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Marco teorico: Velocidad terminal


Enviado por   •  30 de Marzo de 2025  •  Apuntes  •  1.086 Palabras (5 Páginas)  •  19 Visitas

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MARCO TEORICO:

VELOCIDAD TERMINAL:

Se define comola velocidad constante que alcanza un ob

La velocidad terminal se define como la velocidad

Velocidad terminal: La velocidad terminal es la velocidad constante que un objeto en caída libre alcanza cuando la fuerza de resistencia del fluido en el que se mueve (como el aire o un líquido) equilibra exactamente la fuerza gravitatoria que actúa sobre él. En este punto, la aceleración del objeto se vuelve cero y su velocidad permanece constante. Matemáticamente, se puede expresar como:

vt=2mgρACdv_t = \sqrt{\frac{2mg}{\rho A C_d}}vt​=ρACd​2mg​​

donde:

  • vtv_tvt​ es la velocidad terminal,
  • mmm es la masa del objeto,
  • ggg es la aceleración debida a la gravedad,
  • ρ\rhoρ es la densidad del fluido,
  • AAA es el área de sección transversal del objeto,
  • CdC_dCd​ es el coeficiente de arrastre.

Fuente recomendada:
Serway, R. A., & Jewett, J. W. (2018).
Physics for Scientists and Engineers. Cengage Learning.

4o

"Donde nacen los instantes"

No todos los días tienen el mismo peso. Algunos se cuelan en la memoria con la sutileza de un perfume olvidado, otros se incrustan con el filo de lo que no fue. Y luego están aquellos días que parecen no haber existido, que pasan como una hoja más en un libro que uno hojea con descuido. Sin embargo, en todos ellos hay algo en común: un instante. Un destello. Un momento en que el tiempo, sin previo aviso, se detiene a respirar.

Matías caminaba sin rumbo por una calle cualquiera. La ciudad, como tantas otras, vibraba con su propio pulso: bocinas, pasos apurados, voces superpuestas. La rutina había vuelto invisibles los detalles, como si todo el mundo caminara con una venda translúcida en los ojos. Pero esa tarde, sin razón aparente, algo cambió. No fue una epifanía, ni una tragedia, ni siquiera un giro del destino. Fue una pausa. Una grieta en la continuidad.

Mientras esperaba el semáforo, sus ojos se posaron en una mujer mayor que ofrecía flores en una esquina. No las vendía realmente. Las ofrecía como si fueran una extensión de su alma, como si cada una llevara en sus pétalos una historia que pedía ser escuchada. Lirios, jazmines, girasoles. Su delantal tenía manchas de tierra y sus manos, surcadas por el tiempo, se movían con la ternura de quien conoce los secretos de lo efímero. Matías no supo por qué se acercó. Solo lo hizo.

Ella lo miró con ojos de siglos y le tendió un pequeño ramo de lavandas.

—No cuestan nada —dijo—. Solo prométeme que las mirarás cuando olvides por qué te despiertas cada día.

Él sonrió con incomodidad. Tomó las flores, murmuró un "gracias" y siguió caminando, un poco perturbado, un poco curioso. En el bolsillo, su teléfono vibraba. Correos. Recordatorios. Todo lo que decía que el mundo seguía girando. Pero en su otra mano, ahora, llevaba lavandas.

Los días siguientes fueron iguales y distintos. La vida no cambió, pero Matías sí. Empezó a mirar más despacio. Se detuvo a ver cómo la luz del atardecer tocaba los balcones, cómo las palomas no vuelan en línea recta, cómo los niños ríen sin pedir permiso. La mujer de las flores no volvió a aparecer. Era como si hubiera sido un personaje de una historia que solo él había leído.

Pero en su escritorio, las lavandas secas mantenían su promesa.

A partir de entonces, Matías desarrolló una costumbre: escribir. No era escritor, ni pretendía serlo. Solo anotaba cosas que veía, que sentía, que pensaba. Llamaba a esas notas “instantes”. Tenía una libreta repleta de ellos:

“Una niña que suelta la mano de su madre para perseguir una mariposa.”
“Un anciano que canta tangos en una plaza vacía.”
“El silencio denso antes de una tormenta.”
“Una mujer que llora en el metro, sola, y todos miran hacia otro lado.”
“Un gato dormido sobre el techo de un auto, dueño del universo.”

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