Prologo Calila Y Dimna
Enviado por federicosilva • 5 de Octubre de 2012 • 1.541 Palabras (7 Páginas) • 413 Visitas
Calila y Dimna
Fábulas: antigua versión castellana
Anónimo
Prólogo
La manifestación oral de la eterna tradición popular ha cristalizado,
de tiempo en tiempo, en esas colecciones más o menos eruditas, que se
traducen a todas las lenguas y que manejan todos los pueblos. Así
nacieron las famosas recopilaciones de cuentos, que los budistas
ensartaban al predicar la nueva moral religiosa para hacer más
plástica y educativa su misión. Así se llegó al «Panchatantra», al
«Mahabarata», a otros compendios del tesoro folklórico de la India; y
CALILA Y DIMNA no es sino el más extenso de todos estos libros
recopilatorios, ya que los aprovecha total o parcialmente.
La complicada genealogía del CALILA ha venido precisándose con
lentitud y paciencia a través de un siglo entero de críticas
investigaciones, inauguradas en 1816 por Sacy, editor del texto árabe.
Baste saber, como resumen de tantos desvelos, que a quien parece
debérsele la reunión de las distintas fuentes sánscritas antes aludidas,
es a Berzebuey, filósofo y médico del siglo VI de nuestra era, que las
tradujo al pehlvi, dialecto persa reconocido como lengua oficial del
imperio.
El libro se difundió extraordinariamente merced a las muchas
traducciones que de él se hicieron en lenguas orientales y europeas.
Para nosotros tiene una especial importancia la versión árabe que
Abdalla ben Almocafa realizó a mediados del siglo VIII, pues de ella
deriva la antigua versión castellana que publicamos.
En la nota final de nuestro texto se afirma también esta procedencia,
aunque añadiendo que se hizo por intermedio del latín. Podríamos
darle crédito, aunque sea difícil admitir esta supuesta versión
intermedia, si aquella nota no fuese en todas sus partes inexacta, lo que
nos lleva a declararla apócrifa, pues también atribuye la traducción a
Alfonso X. No es este el único caso de atribuciones semejantes. La
enorme fama alcanzada por el sabio monarca, impulsor de la poesía, de
la legislación, de la historia, de las ciencias, moldeador del idioma, al
que dio una flexibilidad capaz de expresar con épicos acentos los
instantes más inspirados de nuestras gestas, capaz de traducir a Ovidio
con elegancia y emoción, capaz de dar nuevo calor a las páginas
bíblicas, esa fama bien merecida atrajo hacia él la atribución de obras
anónimas, ya por el solo antojo del copista firmante del códice, ya por
el más inteligente deseo de dar autoridad a las obras salidas de manos
ignoradas. Pero Alfonso X no aprovecha esa traducción en su «General
Estoria» o historia universal, redactada hacia 1270, donde da a
conocer otro texto distinto del capítulo I del CALILA, y de existir
aquella sin ningún género de duda la hubiera aprovechado, sin tener
que recurrir a otra nueva. Quizá por esta misma razón halla que
rectificar también la fecha de 1251 que da la nota final que discutimos,
y adelantarla en unos treinta años más.
Claro es que en la complicada transmisión de la obra fue ésta
modificándose con adiciones, amplificaciones y retoques. Aparte de la
transformación de detalles, alterando y suprimiendo todo aquello que
podía chocar a hombres de otras latitudes para ir acomodando el libro
a las distintas civilizaciones, los traductores, aunque no todos ni con
mucha frecuencia, superpusieron algo propio. Y así el libro, que
comenzó por estar constituído por doce capítulos, llega en la versión
castellana a tener diez y ocho.
El título proviene de los nombres dados a los protagonistas -dos
lobos cervales- de una larga historia de infidelidad y ambición,
comprendida en nuestros capítulos III y IV. Las demás narraciones no
se relacionan con esta primera, y sólo sustentan la unidad de ser, como
ella, rimeros de fábulas y consejos. Este título, al parecer, tiene tan
larga vida como el libro mismo.
La ficticia unidad hállase asegurada por las palabras que Berzebuey
y los sucesivos interpoladores han puesto en boca de un rey que
inquiere y da a su interlocutor, el filósofo, como pie forzado, el tema del
apólogo siguiente, que éste desarrolla desprendiendo los consejos
propios para el rey. Del nombre siriaco de este filósofo, Bidwag, nació
el de Bidbai, Pilpai o Bidpai, al que se le supuso escritor indio.
Ya dentro de aquella fábula principal, los personajes mismos relatan
nuevos cuentos; poco a poco se pierde el hilo de la primitiva historia,
hasta que un personaje lo recoge para volver a dar vida a otras nuevas
moralizaciones. Esta concatenación produce alguna fatiga, y no es ni lo
más claro ni lo más apropiado a nuestro sistematizado modelo de una
narración única; pero el procedimiento ha sido eterno, y aunque nunca
llegó a los extremos de los fabulistas indios, ha producido, sin
remontarnos mucho en nuestro recuerdo, la interpolación dentro del
«Quijote», de novelas tan deliciosas como la del cautivo capitán o la del
«Curioso impertinente».
Los protagonistas de todos estos cuentos son animales, pues las
personas -rey, filósofo, brachmanes- tienen un carácter secundario, y si
alguna fábula está sólo representada por personajes humanos, es -con
las excepciones consiguientes- porque procede de las interpolaciones
...