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EL CUADERNO DE MAYA


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EL CUADERNO DE MAYA © 2011, ISABEL ALLENDE 1

12 de enero 2011

CUADERNO DE MAYA

por Isabel Allende

Tell me, what else should I have done?

Doesn’t everything die at last, and too soon?

Tell me, what is it you plan to do

with your one wild and precious life?

Mary Oliver (The Summer Day)

VERANO

(Enero, febrero, marzo)

Hace una semana, mi abuela me abrazó sin lágrimas en el

aeropuerto de San Francisco y me repitió que si en algo valoraba mi

existencia, no me comunicara con nadie conocido hasta que tuviéramos

la certeza de que mis enemigos ya no me buscaban. Mi Nini es

paranoica, como son los habitantes de la República Popular

Independiente de Berkeley, a quienes persiguen el gobierno y los

extraterrestres, pero en mi caso no exageraba, toda medida de

precaución es poca. Me entregó un cuaderno de cien hojas para que

llevara un diario de vida, como hice desde los ocho años hasta los

quince, cuando se me torció el destino. “Vas a tener tiempo de aburrirte,

Maya. Aprovecha para escribir las tonterías monumentales que has

cometido, a ver si les tomas el peso,” me dijo. Existen varios diarios

míos, sellados con cinta adhesiva industrial, que mi abuelo guardaba

bajo llave en su escritorio y ahora mi Nini tiene en una caja de zapatos

debajo de su cama. Éste sería mi cuaderno #9. Mi Nini cree que me

servirán cuando me haga un psicoanálisis, porque contienen las claves

para desatar los nudos de mi personalidad, pero si los hubiera leído,

www.megustaleer.com

(c) Random House Mondadori, S. A.

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sabría que contienen un montón de fábulas capaces de despistar al

mismo Freud. En principio, mi abuela desconfía de los profesionales

que ganan por hora, ya que los resultados rápidos no les convienen, sin

embargo hace una excepción con los psiquiatras, porque uno de ellos la

salvó de la depresión y de las trampas de la magia, cuando le dio por

comunicarse con los muertos.

Puse el cuaderno en mi mochila para no ofenderla, sin intención

de usarlo, pero es cierto que aquí el tiempo se estira y escribir es una

forma de ocupar las horas. Esta primera semana en exilio ha sido larga

para mí. Estoy en un islote casi invisible en el mapa, en plena Edad

Media. Me resulta complicado escribir sobre mi vida, porque no sé

cuánto recuerdo y cuánto es producto de mi imaginación; la estricta

verdad puede ser tediosa y por eso, sin darme ni cuenta, la cambio o la

exagero, pero me he propuesto corregir ese defecto y mentir lo menos

posible en el futuro. Y así es como ahora, cuando hasta los yanomamos

del Amazonas usan computadores, yo estoy escribiendo a mano. Me

demoro y mi letra debe ser cirílica, porque ni yo misma logro

descifrarla, pero supongo que se irá enderezando página a página.

Escribir es como andar en bicicleta: no se olvida, aunque uno pase años

sin practicar. Trato de avanzar en orden cronológico, ya que algún orden

se requiere y pensé que ése se me daría fácil, pero pierdo el hilo, me voy

por las ramas o me acuerdo de algo importante varias páginas más

adelante y no hay modo de intercalarlo. Mi memoria se mueve en

círculos, espirales y saltos de trapecista.

Soy Maya Vidal, diecinueve años, sexo femenino, soltera, sin un

enamorado por falta de oportunidades y no por quisquillosa, nacida en

Berkeley, California, pasaporte americano, temporalmente refugiada en

una isla al sur del mundo. Me pusieron Maya porque a mi Nini le atrea

la India y a mis padres no se les ocurrió otro nombre, aunque tuvieron

nueve meses para pensarlo. En hindi, Maya significa hechizo, ilusión,

sueño, nada que ver con mi carácter. Atila me calzaría mejor, porque

donde pongo el pie no sale más pasto. Mi historia comienza en Chile con

mi abuela, mi Nini, mucho antes de que yo naciera, porque si ella no

hubiera emigrado, no se habría enamorado de mi Popo ni se habría

instalado en California, mi padre no habría conocido a mi madre y yo no

sería yo, sino una joven chilena muy diferente. ¿Cómo soy? Un metro

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ochenta, cincuenta y ocho kilos cuando juego fútbol y varios más si me

descuido, piernas musculosas, manos torpes, ojos azules o grises, según

la hora del día, y creo que rubia, pero no estoy segura ya que no he visto

mi pelo natural desde hace varios años. No heredé el aspecto exótico de

mi abuela, con su piel aceitunada y esas ojeras oscuras que le dan un

aire depravado, o de mi padre, apuesto como un torero y así de

vanidoso, tampoco me parezco a mi abuelo – mi magnífico Popo –

porque por desgracia no es mi antepasado biológico, es el segundo

marido de mi Nini.

Me parezco a mi madre, al menos en el tamaño y el color. No era

una princesa de Laponia, como yo creía antes de tener uso de razón,

sino una asistente de vuelo danesa de quien mi padre, piloto comercial,

se enamoró en el aire. Él era demasiado joven y pobre para casarse,

pero se le puso entre ceja y ceja que ésa era la mujer de su vida y la

persiguió tozudamente hasta que ella cedió por cansancio. O tal vez

cedió porque estaba embarazada. El hecho es que se casaron y se

arrepintieron en menos de una semana, pero permanecieron juntos

hasta que yo nací. Días después de mi nacimiento, mientras su marido

andaba volando, mi madre empacó sus maletas, me envolvió en una

mantita y fue en un taxi a visitar a sus suegros. Mi Nini andaba en San

Francisco protestando contra la guerra del Golfo Pérsico, pero mi Popo

estaba en casa y recibió el bulto que ella le pasó, sin darle muchas

explicaciones, antes de correr al taxi que la estaba esperando. La nieta

era tan liviana que cabía en una sola mano del abuelo. Poco después la

danesa mandó por correo los documentos del divorcio y de ñapa la

renuncia a la custodia de su hija. Mi madre se llama Marta Otter y la

conocí en el verano de mis ocho años, cuando mis abuelos me llevaron a

Dinamarca.

Estoy en Chile, el país de mi abuela Nidia Vidal, donde el océano se

come la tierra a mordiscos y el continente sudamericano

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