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La Pachacha

Ensayos: La Pachacha
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Enviado por:  cecy_28  08 octubre 2013
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Palabras: 3089   |   Páginas: 13
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LA PACHACHA

(Rafael Maluenda)

DE COSTUMBRE AVÍCOLAS

Era de color ceniciento, gruesa, de patas cortas y bruta. Su llegada al corral del criadero fue obra de un azar afortunado; porque nacida y criada en el rincón de un huerto, junto a una acequia fangosa y maloliente, su destino habría sido el de todas las aves que la rodeaban: crecer, entregarse al maridaje tiránico del viejo gallo que imperaba en el huerto, poner e incubar sus huevos, arrastrar la cría cloqueando por entre los berros de la acequia y luego morir oscuramente para alegrar algún almuerzo dominguero.

Pero ocurrió que, deseosa de congratularse con los amos, la mujer de un inquilino la trajo de regalo al menor de los hijos del propietario del fundo, y por deseo de éste fue encerrada en el co­rral del criadero donde los amos habían agrupado provisionalmen­te un conjunto de ejemplares finos.

Así, por dictado de la suerte, la Pachacha se halló un atarde­cer en compañía de aquel selecto grupo de aves de calidad.

Cuando las manos de un sirviente la soltaron por sobre la cer­ca de alambres tendió las pesadas alas y con corto y desmañado volido fue a posarse junto a un elegante abrevadero de latón. Sobre­cogida de angustia, sin atreverse a modular su cacareo vulgar, tendió el cuello, orientándose, mientras las demás aves lanzaban al unísono un cloqueo sonoro que la recién llegada le hizo la impresión de una carcajada burlona

Podía la Pachacha ser todo lo grotesca que se quisiera, con aquella su gordura pesada y su color cenizo, pero su sangre plebeya encerraba una fuerte dosis de malicia y buen sentido; por esto, rápidamente, comprendió que una actitud humilde le convenía en aquella emergencia, y con pasos cortos, que procuró hacer livianos, se fue alejando del abrevadero y se arrimó, confusa, a la cerca.

Mientras, inmóvil y acezando, aguardaba en aquel sitio los acontecimientos, guiñó la cabeza en todas direcciones para orien­tarse.

El corral era ancho y largo, suavemente empastado y planta­do

de cerezos por un flanco. A lo largo de su línea central había tres abrevaderos de bruñido latón y en el extremo una división de madera con pequeñas puertas a ras del suelo y de las cuales se escapaban algunas briznas de paja. Agrupados al pie de los cerezos, una treintena de gallinas y de pollos, de entre los cuales emergían las crestonadas testas de los gallos, se movían curiosas, tendiendo el cuello hacia la recién llegada.

¡Qué colores y qué formas!

¡Cuánta elegancia y cuánta distinción!

La Pachacha admiró con todo el fervor de su sangre plebeya aquel conjunto de ejemplares que sólo pudo imaginar en las horas de ensueño, junto a la acequia turbia de su huerto nativo. Le re­cordaban los relatos que le escuchó -hacia ya tiempo- a un famo­so gallo ingles que estuvo de paso entre los suyos un atardecer, la víspera del día en que iba a ser conducido a una cancha de pelea. Ella había admirado la entereza y la hombría de aquel inglés que puso de relieve la cobardía y la brutalidad del ...



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