La Adivina
Enviado por silvix • 30 de Septiembre de 2011 • 1.683 Palabras (7 Páginas) • 399 Visitas
La adivina
Por Karel Čapek
Todo aquel que conozca algo acerca del tema se podrá dar cuenta que esto no pudo haber
sucedido en Checoslovaquia, ni en Francia, ni en Alemania, ya que, como ustedes saben, en todos
estos países los jueces tienen la obligación de tratar a los criminales y juzgarles de acuerdo con las
leyes escritas y no según el propio sentido común y la conciencia personal.
Es por eso que el hecho que voy a relatar, en el cual un juez se guía solamente por los dictados de
su sentido común, se debe a la circunstancia de que esto acaeció en Inglaterra; es más, fue en
Londres, y, para ser más preciso, en el distrito de Kensington. No, esperen un instante, fue en
Brompton o Bayswater..., o en algún lugar cercano. El juez se llamaba Kelly; también había una
dama, la señora Myers.
Pues bien, debo informarles que esta dama, que era por lo demás una persona muy respetable,
llamó la atención del inspector detective Robert MacLeary.
–Querida –dijo MacLeary una tarde a su esposa–. No puedo apartar de mi mente a esa señora
Myers. Lo que me gustaría saber es cómo se las arregla para vivir. Por ejemplo, henos aquí en el
mes de febrero, y ella envía a su sirviente en busca de espárragos. Además, he descubierto que
recibe entre doce y veinte visitantes al día, los cuales varían desde damas de compañía hasta
duquesas. Ya sé, querida, que me dirás que probablemente es una adivina. Es muy posible; pero
eso podría bien ser solamente una pantalla para algo más; por ejemplo, el tráfico de drogas o el
espionaje. Mira, me gustaría llegar al fondo del asunto.
–Muy bien, Bob –dijo la excelente señora MacLeary–, déjalo a mi cuidado.
De modo que al día siguiente la señora MacLeary, sin su anillo de casada, pero sí con un aire muy
juvenil y una expresión atemorizada en el rostro, llamó a la puerta de la señora Myers. Tuvo que
esperar bastante rato antes de ser recibida.
–Tome asiento, querida –dijo la adivina, luego de haber examinado detenidamente a la visitante–.
Dígame, ¿qué es lo que puedo hacer por usted?
–Yo... Yo... Yo... –tartamudeó la señora MacLeary–. Yo quisiera... Mañana cumplo veinte años..., y
estoy terriblemente ansiosa de saber algo acerca de mi futuro.
–Pero, señorita..., ¿cuál es su nombre, por favor? –preguntó la adivina, cogiendo un mazo de
cartas que comenzó a barajar enérgicamente.
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–Jones –respondió débilmente la señora MacLeary.
–Querida señorita Jones –continuó la señora Myers–, le ruego que no me interprete mal. Yo no
digo la fortuna por medio de las cartas, excepto naturalmente en ciertas ocasiones, como favor a
una amiga, como suelen hacerlo las ancianas como yo. Tome las cartas con su mano izquierda y
divídalas en cinco montones. Eso es. A veces leo las cartas como pasatiempo pero fuera de eso...
¡Vaya! –exclamó, cogiendo las cartas–. ¡Bastos! Eso significa dinero; y la sota de corazones. Es una
hermosa mano.
–Ah –exclamó la señora MacLeary–, ¿y qué más?
–La sota de bastos –continuó la señora Myers, cogiendo el segundo montón–. El diez de espadas:
eso significa un viaje. Pero aquí –exclamó–, aquí veo bastos, que siempre significan penas; pero al
fondo hay una reina de corazones.
–¿Qué significa eso? –inquirió la señora MacLeary, abriendo tanto los ojos como le fue posible.
–Corazones otra vez –observó la señora Myers–. Querida, hay una enormidad de dinero
esperando para ir a sus manos. Pero no puedo decirle aún si provendrá de un largo viaje o de una
persona querida y cercana a usted.
–Tengo que ir a Southampton para ver a mi tía –observó la señora MacLeary.
–Ese debe ser el largo viaje –dijo la señora Myers, cortando el cuarto montón–. Alguien se cruzará
en su camino, un hombre ya de edad mediana...
–¡Debe ser mi tío! –interrumpió la señora MacLeary.
–Bueno, aquí tenemos algo muy claro –dijo la señora Myers, estudiando el quinto montón–. Mi
querida señorita Jones, ésta es la suerte mejor que he echado en mi vida. Habrá una boda antes
de que termine el año; un hombre muy, muy rico se casará con usted; debe ser millonario o un
hombre de negocios, porque viaja mucho. Pero antes de llegar a unirse tendrán que superar
ustedes grandes obstáculos. Hay un hombre de edad mediana que se interpone en el camino; pero
deberá usted perseverar. Cuando llegue a casarse, se irá muy lejos, probablemente al otro lado del
océano. Mis honorarios son una guinea, para la misión cristiana a beneficio de los pobres.
–Le estoy tan agradecida –declaró la señora MacLeary, sacando una libra y un chelín de su bolso–,
enormemente agradecida. Señora Myers, ¿cuánto me costaría sin ninguna de esas dificultades?
–Las cartas no pueden ser sobornadas –replicó con dignidad–. ¿Qué es lo que es su tío?
–Es de la policía –mintió la joven señora con rostro inocente–. Del Servicio Secreto, ¿sabe usted?
–¡Oh! –exclamó la señora extrayendo tres cartas del montón–. Eso es muy malo, muy malo.
Dígale, querida, que está amenazado por un gran peligro. Debe venir a verme, para enterarse más
al respecto. Hay muchos de Scotland Yard que vienen aquí para que les eche las cartas y me dicen
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lo que piensan. Sí, envíelo usted aquí. ¿Dice usted que está en el Servicio Secreto? ¿El señor
Jones? Dígale que le estaré esperando. Hasta pronto, querida señorita Jones. ¡El próximo, por
favor!
***
–No me agrada el aspecto
...