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El Amoir.


Enviado por   •  24 de Febrero de 2014  •  Síntesis  •  5.016 Palabras (21 Páginas)  •  192 Visitas

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La valoración actual de la solidaridad, cada vez más cualificada y extendida, constituye un signo de los tiempos. Se ha venido afirmando una nueva conciencia social acerca de los lazos de cada uno con categorías necesitadas; se han constituido espontáneamente comunidades y grupos que miran a conseguir metas comunes de carácter social, económico, político y religioso y a hacer que se perciban más eficazmente las protestas contra los males sociales en orden a obtener un cambio. La palabra solidaridad suscita en muchos el deseo de contribuir a la acogida y a la promoción del prójimo necesitado de ayuda.

La solidaridad = "alacris animorum coniunctio", como Juan XXIII la llama en la encíclica Pacem in terris- recuerda sobre todo la idea de la unidad activa en compartir las situaciones de los demás, en sentirse responsables de cuanto de penoso ocurre a los hermanos, en proyectar y realizar un socorro eficaz.

II. Las diversas acepciones de solidaridad

El concepto de solidaridad ha experimentado en la cultura occidental un proceso de transformación que se ha reflejado también en la utilización de sus diversos ámbitos de referencia. Todavía hoy se utiliza el término según acepciones diversas que merecen ser precisadas.

I. LA PERSPECTIVA JURÍDICA. Desde siempre (ya desde la época del imperio romano) el derecho ha sancionado que una pluralidad de sujetos (deudores) puede ser puesta ante una prestación que no es susceptible de división, y que por lo mismo se le puede imponer íntegramente a cada uno. Es decir, en determinados casos cada deudor puede ser llamado a responder totaliter, o sea, de la totalidad de la deuda contraída por varios sujetos. Ello puede depender de la naturaleza de la deuda misma o de la voluntad de las partes. El Código civil italiano sanciona: "La obligación es in solido cuando varios deudores están obligados todos por la misma prestación, de modo que se puede forzar a cada uno al cumplimiento por la totalidad" (art. 1.292).

En la concepción jurídica del pasado se suponía que del concurso de varios sujetos a una misma acción nacía por norma y necesariamente sólo una parcialidad de obligaciones; cada sujeto estaba obligado sólo respecto a su parte de intervención. Sólo cuando se declaraba explícitamente la solidaridad quedaba derogada e impedida la parcialidad de la obligación. Además, incluso en la hipótesis de estar establecida por ley, la solidaridad se interpretaba como un modo de ser especial de la obligación, que de por sí era necesariamente parcial. La solidaridad no anulaba la figura jurídica primaria del fraccionamiento de la obligación; sólo de modo excepcional la obligación parcial podía ser llamada a asumir la carga de la reparación por el todo, por lo cual cada deudor podía ser obligado en determinadas circunstancias a pagar la suma entera de las obligaciones parciales.

En cambio, en la cultura jurídica actual la obligación solidaria no se concibe ya reductivamente como dependiente y en correlación con la obligación parcial. Se estima que la parcial no es la única obligación jurídica natural, de forma que la solidaria quede reducida a forma anormal. En el derecho contemporáneo la solidaridad es un valor en sí legítimo y obligado, que se afirma con configuración autónoma propia.

2. LA PERSPECTIVA ANTROPOLÓGICA. En la época contemporánea, sin embargo, el discurso sobre la solidaridad ha trascendido el ámbito puramente jurídico, adquiriendo un nuevo contexto cultural. Si al hablar de solidaridad en el pasado se pretendía recordar los deberes que una persona era eventualmente llamada a cumplir en virtud de exigencias de justicia conmutativa y social, ahora se pone de manifiesto que es el constitutivo mismo de la persona el.que exige de ella relaciones de solidaridad con los demás.

Pero la solidaridad en perspectiva antropológica varía de acuerdo con el modo de considerar la naturaleza de la persona humana. En la filosofía clásica escolástica se subrayaba la individualidad incomunicable de la persona. Cada uno era considerado responsable de sus actos; no podía ni debía dar cuenta o responder de lo que no dependía de su obrar. Lo que ocurría fuera de su ámbito a lo sumo podía urgirle a un gesto de caridad (p.ej., ofrecer limosna u oraciones por las obras misioneras), pero no suponía una responsabilidad directa. Una religiosa que se dedicaba a asistir a niños abandonados o un misionero que se comprometía a trabajar con infieles lejanos testimoniaban que cumplían un deber sugerido exclusivamente por su personal vocación religiosa.

En la ética actual ciertamente permanece la atención a la individualidad incomunicable de la persona, pero ésta se pone en estrecha relación con su configuración relacional fundamental. La persona es un ser autónomo, que vive esencialmente de relaciones interpersonales, o sea, que está en constante diálogo con el prójimo. La persona está en contacto perenne e irrenunciable con Dios, con el prójimo y con las realidades mundanas. El yo no puede llegar a la vida y conseguir su estado adulto más que en relación con el otro. El yo no se conoce más que mirando al tú; no se promueve más que sacrificándose por alguien; no desarrolla cultura o fuerza operativa si no establece cooperación. Una vida segregada en el individualismo no es una vida humana. Quizá la mejor descripción moderna del infierno podría ser la siguiente: un estado en el que el condenado-no puede ya ofrecer y recibir ninguna relación afectiva. El infierno es no saber amar. En cambio, la vida paradisiaca es estar juntos en la plena comunicación del amor. La palabra con la que se presenta el hombre conscientemente adulto no es yo, sino yo-tú.

En esta perspectiva la solidaridad ejerce una función existencial fundamental. Hace percibir que el otro -cualquier otro- es la mitad de la propia alma; por eso el hombre solidario no se concede paz a la vista de alguien que sufre, sobre todo injustamente.

El hombre moderno no atribuye a Dios la responsabilidad de la existencia de gente miserable en la tierra, pues sabe que Dios nos ha confiado la tarea de proveer al hermano necesitado, no tanto dándonos un precepto explícito particular, sino por habernos creado como hombres necesitados de una integración recíproca.

3. LA PERSPECTIVA SOCIOLÓGICA: El haber tomado conciencia de que todo lo que se refiere a la personalidad humana (su aparición, su madurar y su obrar de modo auténtico) depende de convivir en solidaridad con los otros ha cualificado el vivir en sociedad no tanto como un simple deber, sino como una exigencia primaria de la persona.

¿Cómo se debe vivir esta solidaridad social? En la sociedad podemos comportarnos como

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