Francis Crick
Enviado por Maripaulalc • 3 de Noviembre de 2014 • Trabajo • 998 Palabras (4 Páginas) • 193 Visitas
Nunca he visto actuar a Francis Crick con modestia. Es posible que con otros se comporte así, pero yo nunca he tenido motivos para pensarlo. No tiene nada que ver con su fama actual. Ahora se habla mucho de él, normalmente con respeto, y quizá algún día se le incluya en la misma categoría que a Rutherford o Bohr. Pero no ocurría así cuando, en otoño de 1951, llegué al Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge para incorporarme a un pequeño grupo de físicos y químicos que estaban investigando sobre las estructuras tridimensionales de las proteínas. En aquellos días tenía 35 años, y todavía era prácticamente un desconocido. Aunque varios de sus colegas más próximos eran conscientes del valor de su mente aguda
y penetrante y le pedían consejo con frecuencia, muchas veces no se le valoraba, y la mayoría de la gente
opinaba que hablaba demasiado.
La unidad a la que pertenecía Francis estaba dirigida por Max Perutz, un químico de origen austríaco que
llegó a Inglaterra en 1936. Llevaba más de diez años reuniendo datos sobre la difracción de rayos X en
cristales de hemoglobina y estaba empezando a obtener resultados. Le ayudaba sir Lawrence Bragg,
director del Cavendish. Durante casi cuarenta años, Bragg, premio Nobel y uno de los fundadores de la
cristalografía, había visto cómo los métodos de difracción de rayos X resolvían estructuras cada vez más
intrincadas. Cuanto más compleja era la molécula, más se alegraba Bragg de encontrar un nuevo método
para esclarecerla4
. Por eso, en los años de la inmediata posguerra estaba especialmente ilusionado ante la
posibilidad de descubrir las estructuras de las proteínas, las moléculas más complejas de todas. En muchas
ocasiones, cuando sus obligaciones se lo permitían, visitaba el despacho de Perutz con el fin de discutir los
últimos datos obtenidos con rayos X. Luego se iba a casa para intentar interpretarlos.
Entre el teórico Bragg y el empírico Perutz se encontraba Francis, que hacía experimentos de vez en cuando
pero que, en general, estaba inmerso en el estudio de teorías para desentrañar las estructuras de las
proteínas. Era frecuente que hallara algo nuevo, se emocionara enormemente y se apresurase a contárselo
a cualquiera que quisiera escucharle. Al cabo de un día o dos solía darse cuenta de que su teoría no era
válida y volvía a los experimentos, hasta que el aburrimiento le llevaba a un nuevo asalto teórico.
Todo lo relacionado con esas ideas resultaba muy espectacular. Animaban enormemente la atmósfera del
laboratorio, en medio de experimentos que solían durar meses o años. En parte, ello se debía al volumen
de voz de Crick: hablaba más alto y más deprisa que ninguna otra persona y, cuando se reía, estaba claro en
qué lugar del Cavendish se encontraba. A casi todo el mundo le gustaban esos momentos enloquecidos,
sobre todo cuando teníamos tiempo para escucharle con atención y hacerle saber sin rodeos cuándo
perdíamos el hilo de su argumento. No obstante, había una excepción importante.
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