad, fraternidad y solidaridad social, no hay duda que en aquellos documentos estelares del Libertador, está presente la influencia cierta y benéfica que ejerció la Masonería, en muy breve tiempo, sobre su espíritu.

En los tres documentos están los principios progresistas de la Masonería, con los cuales Bolívar se identificó como reformador social e hizo suyos desde su ingreso, particularmente en lo que dice relación con la liberación política, económica y espiritual de los pueblos, el rechazo moral a la discriminación basada en las diferencias de origen y color, la eliminación de las barreras religiosas y raciales, la lucha contra la exclusión y explotación del hombre por el hombre y el combate a los privilegios y la intolerancia. Ahí están, sin acomodos, los principios de la Masonería y ahí están, auténticos, el pensamiento y las ideas de Bolívar que él expuso, con su propio acento patriótico, en sus decretos, mensajes, manifiestos, proclamas, proyectos constitucionales y discursos.

Por eso, granadinos, venezolanos, quiteños, peruanos, bolivianos, hijos de aymarás y de incas, negros y blancos, indios y mulatos iban detrás de Bolívar, convencido que no hay más diferencias que las que nacen del servicio a la Patria, de la libertad, de la solidaridad y del servicio a las gentes más modestas y desprotegidas de la sociedad.

BOLIVAR CONSERVACIONISTA

La primera referencia es respecto a las aguas y los bosques.

El decreto dictado por Bolívar, el 19 de diciembre de 1825 manifiesta la angustia que tenía por la ausencia de aguas que hacían el territorio correspondiente árido, sin vegetación e impedían a la colectividad obtener beneficios propios del cultivo de especies.

Ante esa situación Bolívar ordena el estudio sistemático de los ríos y de sus vertientes, es decir, de las cuencas hidrográficas y la preparación de un proyecto de riego para llevar las aguas a donde convenga.

En segundo lugar, decreta un programa de reforestación que había de llevarse a cabo en todo lugar donde el terreno prometa prosperar una especie de planta mayor cualquiera y hasta un número de millón de árboles.

Por último, ordena la preparación de un sistema legislativo para crear, mantener y aprovechar los bosques en el territorio de la república.

Nótese la sabiduría de esas providencias: conservar las fuentes de las aguas, al estudiar las cuencas hidrográficas, crear nuevos bosques y adoptar una legislación protectora.

La audacia de lanzarse con un plan de UN MILLON de árboles, cantidad que hoy en día sigue siendo apreciable, en momentos en los cuales no se disponía de los medios técnicos y financieros de hoy, indica el convencimiento pleno de parte de Bolívar de estar ante un problema de tal gravedad que no cabría limite a la necesidad de una solución. Hay que darse cuenta de lo que significaba hablar de un proyecto de magnitud semejante en 1825, con un erario público reducido y un estado que apenas estaba naciendo.

Y no queda Bolívar tranquilo con esa disposición sino que el 31de julio de 1829, lanza otro decreto, más audaz e importante en el cual reconoce, primero le enorme riqueza e importancia de los bosques tanto de propiedad pública como de la privada. Segundo: La necesidad de proteger esa riqueza con medidas legislativas y de gobierno que fueren adecuadas. Tercero: El gran perjuicio que causa a esos bosques, el abusivo proceso de obtención exagerada en ellos de maderas y productos vegetales.

Ante esa situación, Bolívar ordena levantar un censo de los bosques existentes, se prohíbe explotar los bosques baldíos sin licencia, establece sanciones a quienes violenten esa norma, crea un impuesto para gravar la explotación forestal y no permite que ciertos productos sean extraídos, incluso en bosques de propiedad privada sin expreso permiso de un organismo administrativo.

Pero, no son solamente las tierras, las aguas y los bosques, motivo de la preocupación del Libertador, sino que atiende también el grave problema de la conservación de ciertas especies de la fauna, sosteniendo, en especial acerca de las vicuñas, que si no se toman medidas oportunas de protección, esa hermosa y peculiar producción se verá aniquilada por la matanza que se hace sin prudencia de ninguna clase. Por esa razón no solo se prohíbe matar a esos animales sino sanciona con multa el infringir la norma.

Está marcado allí todo un hermoso cuadro de labor conservacionista: al crear condiciones para que las tierras se recuperen, mantener las cuencas hidrográficas, formar bosques, regular su explotación procurar su mantenimiento, conservar las especies animales: es en esquema, todo cuanto el moderno Estado de hoy debe hacer y a veces no hace.

Pero no debemos olvidar que el Libertador había sido, por tiempo suficiente hombre de campo, acostumbrado a tratar la tierra y sus productos, pues personalmente asumió antes de 1810en los valles de Aragua la administración de las tierras de su patrimonio donde se cultivaba el añil, el algodón, el café y el cacao. Sabía la importancia de las aguas para los cultivos y el afecto que el agricultor toma por su tierra.

No nos debe extrañar su preocupación por la agricultura, manifestada en los decretos de 21 de mayo de 1820 y el 17 de diciembre de 1825. En esos decretos se advierte que la agricultura, junto con el comercio y la industria, son el origen de la abundancia y prosperidad nacional.

La exquisita prudencia bolivariana en esta materia está marcada con claridad en su decreto del 21 de mayo de 1820, que está referido a la necesidad del cultivo nacional para el fomento de la riqueza agropecuaria del país.

Allí Bolívar contempla el problema bajo todos sus puntos de vista: uno, el eminentemente práctico, es decir, el atender, al hecho de los cultivos que existen y de las crías de que se dispone; el otro, el teórico, o sea el fomento del estudio, de la investigación de la realidad y de las necesidades nacionales. ¿Cómo? La experimentación, el presentar proyectos de mejoras y reformas en las crías y cultivos, el estudio de los principios científicos, la divulgación de los conocimientos teóricos mediante libros y manuscritos y el impulso a los cultivos como el café el añil, el cacao, el algodón, el olivo, la vid, animando para ello a los propietarios y hacendados.

Unas tierras debidamente cultivadas, una población preparada para los tratos a la naturaleza, una actividad agropecuaria fomentada en sus bases técnicas y económicas. ¿Qué más podría pedirse para disponer de las ventajas de la gran riqueza?.

Esas informaciones nos permiten advertir en el libertador, no solo al teórico de la política, al hombre de la guerra, al sabio legislador, sino también al estadista previsor, que apareció en la naturaleza el más importante y seguro basamento de la riqueza de los pueblos, al permitirle, no solamente una fuente de beneficios económicos, sino un campo amplísimo para el buen educar de la gente y el disfrute de las bellezas nacionales.

Es justo y lógico hablar de Bolívar conservacionista. Merece ese título al cuidar de los recursos naturales de la República, al fomentar la educación de sus jóvenes en esa importante rama del saber humano, al premiar a quienes lo hacían, al castigar a quienes atentaban contra la naturaleza y la república destruyendo sus bosques, acabando con su aguas, haciendo áridas a sus tierras y el más inagotable manantial de las riquezas del Estado.

Como atento vigilante de esa riqueza por decreto del 20 de diciembre de 1826, para poner a la vida nacional la grave pérdida de sus ganados, reducidos por las consecuencias de la guerra al extremo de carecer de suficientes de ellos para el cultivo de las tierras, para el transporte y para la defensa, prohibió la exportación de toda clase de ganado.

Y no puede menos de hacerse mención en estos momentos, del atento cuidado que puso el libertador en destacar el interés en la educación de la juventud en las labores del campo, que no solamente deberían abarcar los aspectos teóricos sino eminentemente prácticos. Cuando impartió en 1821 instrucciones para educar a su sobrino Fernando Bolívar hizo expresa advertencia de que era necesario, además de enseñarle geografía y ciencias exactas, tratar de que aprendiese un buen oficio como la agricultura, pues gente entendida en esos menesteres "son los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar".

Estamos, por lo tanto, en presencia de un Hombre de Estado como el Libertador, para quien fue preocupación permanente en su vida de gobernante proteger todos los recursos naturales renovables del país y además preparar la gente necesaria para el buen cultivo de los mismos que eran, repito sus palabras los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar.

Bolívar conoció mejor que nadie prácticamente todo nuestro territorio y el de gran parte de América. Si se tiene paciencia para señalar en un mapa con una marca todos los lugares desde donde Bolívar envió una carta, se tendrá ante la vista la clara idea gráfica de la presencia física del libertador por la enorme amplitud de nuestra geografía. El mar, el llano, la montaña, los ríos, las tierras inundadas, los espacios secos, la selva, todo fue minuciosamente recorrido por Bolívar.

Ese trato directo con la tierra y con sus elementos de juicio le permite adquirir la noción exacta de la realidad del país. Se emociona ante sus bellezas se interesa por sus riquezas, cuida atentamente de que ellas no sean perturbadas por la explotación interesada ni por el deseo desenfrenado de lucro.

Si pensamos en ese MILLÖN DE ARBOLES que Bolívar quiso hacer sembrar en los extensos bosques que ordeno proteger, en la fauna que quiso preservar, en las labores agropecuarias que deseaba fomentar, tendremos un motivo más para tener, por Bolívar una nueva razón de respeto y veneración.

La patria se hace en la cátedra del maestro enseñando a los alumnos. La patria se hace trabajando en el taller, en la fabrica o el comercio. La patria se hace con el instrumento de música o con la pluma del escritor. Pero la patria también se hace procurando que sus bosques sean más extensos, sus aguas más abundantes, su fauna más rica, sus tierras más feraces. Y esa labor fue la que el libertador quiso también realizar. Cuando los soldados lo realicen, tengan en cuenta que están no solo cumpliendo labor de patria sino como buenos militares acatando las órdenes de quien es por siempre el supremo conductor de las FUERZAS ARMADAS DEL PAIS, el Libertador Simón Bolívar.

SOCIEDAD BOLIVARIANA DE VENZUELA

Por Decreto del Ejecutivo Nacional, presidido por el General Eleazar López Contreras, el 23 de marzo de 1938 es creada la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Desde entonces la Institución se ha caracterizado por la difusión dinámica del pensamiento de Bolívar y constantemente trabaja por la formación de una conciencia colectiva del ideal bolivariano y de cuanto signifique afirmación de la nacionalidad.

Del 28 de julio al 7 de agosto de ese mismo año, se reunió en Caracas el Congreso Bolivariano bajo la presidencia del Dr. Vicente Lecuna, dictó los estatutos de la recién creada Corporación cuya sede está ubicada entre las esquinas de Traposos y San Jacinto, al lado de la Casa Natal del Libertador.

Esta era la segunda creación, pues la primera correspondió al prócer Rafael Urdaneta, quien fundó el 28 de octubre de 1842 la Gran Sociedad Boliviana de Caracas (El término bolivariano no se usaba todavía; fue aceptado por la Real Academia Española en 1927).

Desde el mismo momento de su creación, la Sociedad Bolivariana de Venezuela ha venido sesionando y trabajando sin interrupción en difundir el pensamiento bolivariano a través de obras importantes como la edición de los Escritos del Libertador, la más completa recopilación de la obra de Bolívar; la creación del Instituto de Estudios Bolivarianos y de la Fundación «Rafael Urdaneta» al igual que la difusión de la obra bolivariana entre los jóvenes a través de las Sociedades Bolivarianas Estudiantiles que funcionan en una gran mayoría de los diferentes planteles educacionales de Venezuela.