Bodas De Odio
Enviado por consu97 • 9 de Noviembre de 2014 • 1.119 Palabras (5 Páginas) • 243 Visitas
Capítulo I
“¡Amor! Palabra escandalosa en
una joven, el amor se perseguía, el amor
era mirado como una depravación...”
Mariquita Sánchez de Thompson
La noche del 9 de julio de 1847, Buenos Aires.
Fiona Malone suspiró y se aletargó en el sillón.
Desde allí observaba la sala principal de la mansión,
atestada de gente.
Se había hecho una pausa en el baile. Los hombres,
reunidos en pequeños grupos, conversaban de política.
Las jovencitas, excitadas, consultaban sus libretas y anotaban
los nombres de los caballeros que las habían pedido
para ésta o aquella pieza. En un rincón, la orquesta
templaba los instrumentos, mientras su director, el
maestro Favero, recibía instrucciones de la anfitriona,
misia Mercedes Sáenz. Las mulatas iban y venían con
mates en las manos, bandejas con manjares y botellas de
vino. Todo parecía a pedir de boca, los invitados lucían
complacidos y la dueña de casa resplandecía por el éxito
de su tertulia en el Día de la Independencia.
9
Fiona volvió a suspirar, pensando en su cama, calentita
y cómoda, en un buen libro, o en el vaso de leche
tibia que le preparaba Maria, su criada, cada noche.
Sin embargo, ahí estaba, tiesa, encorsetada hasta
el pecho, los pies helados, y con muchos deseos de
volver a su casa. Se sentía cansada; nada parecía atraerla,
siempre lo mismo. Odiaba las fiestas; en realidad,
para ella no representaban más que una feria de lujo,
en donde el ganado se reemplazaba con mujeres desesperadas
por encontrar esposo. Porque una solterona,
antes al convento.
Se preguntó, entonces, por qué permanecía en
esa tertulia, en una fría noche de invierno, entre personas
tediosas y afectadas, y recordó el diálogo con su
abuela Bridgit esa tarde.
—Tienes que ir, Fiona —le había ordenado.
—Si te niegas a todas las tertulias a las que te invitan
nunca conseguirás un buen partido para casarte
—vaticinó su tía Ana, y le colocó una peineta en la cabeza
que ella, a su vez, quitó rápidamente.
—¿Qué haces, jovencita? ¿No te das cuenta del
trabajo que da colocarla en un cabello tan lacio como
el tuyo? —le recriminó la tía.
—No iré con peineta. Están fuera de moda. Además,
no quiero conseguir un buen partido para casarme,
quiero enamorarme.
La muchacha, desafiante, observó alternadamente
a su tía y a su abuela.
—Good heavens! Esas zonceras románticas que se
te han metido en la cabeza, Fiona, son ridículas; terminarán
por volverme loca.
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La anciana se dejó caer en un sillón. Las ideas
irreverentes de su nieta lograban sacarla de quicio.
—¿Por qué son ridículas, Grannie? ¿Acaso tú no
te casaste enamorada de Grandpa?
—¡Niña! ¿Qué preguntas haces? —se escandalizó
su tía.
—Grannie? —instó Fiona.
—Bueno, no. Pero con los años llegué a quererlo.
—Pues él dice que te amó profundamente desde
el primer día en que te vio.
Bridgit observó a su nieta y trató de descubrir en
sus enormes ojos azules el misterio que la envolvía. En
verdad, era una niña inmanejable. Sólo Fiona podía
arrancarle semejante confesión al viejo Sean Malone.
Hacía cincuenta años que estaban casados, tenían cinco
hijos, y a ella jamás se la había hecho.
—¡Por fin! —dijo Fiona para sí, al divisar a su
mejor amiga, Camila O’Gorman.
Camila entró en el salón de misia Mercedes y
buscó a Fiona con la mirada. Al encontrarla sola en un
rincón, se dirigió hacia ella.
—¡Por fin llegas, Camila! Torrecilla me ha fastidiado
toda la noche preguntándome por ti.
—Justo hoy que no tengo deseos ni de mirarle la
cara.
Camila tomó asiento junto a su amiga. Se conocían
desde pequeñas y se querían como hermanas. Eran
cómplices en sus travesuras, y cada una sabía los secretos
de la otra. A veces discutían, porque no siempre estaban
de acuerdo, aunque los enojos duraban poco. Al
rato se amigaban y todo continuaba como siempre.
11
—No te comprendo, Camila. Si no tienes deseos
de mirarlo es porque
...